por Gustavo Burgos
El súbito retorno de la cuestión de Malvinas al primer plano de la política argentina, esta vez impulsado por Javier Milei, y la paralela reaparición de controversias en torno al Estrecho de Magallanes han devuelto una inesperada actualidad a problemas que buena parte de la izquierda latinoamericana había relegado al archivo de las cuestiones nacionales aparentemente resueltas. Milei, cuya política exterior se encuentra entre las más abiertamente alineadas con Washington del continente, proclamó por cadena nacional que «las Malvinas son argentinas», anunció sanciones contra empresas participantes en la explotación petrolera de las islas y vinculó el reclamo territorial con el fortalecimiento estratégico argentino en Tierra del Fuego. Londres respondió reafirmando categóricamente la soberanía británica. Malvinas ha vuelto, por tanto, a mostrar su contenido explosivo: una supervivencia colonial británica, una reivindicación histórica argentina, enormes recursos naturales, rutas marítimas, proyección antártica y militarización del Atlántico Sur convergen nuevamente en un mismo punto.
Casi simultáneamente, el Estrecho de Magallanes reapareció como materia de controversia entre Argentina y Chile. Conviene establecer inmediatamente una precisión indispensable: no existe actualmente una reclamación formal argentina sobre la soberanía chilena del Estrecho. La Cancillería argentina ha declarado que los tratados de 1881 y 1984 son plenamente vigentes y definitivos, y el 3 de septiembre los gobiernos de Javier Milei y José Antonio Kast reafirmaron conjuntamente que esos instrumentos reconocen la soberanía de Chile sobre la totalidad del Estrecho de Magallanes. El mismo comunicado registró, a su vez, el apoyo chileno a los derechos argentinos sobre Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. Lo importante políticamente es que las controversias suscitadas durante los meses anteriores bastaron para reanimar un antiguo repertorio de sospechas nacionales, referencias al control de los pasos australes, proyección antártica y competencia estratégica en una región cuya importancia crecerá inevitablemente durante las próximas décadas.
Tenemos así dos problemas distintos que, precisamente por ser distintos, ofrecen una oportunidad excepcional para discutir el imperialismo desde un punto de vista marxista. Malvinas plantea la supervivencia de una posesión colonial de una potencia imperialista en territorio reclamado por una nación latinoamericana dependiente; Magallanes plantea la relación fronteriza entre dos Estados latinoamericanos, jurídicamente resuelta mediante tratados que ambos reconocen. Una política revolucionaria debe ser capaz de distinguir ambas situaciones. La caracterización de Argentina como nación semicolonial no transforma automáticamente cada pretensión territorial de su Estado en una causa antiimperialista, del mismo modo que el carácter reaccionario de la burguesía argentina no convierte automáticamente cada choque suyo con una potencia imperialista en una disputa indiferente entre dos capitalismos. La dialéctica comienza precisamente allí donde terminan las simplificaciones.
Esta discusión adquiere especial importancia a propósito del reciente artículo de Rolando Astarita, quien ha utilizado el nuevo giro malvinero de Milei para recuperar Conflicto malvinense y crisis nacional, de Alejandro Dabat y Luis Lorenzano, publicado originalmente en 1982. Astarita declara expresamente que uno de sus principales puntos de coincidencia con esos autores reside en el rechazo de la caracterización de Argentina como semicolonia y de la consiguiente tarea de liberación nacional. Reconoce, además, que él mismo sostuvo durante años aquella caracterización antes de abandonarla a comienzos de la década de 1990. No estamos, por tanto, frente a una diferencia secundaria acerca de la conducción militar de la guerra de 1982. Lo que está en discusión es la existencia misma de una relación imperialista cualitativamente diferente de la simple desigualdad entre Estados capitalistasy, consiguientemente, la política que debe adoptar el proletariado cuando esa relación se transforma en enfrentamiento abierto.
