Debo guardar los aparejos de pesca.
Ya no lanzaré las redes
esperando que abunden las reinetas.
Tal vez sea cierto
eso del canto del chucao
y la mala suerte
que lo signa a uno
al cruzar con el pie izquierdo
el dintel de la puerta
de la casa paterna,
justo cuando el padre ya no está
para decirnos con la mirada
que aún alguien
—a pesar de todo—
nos cree.
