Cuento de Juan García Brun: «Corruco y Colegaro»

Corruco encontró trabajo en una panadería en el Cerro Barón de Valparaíso. Se levantaba a las tres y media de la mañana, liaba un cigarrillo de tabaco negro y bajaba por el cerro viendo la bahía y escuchando las faenas portuarias. A él le correspondía encender los hornos y revisar los insumos.

            El trabajo y el pequeño grupo de operarios de la panadería fueron su hogar durante los últimos tres años. Se incorporó al Sindicato de Panificadores y su vida tomó un rumbo definido. Había dejado atrás su paso por Valdivia y olvidado completamente su experiencia en la librería de San Diego. Los fines de semana los pasaba en la sede del Sindicato jugando ajedrez y participando en torneos de pin-pon. El “Coño” era todo un ídolo para los niños a los que muchas veces apoyaba en sus tareas escolares.

            Las tardes de domingo se iba a San Roque a hacer ejercicios para mantenerse en forma. Después de muchos años Eugenio sentía que la vida se le abría como una flor. La panadería lo concentraba en cuestiones concretas y le devolvía la pertenencia de clase que había si no extraviado, al menos resecado, después de tantos años de golpes y derrotas.

            Sus compañeros eran ahora los que amasaban, barrían y cortaban, los que abrían y cerraban los hornos.

            Un domingo Eugenio bajó a Avenida Argentina, compró unas naranjas en la feria y caminó a paso franco por Washington, O`Higgins, pasó por Rocuant y se detuvo en una escalera desde la que se podía ver –al otro lado de Santos Ossa- el Cerro Polanco. El paisaje parecía producido para una película de terror, una de Murnau. Esa tarde sombría le recordó a Corruco el desamparo oculto de Santa Olalla, sin embargo la textura de las quebradas, las casas y cercas de latas oxidadas, los ladridos, las radios a todo volumen, los gritos de mujeres, daban cuenta de un entorno en el que el campo era devorado por la silueta de Valparaíso.

            Desde la altura, armó un cigarrillo y se detuvo a observar un conjunto de caserones ingleses que formaban un anillo. Del lado externo de los caserones se extendía inconsolable el barrio y una plaza asfixiada por unos tilos enormes. El patio trasero, interno de ese cordón de caserones, estaba salpicado de rocas, espinos y cactus que se perdían en una quebrada de la que Eugenio no tenía vista. Por la ventana más alta del único caserón pintado, se escuchaba un violín que ensayaba una partitura. El violinista tocaba de espaldas y se podía ver el arco asomándose por la ventana una y otra vez, hundiéndose en el viento y el ruido del barrio.

            Después de estar un rato ahí, Eugenio siguió su camino hacia San Roque internándose por un bosque de eucaliptos. Pensó que en un lugar así un koala sería muy feliz. Se internó por un sendero y observó que el bosque estaba invadido. Del lado izquierdo –el del mar- una nube blanca dejaba visibles las ramas más altas de los árboles y los troncos más gruesos. Del lado derecho no había nubes pero una brisa de baja altura limpiaba el bosque, sacudía los arbustos y levantaba hojas. Corruco comenzó a trotar subiendo el cerro, realizó ejercicios de salto y flexiones. Siguió con los ejercicios por más de una hora.

            Entonces escuchó a una niña cantar entre la foresta. Se acercó entre los arbustos y la vió: unos doce años, cargada con una enorme bolsa de grano y seguida de cerca por un chancho. Llevaba una rama a modo de bastón y llamaba a un perro: -¡Cholooo!, ¡Cholitoooo!. La niña, la noche anterior había visto a su madre parada en las sombras. A la salida de la casa en la que vivía -en el otro extremo del bosque- la encontró de espaldas, la niña le tomó la mano a su madre y ésta –en tinieblas- le dijo sin mirarla a los ojos: -¿Quién eres?.

