«Alphaville»: El antiguo cine futurista de Jean-Luc Godard

por Horacio Ramírez

El filme del realizador fallecido hace solo unas semanas, construye una poética de la ciencia ficción casi sin echar mano a los efectos especiales, y solo valiéndose de su cámara, el guion, y las actuaciones dramáticas de Eddie Constantine y de Anna Karina, para conseguir una de las obras audiovisuales más logradas artísticamente del género, en la historia del cine.

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Reflexiones sobre poética

por Horacio Ramírez

La nuestra es la única civilización que ha prescindido -desde el Renacimiento, por lo menos- del principio fundacional de lo Sagrado.

Es una civilización sin la Trascendencia como valor fundacional del pensamiento; puro presente con pretensiones de ser un demiurgo de su propio pasado y destino; un algo insustancial sin un futuro de novedades, como lo es un silogismo, donde en la premisa mayor ya está grabada a fuego la conclusión: si todos los Hombres son mortales, no necesito nada para saber que Sócrates también lo es. Una civilización sin buenas nuevas, sin evangelio: una civilización de puras noticias, simples datos de los que participamos pasivamente.

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Nuestro orden en las estrellas

por Horacio Ramírez

Hay un grupo de estrellas (unas quince) llamadas «estrellas bebenias». Tal nombre les viene de los antiguos beduinos que se orientaban gracias a ellas llamándolas «estrellas del desierto» (en persa, biyabani). Astros como Sirio, Capella, Arturo o Antares, tienen la virtud de resistir por más tiempo el brillo del sol naciente mientras las demás estrellas desaparecen y, al mismo tiempo, son capaces de adelantar su brillo antes de que una noche sin luna —y en medio del desierto— nos deje totalmente a oscuras y perdidos. Las bebenias, entonces, servían para correlacionar la posición estelar con el horizonte: algo fundamental para orientarse en una vastedad homogénea.

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Cuerpo y alma (Testről és lélekről)

por Horacio Ramírez

“El amor se compone de una sola alma que habita en dos cuerpos”. – Aristóteles.

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Alguna vez escribí:


“…Cuando no esté, el pasto y las flores 

volverán a crecer en el camino… 

el agua del estanque reflejará sólo el cielo,

las estrellas volverán a no tener nombres

y habrá en la calle flamantes silencios baldíos…

Nada habrá de morir para que yo viva, 

cuando no esté…

Cuando yo no esté ¡Qué alegría!

¡Habrá vuelto a nacer el Paraíso!”

 
(“Cuando no esté” -Frag.-)

Es que la vida funciona así: para seguir siéndolo tiene que incluir la muerte en su ecuación. Tiene que haber una planta que hizo el milagro de producir su propio alimento a partir de la luz de una estrella, de los tantos billones y billones de estrellas que hay en el Universo. Pero también hay otras plantas -como los hongos- que no viven directamente de la luz sino de las plantas que sí lo hacen. Y hay animales -enormes muchos de ellos- que herirán y muchas veces terminarán matando a esas mismas plantas que viven del sol. Y habrá otros animales que matarán a los anteriores, desde dentro como parásitos o desde fuera como predadores. Y así, de muerte en muerte, la vida sigue existiendo: impiadosa, ciega al dolor, al sufrimiento y al miedo de los que van a morir, y ciega a su propio milagro de poder sacarle comida a un reactor de fusión nuclear que se formó espontáneamente en medio del espacio como lo es el sol… pero no es un contrasentido: en el balance final, la vida le gana a las tendencias degradativas del planeta: las montañas se derrumban, pero la vida crece. Los océanos carcomen continentes milenio tras milenio, pero la vida crece. Las tormentas lo derriban todo, pero la vida crece… y no hay “desastre” que no aprovechen a su favor… de hecho, nada es “desastroso” para la vida. Todo lo contrario: cualquier proceso es directa o indirectamente aprovechable para que la vida crezca sobre sí misma, yendo en contra de las mismas leyes de la Física (de la Termodinámica) que predicen la inevitable degradación de toda materia abandonada a sí misma, la materia viva sólo sabe crecer sobre sí misma cuando es abandonada a sí misma.