La cuestión enlaza directamente con la polémica que hemos desarrollado anteriormente con Astarita acerca de las fuerzas productivas, la decadencia capitalista y el Programa de Transición. Allí señalábamos que su método tiende a autonomizar determinadas manifestaciones empíricas —crecimiento productivo, innovación tecnológica, productividad, expansión industrial— de las relaciones sociales que determinan su contenido histórico. Astarita cree demostrar que el capitalismo continúa desarrollando las fuerzas productivas mostrando que continúa desarrollando tecnología, producción y productividad. Pero la cuestión marxista nunca fue establecer si el capitalismo conserva capacidad para construir máquinas, producir inteligencia artificial o multiplicar mercancías. La cuestión consiste en determinar qué carácter histórico adquieren esas capacidades dentro de unas relaciones de producción que las transforman crecientemente en precarización, destrucción ambiental, militarización, vigilancia, crisis y guerra.
El mismo procedimiento reaparece ahora frente al imperialismo. Argentina posee una burguesía desarrollada, bancos, industria, monopolios, capitales que operan fuera de sus fronteras, un Estado consolidado y Fuerzas Armadas propias. De ello Astarita, siguiendo a Dabat y Lorenzano, concluye que no corresponde caracterizarla como semicolonia. Pero una semicolonia capitalista es, precisamente, capitalista. La categoría no designa un país sin burguesía, sin industrias, sin Estado ni acumulación propia. Designa una determinada posición dentro de la totalidad mundial organizada por el capital financiero y las potencias imperialistas. Del mismo modo que el crecimiento tecnológico no demuestra por sí mismo el carácter históricamente progresivo del capitalismo, el desarrollo capitalista de Argentina no demuestra por sí mismo que haya desaparecido su subordinación al sistema imperialista.
Las Tesis de Oriente contra la abstracción oportunista
Las Tesis sobre la cuestión de Oriente, aprobadas por el IV Congreso de la Internacional Comunista en 1922, constituyen un punto de partida particularmente fecundo para esta discusión porque no construyen su política colonial sobre la inexistencia del capitalismo en los países subordinados. Por el contrario, registran expresamente el desarrollo de un capitalismo autóctono, el crecimiento de un proletariado moderno y la transformación de las estructuras sociales de las colonias y semicolonias. Ese desarrollo no elimina para la Internacional Comunista la opresión imperialista; modifica las condiciones bajo las cuales debe ser combatida.
Aquí reside una diferencia metodológica fundamental. Para Astarita, el desarrollo capitalista argentino tiende a demostrar la superación de la categoría semicolonial. Para la III Internacional, el desarrollo capitalista dentro de una nación subordinada plantea de manera todavía más aguda el problema de qué clase dirigirá la lucha contra el imperialismo. La burguesía nacional puede enfrentarse circunstancialmente a una potencia extranjera, puede intentar ampliar su margen de autonomía, puede disputar recursos, mercados o territorios y puede utilizar sentimientos nacionales legítimos para fortalecer su propio poder. Pero esa misma burguesía se encuentra vinculada mediante innumerables relaciones económicas, financieras y políticas al sistema mundial y teme, sobre todas las cosas, la movilización independiente de su propio proletariado.
La conclusión de las Tesis de Oriente no consiste, por ello, en idealizar a las burguesías nacionales. Es exactamente la contraria. La Internacional Comunista advertía expresamente sobre su disposición a llegar a compromisos con una u otra potencia imperialista y exigía que el proletariado conservara completa independencia política y organizativa. Pero de la inconsecuencia de la burguesía nacional no deducía que la contradicción imperialista hubiera desaparecido. Deducía que el proletariado debía disputar la dirección de la lucha antiimperialista.
Esta distinción es decisiva para comprender Malvinas. Galtieri encabezaba una de las dictaduras más criminales de América Latina. Su Junta había secuestrado, torturado, asesinado y hecho desaparecer a miles de trabajadores y militantes revolucionarios. La ocupación de las islas pretendía, además, reconstruir una legitimidad política que la movilización obrera y popular comenzaba a destruir. Nada de esto se encuentra en discusión. Lo que sí debe discutirse es la inferencia de Dabat-Lorenzano, retomada por Astarita, según la cual el carácter reaccionario del Estado y de la clase que conducían la guerra determinaba que no pudiera existir en ella un campo progresivo frente a otro reaccionario.
