Narración de Juan García Brun: «1968»

Dejo marcas en el lugar, aunque la oscuridad me impide verificar si serán visibles más tarde. 

Lo último que recuerdo es que me hablabas desde la despensa y las flamas de la cocina proyectaban sombras sobre la pared. Yo estaba sentado dando la espalda a la ventana y al pasaje empedrado que terminaba cayendo en el río. No había electricidad. Era de noche y los gansos de la litografía del calendario parecían amenazantes y móviles. Sobre la cocina había ropa secándose. Me hablabas de tus primeras impresiones de la Revolución Cubana y del Reporter Esso. El piso y las paredes eran de madera. El cielo raso muy bajo. La radio a pilas estaba prendida a un volumen casi inaudible y parecía escucharse «Feliz Navidad» de José Feliciano. A mi derecha una pequeña ventana en parte vidriada y en parte de hojalata, dejaba pasar el perfil sacudido de las hojas de los ciruelos. Recuerdo que me contabas que en esa época todos eran democratacristianos. Debo haberme puesto de pie y me acerqué al calendario para ver con claridad la imagen de los gansos. El grabado representaba una escena campestre europea del siglo XIX: cuatro niños rubios, descalzos, remaban en un río y parecían asustados por una acechante parvada de gansos. Llovía intensamente. Me pediste que viera el fuego y la olla. 

Fue la última vez que escuché tu voz. 

Ahora escucho pasos determinados arriba de donde me encuentro. El lugar parece una bodega y por el eco bien puede ser un galpón de materiales para la construcción. Mi visión comienza a acostumbrarse a la penumbra: el lugar es en realidad un invernadero interminable de tulipanes que crecen en la oscuridad y el frío. Desde las cerchas cuelgan canastos, trenzas de muérdago y cintas con motivos religiosos. Trato de acercarme a lo que parece el portón de salida. Por los intersticios puedo ver un patio de ripio apisonado y una camioneta en cuyo motivo puede leerse con letras góticas: «Jardinería Maullín». Alguien —a quien desconozco— abre lo que parece una escotilla y me dirije una mirada mientras sigue hablando con un walkie talkie. «Despertó» parece decirle, «¿Qué hacemos?»