La vida abandonada a sí misma

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Adán y Eva: la continuidad de la vida

por Horacio Ramírez

Vemos al Hombre. Su sexualidad. Su complejidad o simplicidad psicológica. Su sistema de creencias. Su aparato epistemológico en tanto que creador de realidad. Su actuar. Su devenir. Su desaparición. Su nacimiento. Una red inacabable de instancias que se engranan con nuestra propia percepción y nuestras propias redes. Redes que se informan, que adquieren forma y contenidos. ¿Dónde empieza o termina un ser humano? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Están sus límites en la piel? ¿En la sociedad que integra?

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«Silencio»: el grito imposible de Scorsese

por Horacio Ramírez

«Las bombas atómicas se tiraron lejos, en Japón, para que ningún americano pudiera oírlas».
Comentario periodístico estadounidense de 1945

Pese a su belleza audiovisual y a que es una de las mayores obras cinematográficas debidas al realizador estadounidense, este crédito —económicamente, por lo menos— fue un fracaso: no llegó a recaudar ni la mitad de los 50 millones de dólares que se invirtieron, y esto debido, principalmente, a que no eludió aspectos realistas del catolicismo de aquella época ni tampoco de la idiosincrasia japonesa de todos los tiempos.

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«El poder del perro»: La obra maestra de la genial Jane Campion

por Horacio Ramírez

Para una película ambientada en el noroeste norteamericano —Montana—, y filmada en Nueva Zelanda, en el valle de Ontago, y producida por Nueva Zelanda, Australia, Reino Unido y Canadá, podemos permitirnos el desliz de iniciar nuestro análisis en las arenas de Gizeh, en Egipto. Es sabido que la Gran Esfinge tiene tres períodos de construcción: el más antiguo —de datación incierta— que corresponde al cuerpo; le sigue la cabeza, que fue reducida en sus dimensiones para poder tallar la cara de un faraón —presuntamente, Kefrén— y la más reciente que son las garras como de león, construidas por los romanos.

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«Duna»: La estética de lo grandioso

por Horacio Ramírez

El filme del realizador canadiense Denis Villeneuve replantea los cánones de autenticidad audiovisual de la cinematografía contemporánea, al exponer en potentes imágenes todo un sistema de conexiones creativas, y las cuales en su conjunto simbólico exhiben el relato de un universo singular y autosuficiente.

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“Cowboy de medianoche”: la soledad de ser el otro y el silencio de haberlo dicho todo

por Horacio Ramírez

En su autobiografía El portador del fuego, el astronauta Michael Collins -quien fuera el que se quedó en la cápsula de comando de la Apolo 11 y no descendiera jamás a la luna-, relata el momento en el que, ya solo en su cubículo, se internaba en el espacio que bañaba la cara oculta del satélite y experimentara la soledad física en el modo más extremo posible por primera vez en la Historia: “Desde los tiempos de Adán que nadie estuvo tan solo”, llegó a decir, mientras afirmaba que en esos momentos de aislamiento físico, se sentía “el Ello”, ya que por esos minutos ni él sabía nada de ningún ser humano ni ningún ser humano sabía nada de él. Se suponía que estaba, pero no se lo sabía…

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Cine: «El Padrino II», la suma diabólica

por Horacio Ramírez

Alguien se acerca y le besa la mano al Don, al Cabeza, al Capo, al padrino o “padre por vía divina”, en su etimología en inglés: “godfather”. La inclinación y el beso señalan un pacto de fidelidad, firme como el acero y a la vez volátil como un copo de nieve frente a los ardores del deseo: con esa imagen comienza la segunda parte de la trilogía de El Padrino (The Godfather II -1974-) de Francis Ford Coppola, a inspiración de la novela de Mario Puzo. La excepción que confirma la regla, donde la segunda parte es mejor que la primera, llevándose el preciado Oscar a la mejor película de ese año.

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