Crónica de Juan García Brun: «El desconocido Carnaval de los Faroles del Cerro Mariposas»

Valparaíso como toda antigua ciudad, es portadora de una vasta cultura popular, aquella conformada por hábitos, costumbres y ceremonias ejecutadas en la convicción de obedecer a un imperativo social. Hay algunas conocidas, como aquella que refiere a la recolección de monedas para rellenar un Judas para Semana Santa, el que es quemado en domingo de Resurrección. Otras infantiles y extintas, como el lanzarse en «chanchas» en las pronunciadas cuestas de los cerros. También están las comparsas de «chinos» para San Pedro. Viña del Mar tiene otras. No quiero seguir enumerando, la cantidad es importante como quiera que se trata de una ciudad cosmopolita por definición y de una gran presencia obrera.

Carnaval de los Faroles, 1963

Dentro de las ceremoniales, encuentra un lugar especial el llamado «Carnaval de los Faroles» del Cerro Mariposas. Su origen es remoto y disputado. Eugenio Carramiñana sostuvo —me lo dijo personalmente— que desde comienzos de los años 30 del siglo pasado se celebra este Carnaval la última semana de febrero. La fiesta se realiza silenciosamente por los vecinos quienes contribuyen a iluminar la parte alta del cerro —de Quiroga hacia arriba— con redes de ampolletas. En su época esto se hacía para mejorar el alumbrado público y luego por la simple preservación de la tradición. Los registros de la Junta de Vecinos del sector consignan a Nolberto Cevasco y Pedro Davies como los primeros impulsores de la medida.

Hay que decir que la aguda crisis social y política de la época, sumado a la epidemia de la Gripe Española, contribuyeron a hacer de esta celebración un acto de optimismo y de dignidad popular. Piero Castagneto consigna —comentando un trabajo de Rojas para una revista conmemorativa de la Escuela Naval— un documento que ilumina este asunto. Se trata ni más ni menos que del acta de acuerdo de la Junta de Vecinos N°1 del Cerro Mariposas celebrada un 20 de mayo de 1931 en el restaurant «Pompeya» ubicado en Avenida Alemania. En ella se puede leer con la ortografía y expresividad del castellano de la época: «El Sr. Cevasco informa a la honorable asamblea que de acuerdo a lo expresado por el Injeniero Pedro Davies, formado en la Escuela Industrial de esta ciudad, que es posible instalar una red superior de bujías eléctricas en el barrio tanto para festejar el fin del verano, mejorar la iluminación del sector y alejar con ello a maleantes y malentretenidos. Siendo viable técnicamente, es posible reunir los fondos para realizar esta actividad festiva de profundo y patriótico sentido popular».

Las imágenes que acompañan esta nota corresponden a fotografías que se encuentran en el archivo de la sede vecinal y permiten apreciar la belleza de esta casi centenaria tradición. Fotografías de una pulcra soledad confieren al lugar un aire solemne, espectral incógnito. En los 50 la campaña del General Ibáñez trató de apropiarse de esta actividad ligándola a la iconografía de «la escoba» sin resultados, la sorda resistencia de los vecinos hizo irrelevante este intento. Solo en 1974 este Carnaval se suspendió para proseguir impenitente hasta nuestros días.

Sin embargo, no puedo terminar esta columna aludiendo un hecho luctuoso que tuvo lugar el verano de 1942. Se trata de la desaparición del niño Jorge Palominos García. El niño vivía en la trastienda del restaurant Pompeya que ya hemos aludido. Jorgito era —como se decía en esa época— entenao de Mario Palominos, propietario y regente del lugar, un viudo que suplió sus precarias aptitudes parentales regalando al muchachito dos monos y un pingüino. El niño compartía con los animales y durante el día los sacaba de su habitación por la ventana por la que se accedía a una jaula de grandes magnitudes que ocupaba casi la totalidad del patio del caserón. Sobre la jaula se extendía una gigantesca higuera.

Jorge Palominos García, 1937

La extraña circunstancia hizo obviamente que se tejieran historias de diverso signo. Por supuesto, los gandules del lugar llamaban a Jorgito «El Mono» Palominos, hecho que al niño no afectaba mayormente ya que sumado a su deficiente escolaridad, sus relaciones eran principalmente con adultos, parroquianos del Pompeya. Lo concreto es que una noche de Carnaval, más precisamente un 27 de febrero de 1942, el pequeño desapareció. Esa noche la gente salía a conversar a la calle, algunos sacaban mesas, otros hacían música. La mayor parte bebía. Los niños —por supuesto— estaban autorizados para jugar hasta altas horas y a los que —siguiendo una tradición francesa— se les permitía beber vino moderadamente.

El hecho fue investigado por la policía y motivó una intensa búsqueda que fue alentada moderadamente por los diarios y la radio. El Cerro Mariposas no era precisamente un foco de atención para la prensa, atento a su modesta condición. Testigos consignaron haber visto al niño encumbrado, buscando a uno de sus monos en el techo de una casa —la topografía del lugar hace posible que cualquiera pueda subirse al techo de otra casa—; otros simplemente vieron al mono y trataron de alcanzarlo, otros le lanzaron piedras. Una mujer fue vista llevando un mono en brazos para luego subirse a un taxi frente al mismísimo restaurant Pompeya. Esta última versión aunque resulta esclarecedora del todo, resulta muy poco probable ya que nadie pudo corroborar la presencia de ningún taxi a esas horas siendo muy concurrido esa jornada.Además la hora de este último avistamiento es muy anterior a los múltiples testigos que vieron al pequeño Jorge encumbrado en ese techo.

El Cerro Mariposas prepara en estos días, como hace casi un siglo su Carnaval. No cuenta por supuesto —como siempre— con ningún apoyo municipal ni corporativo . Se trata de una emocionante gesta popular sostenida con la ilusión de iluminar la noche. Porque siempre el pueblo quiere conocer el lugar en el que se encuentra y destellar desde la perdida cumbre en que habite. Esto es muy porteño. Son solo muy pocos, muy pero muy pocos los que se alejan y se pierden —pero solo para para nosotros— buscando los monos.

(La fotografía de portada corresponde a la versión 2023 del Carnaval y fue tomada por el autor de esta nota)

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