por Alejandro Valenzuela Torres
El discurso de Javier Milei en Santiago —y su posterior «cadena nacional» en Buenos Aires— tuvo la virtud involuntaria de desnudar el contenido político del Foro Madrid con una claridad que sus organizadores probablemente hubieran preferido evitar. Detrás de la escenografía de una supuesta “batalla cultural”, de las invocaciones rituales a la libertad, de las diatribas contra el socialismo y de una retórica deliberadamente estridente que pretende presentar como insurgentes a quienes gobiernan Estados, disponen de policías, administran presupuestos y cuentan con el respaldo de importantes fracciones del gran capital, apareció una cuestión bastante más concreta: la tentativa de reorganizar políticamente América Latina como espacio estratégico de la renovada hegemonía norteamericana bajo Donald Trump. En este sentido, Milei no fue simplemente uno de los participantes más notorios del encuentro. Fue su línea gravitacional, porque llevó hasta sus últimas consecuencias aquello que los demás concurrentes expresaron de manera más cautelosa: la transformación de los gobiernos latinoamericanos afines en auxiliares políticos, económicos y eventualmente militares de Washington en el nuevo escenario de disputa mundial.