Esta conclusión introduce subrepticiamente una identificación entre el carácter político de la dirección de una guerra y el contenido objetivo de la contradicción internacional que la origina. Pero si ese criterio fuera universalmente válido, buena parte de la política colonial de la Internacional Comunista resultaría incomprensible. Las Tesis de Oriente fueron elaboradas precisamente porque las luchas nacionales y antiimperialistas no aparecían necesariamente bajo dirección comunista. El problema consistía en intervenir en ellas sin entregar la independencia del proletariado a la burguesía nacional.
Astarita y los autores que reivindica llegan aquí a una conclusión particularmente reveladora. Reconocen que la reivindicación argentina sobre Malvinas es históricamente legítima; reconocen que la presencia británica constituye un vestigio colonial; reconocen que los kelpers no constituyen una nación independiente en sentido histórico; reconocen incluso que Naciones Unidas ubica la cuestión dentro de la problemática de la descolonización. Sin embargo, una vez admitidas todas esas determinaciones, sostienen que la guerra argentina contra Gran Bretaña no podía tener carácter anticolonial porque Argentina no sería una nación oprimida y porque la clase que conducía el enfrentamiento era reaccionaria.
Aquí aparece con toda claridad el carácter idealista del procedimiento. La relación concreta —una potencia imperialista europea conservando un enclave colonial frente a una nación latinoamericana— queda subordinada a una abstracción: ambos Estados son capitalistas y ambas clases dominantes son reaccionarias. Pero eso es tan verdadero como insuficiente. También son capitalistas Estados Unidos y Honduras, Francia y Senegal, Gran Bretaña y Argentina. La identidad de modo de producción no elimina las relaciones de dominación existentes dentro del sistema mundial.
La concepción marxista del imperialismo no consiste en dividir el planeta entre países capitalistas y no capitalistas. Consiste en comprender cómo el propio capitalismo mundial produce una jerarquía de Estados, naciones opresoras y naciones oprimidas, exportadores e importadores de capital, centros financieros y economías subordinadas, y cómo esas relaciones se reproducen bajo formas cambiantes. La independencia jurídica de un Estado no equivale a independencia económica; la existencia de una burguesía propia no elimina su subordinación; la capacidad de una empresa argentina para invertir en otro país tampoco transforma automáticamente a Argentina en potencia imperialista.
La analogía con la polémica acerca de las fuerzas productivas es entonces completa. Astarita confunde desarrollo material con progreso histórico en un terreno y desarrollo capitalista con superación de la opresión nacional en el otro. En ambos casos el capitalismo recupera una capacidad progresiva que el marxismo revolucionario de la época imperialista pone precisamente en cuestión. El capitalismo seguiría desarrollando históricamente las fuerzas productivas y, simultáneamente, su propio desarrollo iría transformando las antiguas semicolonias en capitalismos simplemente independientes pero desiguales. El sistema imperialista termina reducido así a diferencias cuantitativas entre Estados de distinto tamaño.
Las consecuencias políticas de semejante revisión son mucho más importantes que la discusión terminológica. Porque si desaparece la diferencia cualitativa entre nación imperialista y nación semicolonial, también desaparece el fundamento de una política diferenciada frente a sus conflictos. Y aquí llegamos al punto que Astarita y Dabat-Lorenzano deberían esclarecer con mucha mayor precisión: ¿qué conducta concreta se desprende de su caracterización?
No basta decir que la guerra de Galtieri fue reaccionaria. Hay que explicar qué debía hacer el proletariado argentino una vez que la flota británica avanzaba hacia las islas. ¿Debía considerar indiferente su victoria o derrota? ¿Debía practicar derrotismo revolucionario contra Argentina? ¿Debía llamar simultáneamente a la derrota de ambos contendientes? ¿Qué debía hacer, a su vez, el proletariado británico? ¿Era indiferente para un trabajador inglés la victoria de Thatcher porque enfrente estaba Galtieri? ¿O debía trabajar por la derrota de su propia burguesía imperialista? Estas preguntas no constituyen ejercicios académicos: son el punto exacto donde una caracterización marxista se convierte en estrategia.
