Cuento de Juan García Brun: «Fotografía de 1976»

Alguien sacó la fotografía de mi escritorio, una fotografía del verano de 1976. En ella salimos sonrientes mi hermana y yo, de 7 y 3 años respectivamente. Ella va de trenzas y con una jardinera que recuerdo de un intenso y brillante material café. Por mi parte voy con una polera a rayas, bluyines pata de elefante y unas zapatillas «North Star«. Sonreímos intensamente, alzando levemente la barbilla yo y mi hermana un poco distraída aparece con la cabeza levemente inclinada. Estamos apoyados en la parte posterior de la citroneta que teníamos, una 2CV del año 68, celeste y de maletero recto. En el fondo del paisaje se puede ver el acceso a un botadero de lanchas en el ancho tramo del naciente río Valdivia, aquél sector en que el Calle-Calle se separa en el Cau-Cau y pasa precisamente a llamarse Valdivia. Se ven los árboles de la Isla Teja en el sector del Jardín Botánico de la Universidad Austral. Todo lo narrado está en blanco y negro, la imagen tiene la escasa nitidez de la máquina portátil de cajón —de un cartón negro— con que fue sacada.

Del otro lado estaban nuestros padres, los Brun, vestidos para lo que recuerdo un domingo plácido. Mi madre de gafas y con el pelo afro a lo Angela Davis sacando la foto, mi padre muy peinado, de bigotes y con unos lentes cuadrados de marco grueso. Puedo verlos muy delgados, juveniles y sonrientes enmarcados en mi memoria tautológica por el Puente Pedro de Valdivia, el Hotel Pedro de Valdivia y el centro de la ciudad del mismo nombre. En esa ciudad en general llueve, invierno o verano llueve y se trata de una lluvia fría y feroz que amenaza con disolverlo todo, con arrasar con todo, una lluvia intransitable que castiga las calles a las que inunda, a las casas que gotean y se hielan y a los árboles que se retuercen humillados en las veredas y en los bosques que cercan la ciudad, en las montañas y en los bajos inundados por ríos subterráneos. Una ciudad marcada por feroces cicatrices y ruinas, que en barrios como Collico alcanzaba aires espectrales de guerra, con temibles edificios inundados por el río y una mínima estación de trenes. Lo que no estaba inundado, bien se había incendiado o se había derrumbado. Las pocas construcciones modernas —como las de la universidad— tenían el aire precario de las aldeas para ensayos nucleares. Alejándose del río se extendían por las pampas, poblaciones inconclusas que limitaban abrupta y pobremente con los bosques.

Si bien es cierto los días domingo el Orfeón de Carabineros interpretaba marchas, polcas y versiones en bronce de tonadas folclóricas y aún de música yeyé, no se imagine que se trataba de una pintoresca aldea como las que poetiza Jorge Teillier con melancolía. No, no señor. Valdivia era una pequeña ciudad, pero ante todo era el escenario de una batalla concluida, un teatro de operaciones. En la memoria de Teillier podemos percibir nítidamente el anhelo melancólico de lo perdido, algo que resulta reconocible en el molino abandonado, en el espejo polvoriento o el lento rumor de los remos en el agua. Valdivia en esa época era todo lo contrario, era todo ferocidad y distopía. Si el Lautaro de Teillier era «Los años dorados«, Valdivia era «Godzilla«, un lugar imposible para la vida humana, habitado por una población traumatizada que se aferraba a la ambigua belleza del río y al perfil de las casas alemanas al atardecer.

De lunes a viernes, en el único canal de televisión —el Nacional— a las cuatro de la tarde daban «El hombre nuclear» (título original «Six million dollars man«), una serie que narra las aventuras de Steve Austin, un astronauta que luego de perder en un accidente el ojo izquierdo, el brazo derecho y ambas piernas, resulta potenciado por ortopedia cibernética que lo transforma en un súper hombre con visión telescópica, la fuerza de una maquinaria pesada y la velocidad de un auto de carreras. Desde 1973 —tengo certeza en la fecha porque en la foto de mi diploma de egreso del jardín infantil aparezco achicando el ojo izquierdo al igual que Austin— y hasta bien avanzados los 70, la serie no solo me entretuvo, también me exorcizó.

