Cuento de Juan García Brun: «Colegaro»

Nolan Colegaro, 45 años, paulista, arquitecto, avecindado desde 1991 en el Soho de Nueva York,  toma un taxi y se dirige al aeropuerto. Se va de vacaciones solo. Su mujer, Aparecida Texeira, también arquitecta y sorprendentemente parecida a Sonia Braga –claro que veinte años más joven- se quedará este invierno en EEUU y es probable que acepte una invitación para ir a pasar la segunda semana de enero a Nueva Inglaterra. Se irá con su amiga Nancy que tiene, también, un sorprendente parecido con Francis McDormand.

            Nolan sube al avión y no piensa en nada. Piensa vagamente en Santiago de Chile, en la cabaña de Algarrobo que lo espera. Durante el viaje se dedica a observar a las azafatas. Algunas de ellas le resultan especialmente atractivas, como son en general las de clase ejecutiva, sin embargo ninguna de ellas baja de los 50 años. Nolan pensó que el sindicato de azafatas –o la organización que fuere- de Lufthansa debía ser muy poderoso para imponerle a la compañía que esos vejestorios siguieran trabajando.

            Unos asientos más adelante creyó reconocer al escritor chileno Antonio Skármeta, el de “Il Postino”. Se dio cuenta de que Skármeta se había sacado los zapatos. Un rato más tarde se sacó los calcetines. A Nolan este último acto le pareció excesivo y le dio asco. Con esta sensación de fetidez Nolan se duerme y sueña: “Una noche de aquellas, soñé con una casa oscura, fresca, llena de plantas. Mientras caminaba por ella sentía que en ese lugar había hecho el amor muchísimo, lo que me había dado mucha sed y me impulsaba a encontrar el refrigerador. Caminaba largamente por esa casa y no encontraba el refrigerador, tomaba agua de la llave y al mirar por la ventana, bajo un parrón estabas tú conversando con un tipo que parecía cartero o bien un vendedor de plantas. No me pareció bien, que estuvieras tan así, digamos expuesta, sólo con solera hablando con ese extraño, extraño para mí quiero decir, porque te veías muy entretenida. Yo leía, me tomabas los hombros y hacías como que cantabas. Estabas durmiendo y repentinamente estabas despierta, como que se hubieran perdido algunos centímetros de una antigua película que a mí sólo me provocaba dolor. Eras tú Aparecida, y era mucha la sed”.

            Nolan despierta con el olor del café y con mucha sed. Rápidamente mira en dirección a Skármeta, con irreprimible ansia de saber si se había o no puesto al menos los calcetines. Skármeta no estaba y esto lo divirtió pues pensó que se había caído del avión. Tomó su desayuno, y estaba en su segundo café y vio al escritor de pie junto a la puerta del baño. Le volvió a dar asco.

            Después de hacer Policía Internacional, arrendó un auto y salió rápidamente del aeropuerto. A estas alturas tenía miedo de volver a ver a Skármeta. 

            A pesar de ser verano, Nolan sintió algo de frío y apagó el aire acondicionado. Al llegar a la ruta 68 hacia el litoral, se detuvo para escoger el disco que pondría. Buscó en su mochila de cuero de sebú que había comprado en Selva Preta, Campinas, hace más de 25 años. Mientras buscaba los discos, por una fracción se segundo sintió que el cuero de su mochila estaba teñida con la arcilla anaranjada de la Campinas en que creció. Recordó Barao Geraldo y la avenida Marechal do Farías donde conoció a sus amigos chilenos.

            Se concentró en los discos: Jaco Pastorious, Bartok (Microcosmos), Gismonti, Lins, Os Mutantes, Keith Jarret (en Colonia), Los Jaivas, etc. Se decidió –con un dejo de vergüenza- por Electric Light Orchestra, para colmo una recopilación. Puso el disco y mientras los primeros acordes del piano de “Evil Woman” llenaban el ambiente, hizo partir el auto y aceleró rumbo a la costa.

            Llegó al pueblito  que le pareció un poco más grande que los que recordaba en Angra do Reis y más pobre que los de la Costa Brava catalana. Fue a buscar las llaves y se las entregaron casi sin mirarlo, una chica de no más de 12 años al verlo llegar se dio cuenta que era “el brasileño” que esperaba. Le entregó las llaves y un sobre con una nota de bienvenida y un mapa.

            La noche cálida de aquél verano traía muy a lo lejos sólo la introducción de “Pregón para iluminarse”, de Los Jaivas. El lamento de la flauta dulce se extendía y no lograba seguir el resto de la armonía. En un momento pensó que era un joven, un adolescente conmovido por esa noche estrellada que ensayaba el tema una, dos, muchas veces. Pero no, la fidelidad del registro obligaba a concluir que se trataba del tema original y que por algún momento alguien -muy lejos- había decidido escucharlo muchas veces como en trance. Quiso dormir.

            Prefirió salir a la terraza y fumar, los árboles del bosque traían imperceptiblemente el aroma salino de la costa y un crujido tenue, como el que hacen los pinos altos cuando hay viento. Pensó en la película el Siniestro de Derrikson . Pensó en Charles Manson y en la lluvia que le congeló los huesos una tarde y le obligó a ver Ronin en Quito, Ecuador, en un cine de la Avenida 12 de Agosto. Cuando estrujaba su camisa y seguía las maravillas de ese falso grupo del IRA. Sintió ese frío acercarse por la espalda. Creyó ver a Aparecida con un vaso de agua, con la misma solera con la que la conoció. Sólo que de esta noche no podía salir y afuera , muy lejos se escuchaba ahora “La poderosa muerte”. 