La posición de la III Internacional permite resolver la aparente contradicción. El proletariado argentino podía combatir por la derrota de la expedición británica sin conceder un átomo de confianza política a Galtieri. Más todavía: debía utilizar la guerra para intensificar la lucha contra la dictadura, reclamar armamento y organización independiente de los trabajadores, desarrollar la fraternización de los soldados con el movimiento obrero, expropiar los intereses imperialistas, repudiar los mecanismos de subordinación financiera, apelar al proletariado latinoamericano y británico y transformar una guerra burocráticamente conducida por una Junta criminal en una movilización revolucionaria contra el imperialismo.
Que Galtieri fuera incapaz de desarrollar semejante política no demuestra la inexistencia de la cuestión antiimperialista. Demuestra la incapacidad histórica de la burguesía argentina para resolverla. Una guerra consecuente contra Gran Bretaña habría obligado a movilizar precisamente a los trabajadores que la dictadura había perseguido y masacrado; habría requerido golpear al capital internacional con el cual la burguesía argentina se encontraba vinculada; habría exigido transformar el enfrentamiento militar en una movilización latinoamericana. El límite de Galtieri era un límite de clase.
Malvinas y Magallanes: la soberanía debe pasar a los explotados
El debate actual ofrece una ventaja adicional respecto de 1982 porque Malvinas reaparece junto a Magallanes. Y esta simultaneidad permite demostrar que una política antiimperialista consecuente no tiene absolutamente nada que ver con el chauvinismo argentino. Podemos formularlo sin rodeos: Malvinas no es británica; Magallanes no es argentino.
No existe contradicción entre ambas afirmaciones. La primera enfrenta una posesión colonial de una potencia imperialista con una reivindicación histórica argentina cuya solución debe ser arrebatada políticamente a Milei y a la burguesía argentina. La segunda rechaza cualquier pretensión expansionista de Argentina contra Chile. El comunicado firmado por ambos gobiernos el 3 de septiembre reconoce, además, expresamente la soberanía chilena sobre la totalidad del Estrecho y el carácter definitivo de los tratados que la establecen.
La condición semicolonial de Argentina no concede a su burguesía ninguna patente revolucionaria. Una nación subordinada al imperialismo puede poseer una clase dominante que oprima a otros pueblos, desarrolle pretensiones territoriales regionales o busque mejorar su posición relativa a costa de países vecinos. El marxismo no distribuye certificados metafísicos de «nación buena» y «nación mala». Analiza relaciones concretas de opresión. Argentina puede ocupar una posición subordinada frente a Gran Bretaña y desarrollar simultáneamente una política reaccionaria frente a Chile. Reconocer lo primero no obliga a apoyar lo segundo.
Precisamente aquí se encuentra la diferencia entre el internacionalismo proletario y el nacionalismo burgués. Milei puede reivindicar Malvinas y al mismo tiempo fortalecer el aparato militar argentino, construir una base naval en Tierra del Fuego en coordinación con el Pentágono y utilizar la cuestión nacional para desplazar hacia afuera las contradicciones internas de su gobierno. El propio artículo de Astarita registra esos elementos. Pero su error consiste en deducir de ellos que desaparece el contenido antiimperialista de la cuestión malvinense. Para nosotros demuestran exactamente lo contrario: la cuestión nacional debe ser arrancada de las manos de Milei porque Milei es incapaz de resolverla contra el imperialismo del cual depende.
Los trabajadores argentinos no tienen ningún interés en conquistar un centímetro del territorio chileno. Ante cualquier tentativa de desconocer la soberanía chilena sobre Magallanes, su deber sería combatir a su propio gobierno y confraternizar con los trabajadores de Chile. Y los trabajadores chilenos, frente a cualquier pretensión territorial argentina, deberían defender la soberanía sin conceder apoyo político al gobierno de Kast, sin subordinación a las Fuerzas Armadas y sin transformar al pueblo argentino en enemigo nacional.
