Cuento de Juan García Brun: «Galerías»

Estoy casi seguro que David Lynch dijo en una entrevista que querer volver a ver una película —él pensaba en Sunset Boulevard— es querer regresar a un mundo maravilloso que nos ofrece algo que hemos perdido. En mi caso esa película es «Hannibal», la segunda parte del «Silencio de los inocentes» que trata sobre ese irresistible y refinado caníbal serial, Hannibal Lecter. He perdido la cuenta de las veces que he visto esa película. Desde la primera —solo en un cine de Viña del Mar, al que llegué triste y aproblemado— la narración ha operado como una suerte de ordalía que ha terminado por transformar mi percepción del mundo.

En la presentación —no puedo creer que no la hayas visto— mientras se devela el rostro del protagonista insinuado con palomas, se escucha el Aria 1 de Las Variaciones Goldberg interpretada por Glenn Gould, que catorce años después supe quién interpretaba, porque a la producción de Ridley Scott le pareció que no era necesario consignarlo en los créditos. Esta elegante escena inaugural —la presentación, título y créditos para mi son una escena de la película— anticipa que lo que veremos no tiene nada que ver con la primera película de la saga dirigida por Jonathan Demme, cuya rústica presentación consigna un oscuro paisaje boscoso sobre el que caen unas gruesas letras negras, de claro e inequívoco talante policial. Scott nos está diciendo que la historia policial que veremos es una excusa y que la grabación que oímos —en la que se oye una conversación de Hannibal (Anthony Hopkins) y Clarice (Julianne Moore)— acompañado por las deliciosas notas de Gould, es verdaderamente el centro de todo.

Escúchame, «Hannibal» no es sino en apariencia una historia policial de suspenso. De contenido, es una de las mayores historias de amor del cine contemporáneo. Las cartas perfumadas; las copas de champaña; los zapatos de regalo; la caricia en el carrusel; el rescate de la porqueriza; el despertar con un vestido nuevo; la cena infernal con Paul Klender (Ray Liotta), son retazos que permiten entender la sublime escena del refrigerador, aquella en la que Hannibal aprisiona el moño de Clarice con la puerta de un refrigerador antiguo diciéndole: «He atravesado el mundo sólo para verte correr. ¿Cuándo me vas a pedir que pare?, ¿Si me amas, para?». Ella responde: «Jamás» y llora. Después del beso unilateral –pero no forzado– ella lo esposa, en minutos llegará la policía y es él quien debe tomar una decisión drástica. La cámara muestra la delicada muñeca de Clarice y a Lecter alzando un cuchillo carnicero y diciendo: «esto va a doler». Solo cuando vemos a Clarice recorriendo sin mayor esmero la búsqueda de Hannibal, podemos ver que tiene sus dos manos. Solo ahí entendemos que el bestial amante fue capaz de amputarse para seguir huyendo en ese jamás que es el amor.

Hay otras oportunidades en las que ingreso al mundo de «Hannibal» y me concentro en las historias secundarias. La narcotraficante que es muy entretenida, también la de Mason Verger, sobre todo esa referencia al sonido del Mustang. El dolor aparece en ese mundo enteramente justificado, restableciendo un equilibrio y delineando los campos en lucha, que son en definitiva, de clase. También esta Rinaldo Pazzi (Giancarlo Gianini), que más que una historia secundaria, es el reverso de la historia principal. En ella el amante que no está dispuesto a sufrir, recibe un castigo horroroso al que remite el soneto de Dante: «he hecho de mi casa un patíbulo».

Te hago referencia a esta película y a Lynch, porque sin el cine de Lynch, sin la poesía y sin el rock, no habría podido sobrevivir a la horrorosa década de los 90. Parece grandilocuente —lo es— pero es verdad. Porque gracias a esas herramientas pude construir mi mundo y no me equivoqué, en ese aspecto es el único quizá en que no me equivoqué. En otro tiempo fui un muchacho pedante y autosuficiente, callado, solitario y monotemático. Leía harto —no tanto— y soñaba más . Escuchaba rock. Pude haber muerto y de suerte no me pasó gran cosa. Ahora debo decirte que en general duermo. Otras veces se abren esas puertas de las que te hablo, tras ellas no hay fuego, no hay ruido, no hay siquiera objetos. Es una galería interminable, sucia , parecen unas bodegas que vi en Estación Central, llegando de madrugada en bus desde el sur. Pero no son esas. En estas bodegas no hay productos, en realidad estas bodegas más bien deben ser consideradas laberintos, en ellos hay restos de algo desmantelado e interminable, la iluminación es de luces fluorescentes. El único sonido que puedes escuchar es el de las puertas de mala calidad que abro, los pisos con esos cubre pisos que parecen fieltro y esos baños privados desarmados, sucios y cubiertos de vinílico. Si lo piensas bien hay un zumbido de estática. Hay escaleras clausuradas, baños públicos sellados con latón y la poca agua que hay y que si por desesperación debo beber, está dulcemente contaminada.

