¿Es China una nueva potencia imperialista? De la restauración capitalista al nuevo reparto del mundo

por Alejandro Valenzuela Torres

Que la máxima autoridad del Partido Comunista chino —Xi Jinping— haya sido recibido en el aeropuerto y en la Casa Blanca por Donald Trump con honores imperiales, exige una mirada atenta más acá de la anécdota. En su discurso ante las ONU Xi Jinping reivindicó la política de Trump de hacer «América Great again». Esto tampoco es una casualidad. Un reciente artículo de El País formula una pregunta aparentemente sencilla: «¿Es China una superpotencia tecnológica?». Los datos que utiliza parecen conducir inevitablemente hacia una respuesta afirmativa. China genera ya alrededor del 28% del valor añadido manufacturero mundial; su industria instaló en 2024 unos 295.000 robots, más que el resto del planeta combinado; presentó más de 70.000 solicitudes internacionales de patentes y ocupa posiciones dominantes en sectores decisivos de la transición tecnológica, desde paneles solares y baterías hasta automóviles eléctricos. Su producción científica ha crecido espectacularmente y sus universidades y centros de investigación disputan posiciones que hasta hace poco parecían reservadas a Estados Unidos, Europa y Japón. Incluso allí donde mantiene una desventaja importante —como ocurre todavía en determinados segmentos de la inteligencia artificial y especialmente en los semiconductores más avanzados— la velocidad con que disminuye la distancia constituye uno de los fenómenos económicos fundamentales de nuestra época.

Pero la pregunta verdaderamente interesante comienza precisamente donde termina la comparación estadística. ¿Qué significa, desde un punto de vista marxista, que China se haya convertido en semejante potencia industrial? ¿Estamos simplemente frente a un espectacular desarrollo de las fuerzas productivas que demostraría la superioridad de un peculiar «socialismo de mercado»? ¿O los robots, las patentes, los automóviles eléctricos y las gigantescas infraestructuras chinas deben comprenderse dentro de relaciones sociales que han sufrido una transformación cualitativa durante las últimas cuatro décadas? La pregunta resulta todavía más importante cuando esa acumulación industrial comienza a proyectarse fuera de las fronteras de China mediante bancos, inversiones, adquisición de empresas, control de infraestructura, financiamiento internacional y apropiación de recursos naturales. En ese punto, el problema deja de ser solamente determinar si China es capitalista. Aparece una segunda cuestión, decisiva para cualquier reconstrucción contemporánea del antiimperialismo: ¿puede una potencia surgida de una revolución anticapitalista transformarse, mediante la restauración capitalista, en una nueva potencia imperialista?

De la revolución a la restauración: qué significan realmente los robots chinos

La revolución china de 1949 constituye el punto de partida indispensable. La derrota del Kuomintang, la destrucción del viejo orden terrateniente, la ruptura de la subordinación semicolonial y posteriormente la expropiación de sectores fundamentales de la burguesía modificaron radicalmente la estructura social china. La revolución unificó el territorio, realizó una transformación agraria gigantesca, desarrolló alfabetización y educación, levantó infraestructura y construyó una base industrial que la burguesía china había sido históricamente incapaz de desarrollar independientemente. La paradoja consiste en que una parte considerable de las condiciones que posteriormente hicieron posible la extraordinaria acumulación capitalista china fueron producidas originalmente por una revolución que había expropiado a los capitalistas. La China contemporánea no surgió del capitalismo chino anterior a 1949 mediante una evolución lineal: se construyó parcialmente sobre las conquistas materiales de su propia revolución.