Éste es el contenido concreto del internacionalismo: no neutralidad entre todas las naciones, sino independencia política del proletariado dentro de cada conflicto nacional. Frente a Gran Bretaña, los trabajadores argentinos deben combatir la presencia imperialista en Malvinas sin subordinarse a Milei. Frente a una eventual aventura argentina sobre Magallanes, deben combatir a Milei junto a los trabajadores chilenos. Los trabajadores británicos, por su parte, no pueden esconderse detrás del carácter reaccionario del gobierno argentino: su tarea fundamental sigue siendo combatir a su propia burguesía imperialista y exigir el retiro británico del Atlántico Sur. Los trabajadores chilenos tampoco pueden esconderse detrás de la defensa territorial para someterse políticamente a Kast.
Esto permite también establecer una frontera precisa frente al llamado antiimperialismo campista. No basta que un Estado choque con Washington, Londres o cualquier potencia occidental para que su política se vuelva progresiva. La política proletaria no consiste en seleccionar un «campo» capitalista internacional y convertirse en su propagandista. Rusia, China o cualquier potencia que entre en contradicción con Estados Unidos debe ser analizada por sus relaciones sociales, sus intereses de clase y su lugar dentro del sistema mundial. El enemigo de nuestro enemigo no se convierte, por una operación diplomática, en representante de la emancipación proletaria.
Pero el error campista no puede combatirse mediante el error inverso de Astarita: borrar la diferencia entre nación imperialista y nación oprimida hasta transformar el internacionalismo en equidistancia abstracta entre Estados capitalistas. El marxismo revolucionario combate simultáneamente ambos desvíos. Contra el campismo sostiene la independencia política absoluta del proletariado respecto de toda burguesía y todo Estado capitalista. Contra el neutralismo sostiene que esa independencia no exime de determinar quién oprime a quién en cada conflicto concreto.
Aquí las Tesis de Oriente conservan una extraordinaria actualidad. Su orientación no era «primero liberación nacional y después socialismo», como si las tareas democráticas pudieran ser entregadas a la burguesía. Tampoco era esperar pasivamente la revolución socialista mientras el imperialismo dominaba colonias y semicolonias. Su perspectiva consistía en incorporar la lucha antiimperialista al proceso de revolución proletaria, desarrollar la organización independiente de los trabajadores dentro de ella y disputar a la burguesía nacional la dirección de las masas.
Malvinas y Magallanes colocan nuevamente esta cuestión a la orden del día. El extremo austral concentra rutas marítimas, hidrocarburos, pesca, proyección antártica y crecientes intereses militares de las grandes potencias. Pensar que esos problemas podrán resolverse indefinidamente mediante la diplomacia de Estados capitalistas rivales significa ignorar la dinámica del imperialismo contemporáneo. Pensar, por otra parte, que la respuesta consiste en fortalecer los aparatos militares nacionales significa preparar nuevas catástrofes.
La salida no puede encontrarse en una carrera armamentista entre Argentina y Chile, ni en el arbitraje de Washington, Londres o Pekín, ni en el chauvinismo de Milei o Kast. Tampoco en la contemplación neutral de Astarita, que después de haber eliminado teóricamente la categoría semicolonial encuentra dificultades inevitables para establecer una política frente a los conflictos concretos que esa categoría permitía comprender.
La resolución verdaderamente democrática de las cuestiones territoriales, marítimas, antárticas y de recursos naturales del Cono Sur exige trasladar la soberanía desde los Estados burgueses hacia los explotados de ambos lados de los Andes. Sólo los trabajadores argentinos y chilenos, organizados independientemente de sus burguesías, pueden discutir sin intereses expansionistas la utilización común de rutas, puertos, energía, pesca, minerales y recursos antárticos. No porque las fronteras nacionales sean irrelevantes, sino porque únicamente una clase que no posee interés material en conquistar ni explotar a otra nación puede garantizar plenamente su derecho a existir.
Por eso la consigna de una Federación de Repúblicas Socialistas de América Latina no constituye una ornamentación propagandística agregada al final del programa. Es la conclusión política de toda la cuestión nacional latinoamericana. Las fronteras de nuestro continente fueron moldeadas por la colonización, las guerras entre burguesías nacientes, la intervención de las grandes potencias y el desarrollo desigual del capitalismo. Pretender resolver definitivamente sus contradicciones bajo Estados nacionales que compiten por inversiones, mercados, recursos naturales, rutas marítimas y alianzas militares significa reproducir las condiciones que las generan.
