Cada cierto tiempo se confunde mi larga estadía en el barrio Yungay (1958-1973 y luego 1986-2024, o sea 53 años de vida de los 71 año que he vivido), para que se crea que mi poema Bello Barrio está dedicado o inspirado en el Barrio Yungay. Pero no es así.
Lo he contado en múltiples ocasiones. Y no está de más decirlo otra vez. Rastreaba yo a fines del año 85 del siglo pasado (o siglo pesado), digo, rastreaba yo nidos de rockeros para una investigación que realizaba como novel sociólogo recién titulado en The City University de la ciudad de Londres, Inglaterra, que había denominado “La Sub-Cultura del Rock en Chile”, cuando un amigo (hoy ex-amigo), me sugirió visitar a unos hermanos que tenían un taller de reparaciones de automóviles por Mapocho a la altura del 4 mil y tantos. Y allá fui.

Yo había retornado a Chile hacía solo unos meses después de haber vivido dos años como estudiante en Valparaíso, dos años preso por razones impolíticas, diez años de exilio por las mismas razones anteriores, por lo cual cachaba la nada Santiago de Chile y la mayor parte de mi investigación la pasaba perdido arriba de fétidos microbuses con un pedazo de una guía telefónica con las calles de Santiago.
Bueno, llegué donde los mecánicos-rockeros, me atendieron con bastante desconfianza y luego de unas cuantas preguntas y sus escuetas respuestas me tuve que retirar con mi grabadora Sony entre las piernas. Salí y caminé por Mapocho instintivamente hacia el este vislumbrando apenas la Cordillera de Los Andes entre las nubes de smog. Así llegué a una punta de diamante. A mi izquierda Mapocho, a mi derecha, José Joaquín Pérez. Me detuve un instante y tuve lo que los orientalistas denominan un “satori”, una suerte de no-mente (y eso que los mecánicos-rockeros no me habían convidado nada), un momento de iluminación total en que uno queda exento de sentido, como en medio de un hai-ku, ¿QUÉ ES ESTO?¿QUÉ HAGO AQUÍ Y POR QUÉ?, no estaba sometido a ninguna jurisdicción, a ningún amarre, a ninguna amante ni ideología, estaba recién nacido, no había más que ese presente en el cual estaban mis zapatos y mis calcetines y mis pies desnudos dentro de ellos y yo hacia arriba, y miraba desde mi metro sesenta y siete como fluía un pasado que me había sostenido en sus brazos, incubado en su habitáculo por treinta y dos años. Podía ver los pequeños restaurantes con máquinas wurlitzers de cuando tuve doce años y me machacaba el corazón la voz de Mike Laure o Sandro o Rita Pavone diciéndome “estrecha tu mi mano y dime amigos como antes”, en un escalofrío veía los cines que eran en ese momento iglesias evangélicas atiborradas de pueblo chileno para ver las películas de Raúl Ruiz mientras la música de Los Jaivas sonaba por las calles y se unía a la música de Los Lobos y entendía por qué lloré en Londres viendo a Los Lobos porque yo veía en el rostro de César Rosas el rostro de Víctor Díaz, y en el rostro de David Hidalgo veía el rostro de Uldarico Donaire, y eran los compañeros desaparecidos devenidos en rockeros norteamericanos de origen mexicano, y venía mi madre joven de nuevo corriendo a abrazarme y Lennon me decía THE WAR IS OVER, y Arlen Siu reía con Roque Dalton y el Perro Olivares salía de La Moneda en llamas derrumbándose por la defensa de la democracia demos gracias que nos sacaron la venda y nos la volvieron a poner cada vez que era necesario, y el Perro Olivares se iba saltando a tomar un café con otros periodistas, y el Perro Olivares saltaba como el Perro Tevito y eran la misma entidad y Víctor Jara tocaba “Charagua” y por fin el plomo de las balas aún no era extraído de una mina imposible para hacer balas.
Me emocioné.
Y volví a casa.
Y casa era Avenida Valdovinos cerca de calle Belén, y en la jato me preguntaron ¿querís un té? te noto raro, ¿fumaste algo? Y yo les dije no, amigos no, como Rita Pavone me había dicho.
Y SALÍ A LA CALLE.
Y vi el bello barrio de Mapocho también en la Avenida Carlos Valdovinos, y allí vi la panadería que me ponía nostálgico y sureño, y vi los quioscos sin noticias de la guerra sucia de Pinochetguzmán y solo historietas llenas de colores y gozo y recordé Bethnal Green, donde fui con Pilar, una madrileña que tenía un grupo de música tecno y que vivía en Londres y quería solidarizar con Chile, y el Jon Barnes, jefe del Chile Committee for Human Rights, C.C.H.R. por sus iniciales en inglés), me dijo a mí que laburaba como relacionador del “ chili comiti” con la comunidad, “Ohe Reolé thratha de integrar a esta compañera españhoula de que colabore con el chili comiti”, y yo tenía que ir a cantar a una iglesia, así que la invité para que fuéramos conversando a ver que se nos ocurría que ella pudiera hacer y al llegar a Bethnal Green estábamos en los años cincuenta en el bello barrio y ella tenía medias negras y una minifalda de cuero rojo y a las monjitas no les gustó el atuendo de Pilar y una monjita me preguntó si podía enseñarle guitarra y Pilar decía que la monja quería conmigo y la gente era buena y podíamos reír y mirarnos a los ojos como recién nacidos y era como cuando unos días después del “satori” de Mapocho fui con Olecram Muñoz a Buenos Aires EN UNA MISIÓN CULTURAL a la que nos mandó el Partido, y el viaje fue un exceso de errores y mala suerte y Olecram se puso sentimental y se volvió a Chile (luego de cumplir muy a medias nuestra misión de regalarle al Partido Hermano unos grabados de ¿Balmes? y/o ¿Gracia Barrios?) porque echaba de menos a la Tere y al Diego Y YO DANDO VUELTAS solo por Bayres vi de nuevo el bello barrio e imaginaba a Gato Barbieri chico y olor a chocolate y naranjas y barras de futbol repletas de inmigrantes.
