«Giri/Haji: Deber/Deshonor»: la ecuación audiovisual perfecta

por Horacio Ramírez

Decir «extraordinaria» no debe llamarnos a error. No decimos que esta miniserie británica, filmada en Inglaterra y Japón en el 2019 y que llegó a Netflix, sea una especie de milagro artístico, sino que estamos hablando de una obra de arte totalmente ajena a los caminos que transitan las películas y seriales policiales «noir» que estamos acostumbrados a ver… muchas veces como mero entretenimiento bien narrado y filmado.

Giri/Hagi (traducida como Deber/Deshonor o Deber/Vergüenza) es extraordinaria porque sus directores hicieron de una serie para televisión y streaming, una verdadera película. Hicieron cine, en pocas palabras. Tiene ritmo de serie y está narrada en ocho episodios de casi una hora de duración cada uno como cabe a una serie.

Y es así que tiene resúmenes iniciales también como una serie pero en los siete resúmenes ya empezamos a ver las diferencias: no es una sucesión de fragmentos de la historia contada, sino una recreación de fotogramas virados a dibujo en efecto «sketch», a modo de una viñeta de historieta que permite acceder al espíritu de la narración antes que a los hechos contados.

Aquello es posible gracias a otra virtud de la serie: su narración es tal que, si bien muestra numerosos arcos parciales de historias, todas estas se vuelven interesantes y engranan entre sí a medida que nos acercamos al final, haciendo que una historia compleja no sea complicada.

Como ya hemos dicho en este espacio, a veces la dupla director y guionista busca complicar para dar efecto de profundidad, pero en Giri/Haji la «profundidad» no es un atributo añadido a la historia sino que es la historia misma: lo que en ella ocurre tiene la hondura del guion: pasa lo que pasa, no le busquemos mucho más.

Hay amor, traición, odio, violencia, sexo, amistad, lealtad, maldad, bondad, blandura, dureza, elementos que son fundamentales para una historia de acción, de crímenes, de persecución policial e intrigas.

Y a esa combinación clásica se le agrega el constante juego de espejos entre ingleses y japoneses; entre Tokyo y Londres y sus interesantes y curiosos paralelismos: desde el sistema de clanes escocés prácticamente idéntico al japonés, y la adicción y respeto ingleses al ritualismo que está muy presente también en la tradición japonesa.

Acerca de significados

Como leímos, las dos versiones en español del título Giri/Haji son «deber y deshonor» y «deber y vergüenza». Obviamente, el deshonor acarrea la vergüenza. En español, «vergüenza» viene del término «verecundia» que hace referencia a llegar a tener un temor respetuoso… temor ante la presencia del ofendido a quien se debió respetar y no se lo hizo.

«Honor» es un término que suele acarrear ya cierta lejana confusión en español: «honor» hace referencia al reconocimiento público de una actitud que, habiendo podido ser incorrecta, fue correcta. Tal publicidad aparece, por ejemplo en la expresión «hacer los honores» a quien da los toques iniciales de una ceremonia pública, como cortar un pastel o abrir una botella de licor o recibir medallas y demás honores públicos.

Lo que solemos asociar a «honor» en tanto que sentimiento propio de honra lo tenemos ligado a las expresiones latinas «integritas», «virtus», «pietas» y principalmente a «decus» (de donde deriva «decoro», «decorar» o «condecorar»).

En japonés, el «honor» —»haji»— tiene, por su lado, una fuerte relación con las virtudes guerreras del bushi, término que popularmente es reemplazado por «samurai» y que están presentes en al arte del guerrero: el Bushido. Tales virtudes son: rectitud; coraje; compasión; respeto; honestidad; lealtad y la principal de todas: Meiyo: el honor.

A los japoneses ya se les enseñan desde niños parte de estas virtudes, especialmente las de respeto y honor. Y hasta se da la paradoja que entre «capos mafiosos» del Yakuza se tienen en alta estima todas las virtudes del Bushido o «camino del Bushi»… aunque se entremezclen los intereses más bastos, procaces y violentos que incluyen la avaricia y la traición.

El «Giri», por su lado, refiere en japonés al deber social de gratitud hacia el otro. A los occidentales nos cuesta entender hasta qué punto los japoneses valoran las formas (rei) para mantener la armonía (wa). Del mismo modo, las relaciones de grupo (uchi o soto) están muy jerarquizadas (tate shakai) y como siempre parece que existiera una lucha interior entre ser uno mismo (honne) y vencer esa tendencia para pensar en los demás (tatemae), es donde encontramos aparecer el complejo concepto del giri.

El giri rige las relaciones jerárquicas como las de maestro/alumno (sempai/kōhai), o las relaciones en una empresa, donde es frecuente que los trabajadores sientan que deban agradecer todo a sus superiores y sientan la obligación de llevar a cabo su trabajo lo mejor posible por la posibilidad de trabajar y ganarse el pan.

Eso es algo que se enlaza con el siempre sorprendente servicio al cliente del Japón o en la relación entre hombres y mujeres. De esta manera, el giri ayuda a mantener la armonía social y la subsecuente paz del grupo: siempre se siente la obligación de «corresponder» al otro. Lo que se hizo por otro debe ser recompensado. Como ejemplo, es el giri el tema central de The Yakuza de 1974, con Robert Mitchum y dirigido por Sydney Pollack.

En la cultura japonesa, entonces, es una pareja tan compleja socialmente la de Giri y Haji que justifica no sólo los problemas al traducir los términos sino también la complejidad de la trama.

Una historia violenta

Rodney —un extraordinario Will Sharpe— acompaña al detective japonés Kenzo Mori (Takehiro Hira) en su visita a Londres. Oficialmente es para realizar un curso sobre criminología, pero el policía nipón en realidad está buscando a su hermano Yuto (Yôsuke Kubozuka) quien está presuntamente muerto.

