por Fernando López Mackenzie
La muerte de Maricarmen Abascal ha adquirido en España una dimensión que excede largamente la tragedia individual. Tenía 87 años y había vivido durante más de siete décadas en el mismo piso del barrio madrileño de Retiro. El contrato de arrendamiento había sido suscrito por su padre en 1956, pasó después a su madre y finalmente a ella. En 2018 el inmueble fue adquirido por una empresa inmobiliaria y comenzó una larga disputa sobre la continuidad de aquella relación arrendaticia. Hubo cuatro intentos de desahucio. El último, ejecutado el 23 de septiembre de 2026, consiguió finalmente expulsarla. Maricarmen abandonó la vivienda en condiciones de extrema fragilidad y fue hospitalizada. Quince días después, el 7 de octubre, murió en el Hospital Gregorio Marañón. Entre ambas fechas se produjo, sin embargo, algo que convierte su historia en un acontecimiento político: el país comenzó a movilizarse alrededor de ella.