El diálogo de la presentación del programa, interrumpido torpemente por la narración superpuesta de los nombres de los actores, es un lema de aquél período: —¿Los instrumentos están en orden, cambio? ; — Los instrumentos están en orden Control, cambio; —(inaudible), cambio?; —Enterado Control, cambio; —Posición y velocidad normales, cambio; — Aumentaré aceleración a match 3, cambio, Control de tierra tengo problemas (alterado) no responden los mandos… Luego se puede ver la nave del protagonista estrellarse en una pista de aterrizaje, hecho que siempre me intrigó porque si iba a tres veces la velocidad del sonido, por qué cae en una pista de aterrizaje. Misterio. Luego viene una descripción canónica: Steve Austin, astronauta, su vida está en peligro, lo reconstruiremos, poseemos la tecnología para convertirlo en un organismo cibernético poderoso, superdotado. Luego de eso la música de Oliver Nelson, una vigorosa linea de bronces acompañada con timbres digitales, rubricaba majestuosamente el mensaje.

No recuerdo más que la sensación de los episodios de la serie. Permanecen en mi memoria los que creo fueron los únicos capítulos dobles: el de «Coloso«, en el que Steve enfrenta a un mega computador tributario del protagonista de «2001: Odisea del espacio«; y aquél en el que el hombre nuclear enfrenta Sasquatch, muy por lejos lo mejor de la serie. Ese capítulo lo vi sentado en el suelo, posternado y extático frente al televisor. Recuerdo perfectamente, eso sí, que mientras veía esos capítulos siempre llovía y aquello ocurría porque Steve Austin aunque había salvado de la muerte, se había transformado en un objeto insensible, cuyo único recurso era el de la fuerza.

La castración de mi héroe era algo ostensible y trágico. Tras él un agente de la CIA como Oscar Goldman, se permitía asignarle misiones, otorgarle mínimos apoyos logísticos, observar sus combates para luego felicitarlo. Goldman, de mayor estatura y elegancia que Austin, vestía siempre de terno, portaba un maletín y se paseaba enérgico, bronceado y de gafas fotocromáticas. La explotación llegó al extremo cuando aparece en la serie —se trata de una producción paralela pero la historia es la misma— Jaime Sommers, «La mujer biónica«, una bella profesora que pierde igualmente ambas piernas, brazo derecho y oído derecho en un accidente en paracaídas. En este caso el costo es clasificado y la intervención para transformarla en otro organismo cibernético es directamente autorizada por Oscar Goldman.

En mi opinión infantil, lo normal hubiese sido que Jaime Sommers terminara siendo la pareja no solo operativa, sino que romántica de Steve Austin. Sin embargo esto no ocurrió. Goldman se apodera de la Mujer Biónica y la hace su mujer. Con esto el ciclo abusivo se cierra y comienza a extenderse una sombra perversa sobre la historia del héroe. La interacción entre Jamie y Steve era una penosa representación de la ortopedia que conquista fortalezas operativas en detrimento de la dignidad y la sensibilidad. Fueron hechos superdotados, pero deshumanizados, transformados en piezas de un ciego e incomprensible plan del que solo era consciente Oscar Goldman. Posteriormente Jaime Sommers fue jurado del Festival de Viña del Mar y tengo la impresión que para esa época tenía como pareja a un chileno: Mao Rojas. En esa misma época Goldman ya había ascendido socialmente y se mostraba como un próspero empresario del petróleo como queda en evidencia en la serie Dinastía. De Steve Austin nunca volvimos a tener noticias, a nadie pareció importarle.

La fotografía en la que salimos mi hermana y yo, alguien (estoy pensando que algo) debe haberla sacado de mi escritorio. Era un maravilloso día de sol, junto al río en Valdivia, ese recuerdo nadie puede llevárselo. En sus calles curvas, muchas de ellas adoquinadas en esa época, caminaba la gente bajo la lluvia y eso probablemente en los mismos momentos en que fuimos fotografiados. Esta narración la hago casi 50 años después de los hechos, después de que posé para una fotografía anhelando ser un niño nuclear y no imaginaba siquiera que llegaría a ser un astronauta.

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