Descubierta su participación en la «Yakuza» —la mafia japonesa— como un peligroso soldado, se le atribuye un último crimen que provocó una guerra entre familias yakuza que pone en peligro la siempre frágil paz entre ellas. La policía japonesa sabe que la guerra entre las familias es inminente y envía a Kenzo a Londres. Kenzo, a su vez, sufre por remordimientos de su historia personal entre él y su hermano y, obsesionado por protegerlo está dispuesto a salvarle la vida más allá de lo que se espera de él.

En Londres conoce a su profesora de Criminología, Sarah (Kelly Macdonald), quien, como policía, poco a poco se irá implicando en el caso. Sorpresivamente, Kenzo recibirá la visita en Londres de su hija adolescente Taki (una bellísima Aoi Okuyama) quien se siente aprisionada en su Tokyo natal pero que en Londres podrá salir de su aislamiento y olvidar las duras exigencias morales japonesas.

Giri/Haji es un thriller noir de los mismos productores de Chernobyl y es interpretado en japonés e inglés, pero la combinación de ambas lenguas es siempre lógica y entendible y le da al conjunto una ondulación sonora enteramente agradable.

La violencia está presente y dosificada con maestría. No la esquiva: los meñiques se cortan ante las cámaras; las balas agujerean cuerpos y hay sangre, mucha sangre. Pero el hombre es violento: todo en la vida, excepto la muerte, está relacionado de un modo u otro con ella. Y esta afirmación alcanza también a las artes. Solo que en el cine la violencia toma dimensiones visuales y auditivas que no aparecen tan explícitamente en otras formas artísticas.

Recuerdo a mi padre elogiando la belleza de ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra (1946), un filme que abraza los momentos más tiernos del cine, pero ahí está también la tremenda trompada que George Bailey (James Stewart) le da al policía, y su increíble rostro de furia y desesperación, y la corrida y los tiros.

Y está su intento de suicidio y está también la violencia presente en la revelación que va desarrollando el ángel que busca sus alas… y está siempre presente porque el vivir es violento: vivimos gracias a la muerte sistemática de plantas y animales.

En Giri/Haji es violenta la vida de su hermano y su búsqueda violenta de la paz. Las clases de Sarah que hablan de cómo manejar los residuos que dejan esas formas de violencia y es melancólicamente violenta su búsqueda del amor en conflicto con sus deberes de policía. Es violenta la sobrevivencia del pobre Rodney y su lucha interior buscando la bondad en sí mismo así como las luchas interiores de Kenzo y de su hija Taki.

Todo, en toda película y en todo arte, es una vida simple atrapada por un hecho violento. Un estallido de orquesta es tan violento como el lamento inconsolable del Lacrymosa de Mozart. Son violentos los claroscuros de Caravaggio o las voluptuosidades de Rubens… no hay nada y de pronto canta un ave a lo lejos y es el sonido el que es violentado.

No hay nada y, de pronto, nace un Universo… El arte, y el cine en especial, se hacen, por su sinceridad tan humana: ecos del drama del vivir esa violencia. «Dram» significa en griego «yo hago» y toda acción es una forma de violencia contra lo que no está hecho, solo lo que no está vivo puede descansar en paz.

Narración, virtuosismo y final

Los múltiples recursos narrativos a los que apelan los dos directores de la serie, Julian Farino —episodios del 1 al 4 y el 8— y Ben Chessell —episodios del 5 al 7—, no son del todo novedosos pero están presentes de manera magistral: el cuarto episodio, por ejemplo, es todo él un flashback que permite avanzar aceitadamente en el desarrollo de la historia.

También encontramos las pantallas partidas de los ’70. Tenemos las ya mencionadas viñetas tipo cómic en los resúmenes previos. La inserción intempestiva —violenta—del dibujo animado y las excelentes secuencias de montaje en cada final de episodio llevando adelante un cliffhanger, un clímax de tensión dramática que engancha al más desprevenido.

Los flashbacks siempre completan la información para no perder el hilo de lo contado, pero aparecen en diferentes relaciones de aspecto de las pantallas: emergiendo en relaciones 4:3 (como en los monitores de las computadoras viejas) y 14:6 (como si fuera en cinemascope).

Pero es sobre el final del último episodio cuando uno se rinde ante toda la serie: tras un intento de suicidio de Taki se desarrolla una imprevista y onírica coreografía de ballet, fotografiada en blanco y negro en la terraza de un edificio en Londres y que resulta absolutamente conmovedora.

Una síntesis ex machina (los villanos desaparecen) de las múltiples relaciones que se estuvieron tratando a lo largo de toda la historia. En ese ballet se asienta también la dualidad de lo que está bien contra lo que está mal: el deber contra el deshonor, así como la armonía entre las lógicas internas de las diferentes formas de violencias.

Esa secuencia es la más conflictiva para el público y el crítico desprevenidos que llevó, especialmente en Inglaterra, hasta la puesta en duda estética, pero que a nuestro ver es una clara muestra de inspiración y libertad creativas exponiendo la belleza que es posible encontrar en el cine.

Su manso final, en un café de Londres entre Sarah y Kenzo, mientras Taki, aparte, le pone música a la escena, termina con la cámara abandonándolos en la tibieza del local y con nosotros anhelando el amor entre ambos y con una imprevista lluvia que anuncia el fin de todo. Una lluvia acude al telón final, recordando las terapéuticas lluvias del cine de Andrei Tarkovski, de esas que no sólo limpian, sino que también alivian dolores, tranquilizan el alma y nos curan de todo impiadoso odio u olvido.

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