«Silencio»: el grito imposible de Scorsese

por Horacio Ramírez

«Las bombas atómicas se tiraron lejos, en Japón, para que ningún americano pudiera oírlas».
Comentario periodístico estadounidense de 1945

Pese a su belleza audiovisual y a que es una de las mayores obras cinematográficas debidas al realizador estadounidense, este crédito —económicamente, por lo menos— fue un fracaso: no llegó a recaudar ni la mitad de los 50 millones de dólares que se invirtieron, y esto debido, principalmente, a que no eludió aspectos realistas del catolicismo de aquella época ni tampoco de la idiosincrasia japonesa de todos los tiempos.

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Martin Scorsese: «Fellini es más grande que el cine»

La cámara se fija en la espalda de un joven que camina decidido hacia el oeste por una calle abarrotada de Greenwich Village. Bajo un brazo lleva libros. En la otra mano, un número del Village Voice. Camina deprisa, dejando atrás hombres vestidos con gabardina y sombrero, mujeres con pañuelos en la cabeza que empujan carritos de la compra plegables, parejas cogidas de la mano, y poetas y chulos y músicos y borrachines, frente a farmacias, licorerías, restaurantes y bloques de apartamentos. Pero el joven solo se fija en una cosa: la marquesina del Art Theatre, que exhibe Shadows, de John Cassavetes y Los primos, de Claude Chabrol.

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