por Alejandro Valenzuela Torres
Para comprender a Javier Milei hay que comenzar por bajar el volumen. Apagar por un momento la motosierra, los insultos, los gritos contra la «casta», las extravagancias presidenciales y la interminable representación del esperpento que ocupa buena parte de la superficie política argentina. No porque esa representación carezca de importancia —cumple una evidente función propagandística y disciplinadora— sino porque puede ocultar aquello que realmente interesa. Milei tiene, en rigor, un único programa: el económico. Todo lo demás está subordinado a él. Por eso, para comprender al Gobierno hay que escuchar menos lo que dice el personaje y observar con mayor atención lo que hace su administración, quién gana con ello, quién pierde y qué relaciones sociales está modificando. Cuando se procede de esta manera aparece una dinámica bastante menos excéntrica que su protagonista: una ofensiva de clase que está ordenando detrás del Gobierno al grueso de la burguesía argentina, aunque sus distintas fracciones mantengan diferencias respecto del tipo de cambio, las importaciones, los impuestos, los ritmos de apertura o la distribución particular de los beneficios.