por Juan García Brun
De niño conocí, en los 70, dos formas radicalmente diferentes de destrucción. Una provenía del movimiento ciego de la naturaleza, el terremoto de Valdivia de 1960; la otra, de hombres organizados, instituciones, clases sociales, armas, intereses materiales y voluntad política en 1973. Tal vez por eso la ruina nunca me ha parecido simplemente una cosa vieja. Es, antes que nada, una pregunta. La pregunta podría formularse de esta manera: ¿en qué momento un montón de piedras deja de ser basura y comienza a ser cultura? La diferencia no reside estrictamente en el objeto. Una pared derrumbada puede ser retirada por una retroexcavadora como escombro o puede ser rodeada por una verja, iluminada, estudiada, fotografiada y declarada patrimonio de la humanidad. Entre ambas posibilidades media una operación social. La ruina no existe plenamente en el instante de la destrucción: aparece cuando una comunidad decide que algo de aquello que ha dejado de servir debe, precisamente por haber dejado de servir, permanecer. Alain Schnapp ha mostrado que incluso la palabra griega asociada a la ruina, ereipia, remitía originalmente al acto de derribar y hacer caer; para los grandes trágicos, Troya incendiada era todavía fundamentalmente devastación. La nostalgia cultural por las ruinas adquirirá mucha mayor densidad posteriormente, particularmente en la literatura latina. Georg Simmel llevaría siglos después esta intuición hacia una definición estética: la ruina aparece allí donde la obra arrancada por el hombre a la naturaleza comienza a ser recuperada por ella. La vegetación invade el muro, la humedad come la piedra, la gravedad termina lo que el constructor había combatido. Pero esa dialéctica entre naturaleza y trabajo humano no basta: es necesaria una mirada capaz de reconocer en aquella derrota material una forma.