por Eduardo Luque
“Deus lo vult” —Dios lo quiere— fue el grito que recorrió Europa cuando en 1095 el papa Urbano II llamó a la Primera Cruzada. Aquella consigna, invocada por multitudes convencidas de combatir en nombre de Dios, sintetizaba la lógica de una guerra en la que la política, el territorio y el poder aparentaban servir a la fe de Cristo. Casi un milenio después, el eco de aquel grito parece reaparecer en el discurso de ciertos sectores del poder occidental. No se trata solo de un conflicto geopolítico en Oriente Medio: cada vez con mayor claridad, se pretenden ocultar los intereses espurios de esta guerra bajo el manto de la ética religiosa. Estamos asistiendo a una nueva forma de guerra de religión.