Sin embargo, aquellas conquistas estuvieron acompañadas desde su origen por una contradicción política fundamental. La clase trabajadora no ejerció directamente el poder mediante órganos asamblearios propios; el Estado quedó estructurado bajo la dirección burocrática del Partido Comunista. Es precisamente aquí donde el análisis desarrollado por Trotsky respecto de la Unión Soviética conserva una enorme importancia metodológica, aun cuando no corresponda trasladar mecánicamente la categoría de «Estado obrero degenerado» a una revolución china que recorrió una trayectoria diferente. Trotsky había advertido que la nacionalización de los medios de producción no garantizaba por sí misma un tránsito irreversible hacia el socialismo si la clase trabajadora había sido políticamente expropiada por una burocracia. La contradicción sólo podía resolverse históricamente en dos direcciones: mediante una revolución política de los trabajadores que recuperara el control de las conquistas sociales existentes, o mediante un movimiento regresivo que terminara restableciendo las relaciones capitalistas.

Las reformas iniciadas por Deng Xiaoping desde 1978 deben comprenderse como el comienzo de esa segunda trayectoria. La restauración no ocurrió mediante un golpe único ni existe una fecha mágica en que China despertara repentinamente capitalista. Fue un proceso prolongado de descolectivización agraria, apertura a la inversión extranjera, creación de zonas económicas especiales, expansión de empresas privadas, mercantilización creciente de la fuerza de trabajo, liberalización de precios y formación de mercados de capital. Durante los años noventa, la reestructuración y privatización de empresas estatales, la consolidación de una nueva burguesía y la profundización de los mecanismos mercantiles transformaron cualitativamente aquella economía. El ingreso a la Organización Mundial del Comercio en 2001 culminó una fase decisiva de integración al mercado capitalista mundial. La particularidad histórica reside en que esta contrarrevolución social pudo realizarse fundamentalmente desde arriba, preservando la continuidad política del aparato estatal y del propio Partido Comunista mientras se transformaban las relaciones sociales que ese aparato reproducía.

Es desde esta perspectiva que deben observarse los espectaculares robots y patentes de los gráficos de El País. La tecnología no posee por sí misma contenido socialista. Una máquina que permite producir en una hora aquello que anteriormente exigía diez podría, bajo relaciones socialistas, utilizarse para disminuir radicalmente el tiempo de trabajo social. Bajo relaciones capitalistas aparece ante cada capital fundamentalmente como un medio para elevar productividad, reducir costes, desplazar competidores y apropiarse de una mayor fracción del mercado. El problema no consiste entonces en negar el evidente crecimiento de las capacidades productivas chinas, sino en determinar su contenido social. Estamos ante un formidable desarrollo técnico; pero éste se realiza bajo condiciones en que millones de trabajadores venden su fuerza de trabajo, empresas privadas acumulan capital y transmiten patrimonio, compañías estatales y privadas compiten por mercados y el excedente social se encuentra sometido crecientemente a las necesidades de la acumulación.

Por ello resulta insuficiente presentar el crecimiento chino simplemente como «desarrollo de las fuerzas productivas». La categoría debe ser devuelta a su contenido histórico. Las fuerzas productivas no existen independientemente de las relaciones de producción. Una sociedad puede desarrollar inteligencia artificial, robots y baterías mientras reproduce jornadas laborales extensas, desigualdad social, propiedad privada y competencia. Puede aumentar extraordinariamente la productividad del trabajo sin convertir ese aumento en tiempo libre para quienes trabajan. Puede desarrollar las condiciones materiales que permitirían satisfacer racionalmente las necesidades humanas y, simultáneamente, someter esas posibilidades a las exigencias de la valorización. La contradicción no reside en la tecnología china, sino precisamente en que fuerzas productivas extraordinariamente modernas funcionan dentro de relaciones capitalistas y comienzan a chocar con los límites de esas relaciones.

La enorme presencia del Estado tampoco resuelve la cuestión en sentido socialista. El capitalismo nunca ha sido sinónimo de ausencia estatal. Ha conocido empresas públicas, nacionalizaciones, banca estatal, planificación indicativa, proteccionismo y gigantescos complejos industriales administrados por gobiernos. La pregunta decisiva consiste en establecer qué hacen concretamente las empresas estatales chinas. Si compran fuerza de trabajo, producen mercancías, buscan rentabilidad, acumulan capital, compiten internacionalmente y utilizan sus excedentes para adquirir empresas y activos en otros países, entonces la propiedad jurídica estatal no elimina automáticamente su inserción dentro de relaciones capitalistas. Ésta constituye precisamente una de las peculiaridades del capitalismo chino: una burguesía privada extraordinariamente poderosa convive con gigantescos conglomerados estatales y con un aparato político que conserva capacidad para dirigir sectores estratégicos de la acumulación nacional.