Para llegar al mundo de las películas tengo que partir de mi realidad, no de la apariencia y lo que hay en el fondo —esto lo descubrí hace un par de semanas— son estas galerías. He logrado ingresar varias veces y resulta sorprendente que nadie haya ingresado antes. Te digo cómo lo descubrí: había perdido mi reloj y con una inexplicable voluntad había pasado varios días buscándolo en las calles que circundan el Terminal Sur. No me sé muy bien los nombres de las calles, hay una que es Coronel Souper y ahí busqué bastante. Los dominicanos del sector se reían de mí, me veían como un loco, revisando la basura, las ventanas de las casas y los portones. Fue a mediados de febrero que encontré mi reloj. Logré verlo brillando en la mañana en una farmacia abandonada. Como pude, logré empujar la puerta e ingresé. Recogí mi reloj y me lo puse, estaba andando y supuse que marcaba la hora correcta. Entonces, al mirar hacia el fondo de un pasillo vi una puerta entreabierta desde la que se podía observar una luz de irregular intermitencia. Esa primera vez me limité a mirar hacia adentro, era una escalera amarilla que descendía unos tres metros. Preferí cerrar para volver con más tiempo, era tarde y mi mamá podría asustarse si me atrasaba.

Dejé pasar quince días y volví. Durante esos días me puse a fumar, no mucho: unos tres o cuatro cigarrillos de noche, en el balcón cuando mi mamá ya estaba dormida. Alguna de esas veces fumaba escuchando con audífonos el «Face Value» de Phil Collins. Después, en la mañana me dolía la cabeza y no podía salir a trabajar. Pero volví, como te decía un día domingo en la tarde. Volví y recorrí los laberintos por horas. Monótonas secuencias de pasillos, oficinas, salas de espera, salas de reuniones y muchos pasillos en diversas direcciones. El material de la construcción —me refiero a lo edificado, porque la estructura gruesa es de concreto— es liviano, placas que con la humedad se han ido deformando y tomando un color mostaza suave. Salvo algunas pequeñas arañas en el lugar no he visto ningún ser vivo, ni humano ni no humano. Pero hubo personas en el lugar, personas que desmantelaron todo. Hay una pared que descubrí otro domingo —cuando fui a mediodía— en la que se puede leer muy atenuado la frase «VIAJES A L MONTAN-.. 0000». En otras zonas pareciera —por el tipo de suciedad— que hubo instaladas ahí unas máquinas freidoras. Las galerías se extienden por kilómetros, la única diferencia es la mugre en las paredes y un cierto tipo aserrín del que se usa en los circos.

Sé que no me vas a acompañar. Tendrías que pedir licencia o tus vacaciones y aún así sería complicado, pero yo tengo que internarme en las galerías. Lo he conversado con una prima, la Marta, para que se haga cargo de mi mamá. Se lo voy a pagar, por supuesto. Tengo preparada mi ropa, linterna, cortaplumas, cocaví, termo: todo. Voy a descubrir qué es lo que hay en esa estructura, qué es lo que hay más allá de todas esas puertas. De todos modos llevaré una medalla de la Virgen. Lynch decía que cuando queríamos volver a ver una película era ese mundo narrado el que nos llamaba con algo perdido. Te puedo decir que la razón por la que he vuelto una y otra vez a estas galerías y aquella por la que haré esta excursión definitiva, no es para encontrar algo perdido. Primero porque esto no es una película; segundo, porque debo aceptar que es posible que me pierda en estos laberintos en los que nadie parece reparar; tercero, porque de sed no voy a morir porque hay agua en las instalaciones, contaminada pero bebible; cuarto, porque solo en un lugar espectral, un lugar que es siempre desconocido, podré descubrir el amor.

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