La figura de Trotsky ha sufrido, desde su asesinato un 20 de agosto de 1940 a manos de la camarilla estalinista, los mismos embates que la concepción marxista de la historia, que su organización partidaria y la estrategia de la Dictadura del Proletariado. Y ese inclemente ataque, motorizado por los antagonismo de clase, ha pretendido primero hacer de Trotsky un burócrata enfrentado a Stalin por pugnas de poder; luego un demócrata que quería hacer el socialismo con democracia; y, finalmente, un intelectual diletante dedicado al cultivo de cactus y la crianza de conejos.
El último de los clásicos del marxismo, después Marx, Engels y Lenin, debe ser reivindicado como un irreductible revolucionario, un feroz genio militar y un teórico profundo y creativo. Sin Trotsky la primera revolución obrera de la historia —la Revolución Rusa— quizá hubiese tenido lugar, pero habría tenido una fisonomía enteramente distinta. Ni el partido bolchevique, ni la URSS, ni el Ejército Rojo ni la lucha en contra de la degeneración burocrática habrían tenido la envergadura con que nacieron a la historia.
En esta nota que ponemos a disposición de nuestros lectores, Trotsky, a menos de 15 dias de su muerte se explaya sobre los problemas de la revolución en EEUU, en un momento en que Hitler seguía aliado con Stalin (pacto Ribbentrop-Molotov) y EEUU aún no había entrado en la Segunda Guerra Mundial. La entrevista es vital, práctica y necesaria en momentos tan convulsionados como aquellos y no puede dejar de ser oportuna en una coyuntura mundial como la que vivimos, marcada igualmente por la crisis del capital, el genocidio y la guerra imperialista.
EP
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