De la restauración capitalista a la exportación de capital: China vista desde Chile

El problema adquiere otra dimensión cuando China deja de ser simplemente receptora de capital internacional. Durante décadas, capital estadounidense, europeo, japonés, taiwanés y de Hong Kong aprovechó la apertura económica china para incorporar centenares de millones de trabajadores a las cadenas internacionales de producción. China se transformó en la gran fábrica del capitalismo mundial. Pero precisamente aquella extraordinaria acumulación produjo un movimiento dialécticamente inverso: capitales constituidos dentro de China alcanzaron una magnitud suficiente para comenzar a buscar fuera de sus fronteras nuevas posibilidades de valorización. Empresas chinas adquirieron minas, redes eléctricas, infraestructura, empresas tecnológicas y activos productivos; bancos chinos financiaron grandes proyectos internacionales; y el Estado articuló crecientemente esa expansión económica con su estrategia internacional.

Lenin, en El imperialismo, fase superior del capitalismo, señaló que el imperialismo no era definido por el temperamento agresivo de un gobierno ni por la existencia de colonias. Lenin analizaba una transformación objetiva del capitalismo en tanto sistema: concentración y centralización, monopolios, capital financiero, exportación de capital y lucha entre grandes concentraciones capitalistas por mercados y áreas de influencia. Las formas históricas han cambiado desde 1916, pero el método continúa siendo extraordinariamente fértil. La pregunta que debemos formular no es si China posee exactamente las mismas características que Gran Bretaña hace un siglo o que Estados Unidos después de 1945. La pregunta es si la acumulación capitalista china ha alcanzado un punto en que sus grandes capitales necesitan proyectarse internacionalmente y si esa proyección coloca al Estado chino en una creciente competencia por mercados, recursos, tecnología e influencia con los demás grandes centros de acumulación mundial.

Chile permite observar el fenómeno sin abstracciones. China se ha convertido en nuestro principal socio comercial y recibe una proporción extraordinaria de las exportaciones chilenas, particularmente cobre y litio. La estructura de esa relación conserva un rasgo conocido de la dependencia latinoamericana: Chile proporciona fundamentalmente recursos naturales mientras importa una masa creciente de manufacturas y bienes tecnológicamente más complejos. La sustitución parcial de Estados Unidos o Europa por China como destino comercial no ha abolido la estructura primario-exportadora de nuestra economía. El cobre chileno alimenta la industria china; el litio chileno entra en cadenas industriales de baterías y electromovilidad cuya producción de mayor complejidad se encuentra concentrada fuera del país. El cambio del comprador no constituye por sí mismo emancipación del vendedor.

Pero la relación ha avanzado más allá del comercio. La gigantesca empresa privada china Tianqi Lithium adquirió una participación significativa en SQM, insertándose directamente en la propiedad de uno de los grandes productores mundiales de litio. State Grid, empresa controlada por el Estado chino, adquirió a su turno Chilquinta y posteriormente CGE mediante operaciones por miles de millones de dólares, alcanzando una presencia extraordinaria dentro de la distribución eléctrica chilena. Ya no estamos solamente ante mercancías chinas entrando a Chile o cobre chileno viajando hacia China. Estamos ante capital acumulado en China que se exporta para adquirir propiedad sobre activos estratégicos situados en Chile y apropiarse de los rendimientos futuros producidos por esos activos.

La cuestión resulta especialmente reveladora porque State Grid es estatal. Para una lectura superficial, ello podría demostrar el carácter supuestamente socialista de la expansión china. Desde el punto de vista marxista ocurre precisamente lo contrario: permite observar cómo el aparato estatal chino funciona también como instrumento de internacionalización de capital. La empresa estatal adquiere una compañía extranjera, explota infraestructura situada fuera del territorio nacional, obtiene ingresos de esa propiedad y la incorpora a una estructura empresarial internacional. La forma jurídica de propiedad no modifica el contenido de la operación. Estamos ante exportación de capital.

