por Ariel Petruccelli
Para quien haya tenido una mínima interacción con la IA, aunque más no sea leer en línea algún texto sobre el tema, usar redes sociales o haber hecho alguna inocente consulta a un chat bot (vale decir, para la inmensa mayoría de la población del planeta), es prácticamente imposible que pase una semana sin que le llegue a sus dispositivos electrónicos vinculados a internet alguna noticia espectacular relacionada con las llamadas inteligencias artificiales. Desde el Papa a Bill Gates –pasando por Putin, Trump y Xi Jiping; Zuckerberg, Thiel o Altman– parece haber un consenso absoluto: nos hallamos ante lo más extraordinario entre lo extraordinario. Estaríamos a las puertas de trascender todas las limitaciones humanas y construir un mundo feliz de abundancia, ocio, diversión e incluso inmortalidad… o a punto de ser convertidos en esclavos de robots. A un paso de construir el paraíso en la tierra o de autodestruirnos. La “sigularidad” se anuncia como cosa inminente, aunque su advenimiento, al igual que el segundo advenimiento de Cristo, es pospuesto una y otra vez. La parousía de la religión de los datos (un término bastante atinado que tomo de Jaron Lanier) se prorroga en el tiempo como se prorrogó, y aún se sigue prorrogando, la segunda venida de Cristo. Pero la misma ansiedad que la inminencia del juicio final provocó hace dos milenios en las minúsculas comunidades cristianas, ahora parece hacer presa de buena parte de la población del planeta, que se siente a un tris de volverse inmortal o, mucho más habitualmente, de perder el empleo a manos de un chat bot. La IA puede ser vista como un producto angelical o satánico, como obra de Dios o del anticristo, pero siempre, siempre, como algo absolutamente sin precedentes y, desde luego, cuyo desarrollo no puede ser en verdad detenido, por mucho que el Papa diga que hay que detenerla.