            María Aparecida Texeira, en una cabaña del norte de Nueva Inglaterra, con un whisky entre las rodillas escuchaba a su amiga Nancy Campbell. 

            Era tarde, de noche, es lo único que sabía. Nancy le contaba que había estado –durante las vacaciones de verano- sola toda la semana, y sus amigos y familiares habían encontrado la excusa para no ir a pasar unos días con ella a la playa. Se había gastado el sueldo del mes en arrendar esa cabaña por cinco días, cabaña en la que no había podido dormir y en la que lo único que escuchaba por las noches era una pareja que hacía el amor con estruendo en una carpa hecha en la playa del frente. 

            Al volver a la oficina debería proseguir una sorda lucha con su supervisor que lo único que quería era verla de patas en la calle. Por un momento imaginó la vida de sus vecinos ocasionales: un matrimonio “joven” con un niño de unos siete años y la “amiga” con su hija. Salían temprano a recorrer los roqueríos y los extremos de la playa, a mediodía preparaban unos pollos, hacían asados, y él fumaba todo el día y escuchaba un viejo disco de Rod Stewart. Los niños jugaban opcionalmente a las muñecas y a tirar mugre al patio de la cabaña donde ella estaba. Un par de veces los dejó pasar a buscar una pelota. 

            Nancy se había quedado sola en ese extraño recodo de la vida que son los treinta años. Expulsada recientemente de la juventud, cuando la soltería o la separación se consolidaron como soledad, y cuando definitivamente ha empezado a tomarle el pulso a ciertas cosas como las hipotecas, las deudas, las amistades por compromiso. En resumen, cuando los fracasos comienzan a extender su sombrío foco sobre todo. Presa fácil de la histeria es difícil dejar de sentirse interpretada por las revistas para mujeres Vanity, Vogue, ¿Cosmopolitan?. La vejez de una mujer sola debe ser la experiencia más miserable de la humanidad. 

            -Una mula hedionda, seca, desesperada por afirmar algo que hace mucho tiempo se perdió- dijo Nancy y se sacó la polera quedando sus pechos planos expuestos a la luz de las velas. Aparecida –de espaldas- vio a su amiga semidesnuda, por el reflejo del ventanal, sobre el lago que se transformaba en una mancha gigante.  

            -Una vez caminaba por la playa con mi novio, Winston Trent Dudlegham- insistió Nancy remarcando el apellido con sorna- jugábamos a las palabras redobladas, sacábamos algas- Nancy comenzó a ordenar su polera como para ponerla en un cajón- yo quería que me presentara a sus padres y él siempre encontraba una excusa para evitarlo. Esa noche comencé a golpearlo con un teléfono, luego con un control remoto, lo golpeé hasta que me tomó del cuello y me dijo: “no vuelvas a golpearme puta de mierda”. Eran los mismos ojos con los que decía amarme, con la misma mirada prometió matarme la próxima vez que le golpeara. Volví a golpearlo, no lo vi más. Aún guardo alguna ropa de él: una toalla blanca, unos pantalones  grises, un aborto, una medalla del Sagrado Corazón de Jesús-.

            Después de esa confesión Nancy le dijo a Aparecida que -volviendo a su temporada junto al matrimonio de la carpa- una vez era tarde, muy de noche. No le quedaba otra cosa que escuchar el rugido del mar y en un rato más, a su pareja de vecinos. El mar golpeó con fuerza, como siempre, pero un viento casi helado y fresco le hizo dormir en la tumbona, tapada por una revista de diseño. 

            Luego las cosas se le volvieron más confusas, al parecer vio al vecino salir de la carpa  a fumar, con un vaso plástico en la mano. Sacó unas muñecas que había sobre una heladera. Detrás de él se veían, cree haberlas visto, las siluetas de las mujeres (su mujer y la “amiga”) conversando a oscuras. Una de ellas estaba vestida con una solera clara, la otra le dio la impresión de que estaba desnuda. Cree haber visto sus pechos muy cerca de la ventana de la carpa en algún momento. 

            Nancy hizo una pausa y volvió a llenar su vaso con whisky como repasando las últimas imágenes con los labios. Aparecida estaba hipnotizada por el relato y la desnudez de Nancy.

            El vecino parecía escuchar algo a la distancia. Nancy podría jurar que paraba las orejas, como un perro, con gran concentración y estaba segura que escuchaba algo que no era el mar. Las mujeres parecían observarlo, parecían abrazarse. Una de ellas portando algo así como un cuchillo, un fierro de barbacoa o una sierra, sigilosamente salió de la carpa. La mujer parecía haberse teñido el pelo de rubio o bien usaba una toalla como turbante, o bien efectivamente era rubia y Nancy no se había fijado. Puede ser. El hombre de espaldas seguía escuchando el mar, embriagado por el mar. 

            Entonces volvió a dormirse. Al despertar, puede haber pasado un par de horas o de minutos. La escena era la misma. El hombre con su vaso  plástico paralizado por su audición, la mujer de la toalla agazapada con su cuchillo, sólo que la mujer desnuda que se había quedado en la carpa tras la ventana había desaparecido. 

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