Esto permite formular la hipótesis de China como potencia imperialista emergente, expresión que debe emplearse con precisión. No significa establecer una identidad entre China y Estados Unidos. El imperialismo estadounidense conserva una superioridad militar global, el dólar continúa desempeñando un papel incomparablemente mayor que el renminbi como moneda internacional y Washington dispone de una red de bases, alianzas y organismos construida durante décadas de hegemonía. Tampoco la Unión Europea constituye una estructura idéntica a Estados Unidos ni sus distintos Estados poseen exactamente la misma capacidad imperialista. El marxismo no necesita convertir realidades desiguales en realidades idénticas para reconocer que forman parte de un mismo sistema de competencia entre grandes concentraciones de capital. El desarrollo desigual constituye precisamente una característica esencial del imperialismo.

Contra el campismo: por un antiimperialismo de clase en el siglo XXI

Llegamos así a una consecuencia política que probablemente sea más importante que la propia discusión sobre China. Una parte considerable de la izquierda latinoamericana continúa interpretando el sistema internacional mediante categorías diplomáticas heredadas del siglo XX: existiría, por una parte, un bloque imperialista encabezado por Estados Unidos y Europa y, por otra, un conjunto heterogéneo de Estados que, por encontrarse enfrentados o parcialmente enfrentados con Washington, adquirirían automáticamente un carácter progresivo, antiimperialista o incluso objetivamente favorable a la transición socialista. La versión contemporánea de esta concepción encuentra en los BRICS su expresión más acabada. La emergencia de China, el fortalecimiento de Rusia y la incorporación de nuevos Estados al agrupamiento serían indicios del nacimiento de un mundo «multipolar» cuya sola existencia debilitaría el imperialismo y abriría mejores condiciones para los pueblos dependientes.

El problema de este razonamiento es que sustituye las clases por los Estados como sujeto del análisis. Un mundo con cinco grandes potencias capitalistas en lugar de una no constituye necesariamente un mundo menos imperialista. Puede constituir exactamente lo contrario: un sistema internacional caracterizado por una competencia más intensa entre grandes concentraciones de capital. La multipolaridad no es una categoría socialista. La Europa anterior a 1914 era extraordinariamente multipolar y esa pluralidad de potencias no produjo paz ni emancipación: desembocó en una carnicería interimperialista. Lenin no respondió a aquella situación escogiendo cuál imperialismo parecía menos reaccionario, sino defendiendo la independencia política de la clase trabajadora frente a todos ellos.

Los BRICS deben ser analizados con el mismo método. No constituyen una Internacional de los pueblos oprimidos. Son una asociación interestatal donde participan gobiernos que administran economías capitalistas profundamente diferentes, atravesadas todas ellas por antagonismos de clase. Que sus integrantes entren en contradicción con Estados Unidos o pretendan modificar las instituciones surgidas bajo hegemonía occidental no convierte automáticamente esas aspiraciones en socialistas ni siquiera en consecuentemente antiimperialistas. Una burguesía puede disputar con otra burguesía una participación mayor en el mercado mundial sin dejar de ser burguesía. Un Estado puede resistir determinadas imposiciones estadounidenses mientras sus propios capitales explotan trabajadores, adquieren empresas extranjeras y buscan controlar recursos fuera de sus fronteras.

Éste es el límite fundamental del campismo: transforma el legítimo rechazo al imperialismo estadounidense en apoyo político a sus competidores. La contradicción principal deja entonces de plantearse entre capital y trabajo y pasa a formularse entre Washington y todos aquellos Estados que se le enfrentan. El internacionalismo proletario queda sustituido por una suerte de geopolítica progresista donde la bandera nacional del capital determinaría su contenido social. De este modo, inversiones que serían denunciadas como penetración imperialista si fueran realizadas por una compañía estadounidense pueden aparecer como «cooperación Sur-Sur» cuando las realiza una empresa china. Pero para un trabajador chileno sometido a una empresa eléctrica, para un minero africano explotado por una compañía extranjera o para una comunidad desplazada por un proyecto extractivo, la nacionalidad del accionista no elimina la relación capitalista.

