por Gustavo Burgos
El reciente artículo de Emilio Albamonte y Matías Maiello, “Pensar la estrategia revolucionaria en el siglo XXI”, tiene el mérito de devolver al debate marxista problemas que buena parte de la izquierda contemporánea ha expulsado de su horizonte: estrategia, partido, doble poder, organismos de autoorganización, autodefensa, insurrección y destrucción del Estado burgués. Sus autores rechazan explícitamente una interpretación parlamentaria o gradual de la transformación social, sostienen que ningún frente electoral puede sustituir a los organismos de poder obrero y polemizan con las concepciones que imaginan una transformación progresiva del Estado desde su interior. Por eso una discusión seria con el PTS no puede fundarse en atribuirle una renuncia doctrinaria a la revolución que sus propios textos desmienten. El problema comienza en otra parte: en determinar si esa estrategia organiza efectivamente las mediaciones de su actividad cotidiana o si existe una creciente separación entre un programa histórico revolucionario y un programa operativo concentrado en resistencia, movilización, intervención parlamentaria y acumulación electoral.