Una federación socialista no significaría la absorción de Chile por Argentina ni de las naciones pequeñas por las grandes. Significaría exactamente lo contrario: la unión voluntaria de repúblicas soberanas gobernadas por los trabajadores, con pleno derecho de autodeterminación, capaces de planificar conjuntamente sus recursos, garantizar la libre circulación de sus pueblos, eliminar las bases imperialistas y transformar las fronteras de trincheras militares en delimitaciones administrativas entre pueblos asociados.
Bajo esa perspectiva, Malvinas podría dejar de ser una plataforma colonial británica y convertirse en parte de un Atlántico Sur emancipado del imperialismo; Magallanes podría dejar de ser objeto potencial de competencia geopolítica y transformarse en una ruta administrada soberanamente por los trabajadores chilenos dentro de una planificación continental acordada con los pueblos vecinos; la Antártida dejaría de ser objeto de una carrera silenciosa entre Estados y grandes capitales para convertirse en patrimonio protegido mediante cooperación internacional de los pueblos.
Ésta es la conclusión revolucionaria que Astarita y los negadores de la categoría semicolonial procuran eludir. No basta con repetir que Argentina es capitalista. No basta con demostrar que Milei es reaccionario. No basta con denunciar correctamente el chauvinismo. Todo eso es apenas el comienzo del problema.
Deben decirnos qué hacer. Si mañana una flota británica volviera a enfrentar militarmente a Argentina por Malvinas, ¿qué política proponen? ¿Neutralidad? ¿Derrotismo en ambos campos? ¿Indiferencia respecto de una victoria británica? ¿Qué deben hacer los trabajadores ingleses? ¿Y qué posición corresponde si Argentina desconociera los tratados y pretendiera avanzar sobre Magallanes? ¿Cómo se distingue ese conflicto del primero después de haber eliminado la categoría política que diferencia una relación imperialista de una disputa territorial entre Estados latinoamericanos?
El marxismo no puede escapar de estas preguntas refugiándose en la afirmación universal de que todos los gobiernos involucrados son burgueses. Precisamente porque lo son necesitamos una política proletaria independiente para cada conflicto concreto.
Nuestra respuesta puede formularse con absoluta claridad: fuera Gran Bretaña de Malvinas; ninguna confianza política ni en en Milei ni en Kast; contra toda forma de belicismo y chauvinismo entre Chile y Argetina; fuera las bases y dispositivos militares imperialistas del Cono Sur; control obrero de los recursos estratégicos; fraternización de los trabajadores y soldados de ambos lados de los Andes; unidad política del proletariado latinoamericano.
No queremos que Malvinas sea conquistada para Milei ni Magallanes defendido para Kast. Queremos que Malvinas, Magallanes, la Patagonia, los puertos, las minas, el petróleo, el agua y las rutas australes dejen de ser piezas del tablero de las burguesías y las potencias imperialistas y pasen al control soberano de quienes producen toda la riqueza de este continente.
La cuestión nacional latinoamericana no encontrará una solución histórica mediante fronteras militarizadas ni mediante el cosmopolitismo abstracto que niega la existencia del imperialismo. Encontrará su solución cuando los explotados conquisten el poder y puedan decidir soberanamente, sin capitalistas ni potencias tutelares, las relaciones entre nuestros pueblos.
Ése es el internacionalismo concreto que oponemos al nacionalismo burgués, al campismo y al oportunismo de Astarita: la intervención soberana de los trabajadores argentinos y chilenos en todos los problemas que hoy sus burguesías pretenden resolver en su nombre, bajo la perspectiva estratégica de los Estados Unidos Socialistas, de la Federación de Repúblicas Socialistas de América Latina. Malvinas y Magallanes vuelven a recordarnos que la cuestión nacional no ha muerto. Lo que está agotado es la capacidad de la burguesía para resolverla. Su solución pertenece al proletariado.
