La guerra contra Irán no es una cruzada moral, ni una empresa civilizatoria, ni una operación quirúrgica en nombre de la paz. Es una guerra imperialista. Y como toda guerra imperialista, no puede entenderse por las excusas con que la presentan sus ejecutores, sino por la relación material entre las fuerzas en pugna. De un lado, el imperialismo norteamericano, apoyado por el sionismo y por el entramado político-militar que durante décadas ha organizado la subordinación de Medio Oriente a los intereses estratégicos del capital financiero. Del otro, un Estado surgido de una revolución en 1979 que barrió a una monarquía directamente subordinada al imperialismo, pero cuyo desenlace no fue el poder obrero sino la consolidación de un régimen nacionalista burgués de base clerical.
La catástrofe política y económica que se presenta como inmediato resultado de la guerra en la esfera internacional, impactará demoledoramente en una economía abierta como la chilena. Kast ya ha anunciado que el Mecanismo de Estabilización del Precio del Combustible (MEPCO) no podrá seguir operando lo que importará un aumento de a lo menos $350 por litro en el precio. Una brutal inflación amenaza en lo inmediato a los trabajadores y el gobierno de Kast —servil a la guerra y al gran capital— se dispone a tomar primera fila en el ataque al pueblo trabajador. Por esta urgente cuestión es impostergable analizar la naturaleza, la dinámica y los efectos de la guerra en la lucha de clases.