Y cuando venía a Yungay desde Valdovinos a ver a mi mamá y a mi hermano también veía el bello barrio, pero, TAMBIÉN lo veía, no es que VINIERA al bello barrio por que el bello barrio anida en uno, si uno así lo quiere, y si no lo quiere, uno lo expulsa de sí y puede de a poco transformar algo bello en algo horrorosamente feo. El bello barrio es metafísico, no está y está y por lo tanto también es dialéctico.
Hubo un tiempo que la esquina de Catedral y García Reyes fue la favorita de mi familia porque en la esquina nororiente hubo una fuente de soda que tenía los completos más ricos a seis cuadras a la redonda. Era la esquina del “Santa Julia”, y el maestro de cocina era un caballero muy afeminado que cuando me veía a mis impacientes quince años esperar mi completo me preguntaba con una sonrisa mordida y coqueta “¿Mostaza el joven? ¿Es mostazero el jóven?.
En la esquina norponiente de Catedral y García Reyes tengo entendido que a comienzos de siglo estaba el Emporio Rossetti donde se cuenta que fue uno de los últimos lugares donde se realizaban tertulias, o sea conversaciones entre personas importantes que charlaban sobre política, arte, cultura, los precios de las acciones en la bolsa y un cuantohay. Se dice que participaban políticos, escritores, hombres de negocios, militares, curas, etc. ¿Participaban mujeres? Lo ignoro. ¿Participaban obreros, jornaleros, zapateros? También lo ignoro. Y en ambos casos, lo dudo. Así como tampoco creo que hayan participado personas menores de treinta años. Había en este país un cierto orden que muchos y muchas, añoran.
En la esquina suroriente de Catedral y García Reyes hay un conjunto de edificios de tres o cuatro pisos, con espacio para jardines internos y parece ser, por lo que me han contado, que sus departamentos son antiguos y hechos a escala humana, y no a escala sardina, con cálidos pisos de parquet de madera-madera, con anchos ventanales, espaciosos y bien ventilados baños, amplias y acogedoras cocinas.
En la esquina surponiente de Catedral y García Reyes hay un mini peladero mezcal de barro en invierno, tierra suelta en verano, con un basural que cruza la vereda y lo invade. Hace menos de 48 horas en ese sitio quemaron vivo a un hombre. Él dormía en ese espacio de basura y tierra, era “una persona en situación de calle”, como hoy se dice eufemísticamente. Veo la fotografía que me hace llegar mi vecino Mauricio Díaz Tapia, LO VEO Y CREO RECONOCERLO.
Ante la noticia del Canal 13, el canal de los Luksic “FAMILIA EN SITUACIÓN DE MULTI MILLONARIOS” quienes titulan: ”Murió hombre en situación de calle que fue quemado vivo en el barrio Yungay a tres cuadras del Presidente”, mi vecino Mauricio Díaz Tapia escribe: “ Ese hombre era “El Jano”, un vecino en condición de calle. En los tiempos de la rebelión popular de 2019, fue conocido y apreciado por quienes participamos en la Asamblea de Yungay. Incluso expresó ciertas demandas de él y sus amigos en condición de calle. Es una noticia muy triste para los que lo conocimos, no merecía encontrarse con la muerte de una manera tan cruel y relámpago. Que descanse en paz”.
Para que existan personas en situación de calle que mueren quemadas a tres cuadras de la casa del Presidente.
Para que existan canales de televisión en situación de estar en manos de personas en situación de ser multimillonarios y en cuyo canal donde según se puede deducir del titular lo importante no es la muerte horrorosa de un ser humano quemado, sino que esto ocurra ¡A TRES CUADRAS DE LA CASA DEL PRESIDENTE! y ojalá esa muerte hubiese acontecido a ochocientas mil cuadras de tan alto dignatario, para no tener que mezclar tan fea noticia con el oro obtenido en París.
Para que el HORROROSO FEO BARRIO siga existiendo OLVÍDATE de lo que he escrito o de las relaciones que puedan haber en estas ideas.
Para que EL HORROROSO FEO BARRIO deje de existir y anidemos de nuevo EL BELLO BARRIO en nosotros, en nuestras acciones y amores, date el tiempo y relaciona las grandes fortunas con la miseria de nuestro pueblo. Relaciona las tertulias del Emporio Rossetti de hace 100 años con las tertulias del emporio televisivo evasivo y elitista de los canales de la televisión chilena de hoy como altoparlantes de los multimillonarios. Relaciona la mirada amorosa de “El Jano” con la necesidad de cambiar el estado de cosas. O si no tú también estarás arrojando el fósforo que lo quemó. Mira su fotografía. Solo e
