El Golpe de Semana Santa

por Juan García Brun

La instauración de un nuevo régimen jamás es el resultado de un acto institucional. Es la lucha de clases la que establece nuevas relaciones en la sociedad y las proyecta invariablemente como algo nuevo y definitivo. Por lo mismo, el reclamo institucional es posterior a aquello —que ocurre en la base de la sociedad— y se proclama en demanda de legitimidad, democracia, Constitución, la patria y otras lindezas.

Por otro lado, es un hecho histórico que el advenimiento del fascismo es precedido invariablemente por la frustración de una revolución.

En nuestro caso chileno, el proceso revolucionario abierto en Octubre del 19 se vio frustrado por la ausencia de una dirección política propia, de clase, cuestión que permitió al Acuerdo por la Paz de Noviembre erigirse como contención del movimiento social de masas, reconducir la crisis al cauce electoral, propiciar «nuevos» referentes como la circense «Lista del Pueblo» y en definitiva derrotar el levantamiento popular.

Como en el fútbol —donde los goles que se pierden en un lado, se hacen en el otro— desde el 27 de marzo asistimos a un golpe blanco, institucional, que imagino los comentaristas historiadores, periodistas, etc, ingeniosos, denominarán «el Golpe de Semana Santa».

Este Golpe no solo tuvo lugar en el Congreso —donde se aprobaron un conjunto de leyes represivas violatorias de los DDHH— sino que también en las calles en donde la burguesía logró movilizar a su gente convocándola a abrazar a los policías, a levantar las banderas de la Junta Militar del 73, a cantar «Los valientes soldados» y a proclamar el anticomunismo y hasta el racismo a voz en cuello.

El Mercurio de hoy domingo debe ser guardado como un vestigio histórico de este hecho. Probados intelectuales del régimen como Dittborn, Warnken, Peña etc. salieron desde sus aposentos a proclamar la irreversible derrota del Octubre chileno, a ensalzar las virtudes cívicas y poéticas de la policía que nos protege, advirtiéndonos que nunca más debemos osar alzarnos en contra del orden establecido. Peña —creo que es él— indica en un destello de éxtasis jurídico que antes que la justicia está el orden. El orden y la paz de los cementerios.

Una periodista fue censurada por un oficial de carabineros por haberse referido al asesinado carabinero Daniel Palma como «paco». Inicialmente creí que había sido el General Yáñez el censor, pero no, no fue así, fue un simple Coronel de apellido Chaván quien deliberó de esta forma, dando una orden que solícitamente ejecutó Megavisión que procedió a despedir a la periodista.

Esto que estamos viviendo es un Golpe de Estado —por supuesto distinto del de septiembre de 73— pero cuyo contenido reaccionario es el mismo: aplastar todo intento de resistencia popular a la crisis, al hambre y a la miseria. En eso terminó Boric.

Imagino que la TV este fin de semana transmitió rigurosamente el «Jesús de Nazaret» de Zefirelli. Una curiosa historia en la que con la excusa de narrar la pasión de Jesucristo se describe la dimensión política de una tragedia atiborrada de psicópatas, psicóticos, delincuentes, mercenarios, déspotas y narcisistas delirantes. La historia bien podría llamarse «Una temporada en el infierno» y aquello que despunta en nuestro horizonte, también.

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