La reformulación contemporánea del antiimperialismo debe partir precisamente de esta constatación. Estados Unidos continúa siendo una potencia imperialista fundamental y su papel histórico en América Latina no puede relativizarse; la Unión Europea constituye otro gran centro de capital financiero, industrial y exportador; pero el ascenso chino obliga a incorporar una nueva potencia capitalista e imperialista a ese cuadro mundial. Reconocer esa transformación no significa absolver al imperialismo estadounidense ni adoptar la propaganda occidental contra China. Significa exactamente lo contrario: recuperar la independencia política del marxismo frente a todos los Estados y bloques capitalistas.

La cuestión tampoco consiste en afirmar que todas las potencias poseen idéntica fuerza, idéntica historia o idéntica responsabilidad. El desarrollo desigual produce jerarquías, dependencias, alianzas y contradicciones. Estados Unidos continúa disponiendo de capacidades que China no posee y China conserva contradicciones derivadas de su desarrollo histórico y de su incorporación relativamente reciente a la primera línea del capitalismo mundial. Europa presenta sus propias desigualdades internas. Pero ninguna de estas diferencias elimina la tendencia fundamental: la reorganización del capitalismo mundial alrededor de grandes polos que disputan mercados, tecnologías, materias primas, rutas comerciales, fuentes energéticas y espacios de acumulación.

Para América Latina esta conclusión resulta decisiva. Nuestra emancipación no puede consistir en sustituir la subordinación a Washington por la dependencia financiera o comercial respecto de Pekín. Tampoco en escoger entre capital estadounidense, europeo o chino para explotar cobre, litio, energía e infraestructura. La política socialista comienza rechazando esa elección. Frente a la competencia entre Estados Unidos, China y la Unión Europea, la tarea consiste en construir la independencia política de los trabajadores latinoamericanos, expropiar los grandes capitales, recuperar bajo control social los recursos estratégicos y romper la estructura primario-exportadora que reproduce nuestra dependencia cualquiera sea el puerto hacia el cual viajen nuestras materias primas.

Ésta podría ser precisamente la reformulación necesaria del antiimperialismo en nuestro tiempo: no un antiamericanismo geopolítico, sino un antiimperialismo de clase. Un antiimperialismo que combata la dominación estadounidense sin embellecer a China; que enfrente al capital europeo sin convertir a los BRICS en una alternativa socialista; que defienda a los pueblos sometidos por las grandes potencias sin subordinar políticamente a los trabajadores a sus propias burguesías nacionales; y que reconozca que la multiplicación de polos capitalistas no significa la superación del imperialismo, sino una nueva configuración de sus contradicciones.

La hodtentosa recepción a Xi Jinping en Washington y la pregunta inicial de El País adquiere entonces otro significado. Sí: China se ha convertido en una extraordinaria potencia económica y tecnológica. Pero el problema histórico no consiste en contar sus robots ni en evaluar cómo Xi Jinping intervente en las elecciones de medió término en EEUU. Consiste en comprender qué relación social representan esos robots y hacia dónde se dirige el capital cuya productividad multiplican. La trayectoria que va desde la revolución de 1949 hasta State Grid comprando empresas eléctricas chilenas describe, en miniatura, una transformación histórica formidable: de la expropiación de la burguesía a la restauración capitalista; de la restauración a la acumulación; de la acumulación a la exportación de capital; y de la exportación de capital a la emergencia de una nueva potencia imperialista.

Para el marxismo, la conclusión no puede ser escoger campo dentro de esa disputa. Frente a Washington, Pekín y los grandes capitales europeos, la antigua consigna conserva toda su fuerza bajo condiciones nuevas: los trabajadores no tienen patria imperialista ni bloque capitalista que defender. Su campo es internacional y es de clase.