            Nada de esto lo sabía Corruco, pero luego de seguirla con la vista comenzó a caminar tras ella a prudente distancia. La vio detenerse a descansar y dejar la bolsa que parecía llena de unos veinte kilos de alimento para gallinas. Cada vez que esto ocurría el chancho –un chancho con chaleco- aprovechaba para comer hojas y hozar la tierra en busca de raíces. La siguió por un buen rato hasta que llegó a su casa. Un niño pequeño salió a recibir a la niña y le ayudó a cargar la bolsa en el último tramo. La niña le preguntó por el Cholo y le dijo que no lo había visto. Cuando abrieron la puerta de la casa, una mujer –que podría haber sido la madre de los niños- se veía sentada en una silla blanca. Los niños entraron, dejaron el alimento en una bodeguita. La mujer no les prestó atención, desde lejos Corruco se dio cuenta que ella había estado llorando.

            Al llegar a su pensión, Eugenio cenó un caldo de pollo con abundante orégano y pan amasado. En esa casa arrendaba una pieza en el último piso, junto con otros operarios de la panadería. Esa noche en lugar de pasar a su pieza subió al altillo y se reunió con otros hombres, se les veía en círculo, todos de pie y fumando. Uno de ellos abrió el ventanuco para que saliera el humo. La reunión se extendió por casi una hora después de la cual el Coño se acostó y durmió profundamente por espacio de cinco horas. 

            Al día siguiente a Eugenio le encomendaron ir a buscar un horno a Concepción. Debía volver manejando una camioneta que el jefe tenía en el sur y traer el horno. Le dieron lo justo para el viaje y los pasajes en tren: Estación Puerto, Mapocho, Central y Concepción. El tramo hasta Santiago lo hizo durmiendo.

            Antes de tomar “El Rápido” al sur compró unas galletas de mantequilla, tabaco, papelillos y el diario de la tarde. Corruco tomó su asiento y se concentró en las noticias internacionales, las que venían de España no significaban nada nuevo. Siguió su lectura y no lo distrajo ni el vaivén del tren, ni los pitazos, ni los gritos y llantos de despedida. El tapiz rojo del “Coche Salón”, el olor a café en grano y a tostadas, la luz abundante agitaron las brasas de aventurero que anidaban en su corazón.

            Miró por la ventana el chato, triste y oscuro desparramo de Santiago hacia el sur. Miró las murallas, los rayados políticos, los árboles, las fogatas de los vagos junto a la línea férrea. Prendió un cigarrillo y colocó el diario en su bolso. A su lado se encontraba una anciana que hizo el amago de armar una conversación, Eugenio la cortó con una sonrisa cortés que acompañó con un bostezo y el gesto de taparse los ojos con la boina que llevaba.

            Se recostó y extendió sus piernas. Afuera el tren se lanzaba hacia el sur y una tormenta eléctrica trizaba la noche. La lluvia y la tempestad de viento empapaban las ventanas. Las luces del carro se apagaron abruptamente. Eugenio no lo supo pero una bala de fusil de guerra atravesó un carro de la clase económica, unos kilómetros antes de San Fernando. Atravesó el carro de lado a lado y ningún pasajero se dio cuenta.

            El asiento delantero al de Corruco, se dio vuelta en medio de la noche, como hacen normalmente los asientos del “Coche Salón”. El asiento se dio vuelta -eso sí de forma involuntaria- dejando frente a Eugenio a un hombre delgado, de más de un metro noventa y con varios días sin afeitar. Su rostro azulado, sus ojos extraviados anunciaban lo que las manos crispadas por el pánico de aquél viaje pretendían ocultar. Un viaje con la muerte, un zombi rumbo al sur.

            El hombre delgado miró toda la noche a Eugenio, mientras ponía su mano blanca y larga sobre la ventana.

            La mañana siguiente Eugenio bajó en Chillán a tomar un café  y a comer un grueso sándwich de queso de chancho. Para estirar las piernas caminó por el andén y se acercó a la ventana en la que él iba sentado. Dio unos saltos para ver si ése era efectivamente su puesto y lo confirmó. Su vista se detuvo en una mancha que había sobre la parte de la ventana del asiento del frente al que él ocupaba: era la marca de una mano sobre el vidrio. La marca que dejan los ensangrentados cuando piden auxilio.

            Corruco perdió el apetito. Botó el café, devolvió la taza y prendió un cigarrillo.

                                               *****

            Nolan Colegaro no dejó de beber ese verano en Algarrobo. Pisco, vino, cerveza, debe haber gastado más de cuatro mil dólares sólo en alcohol. Viajó al sur en bus hasta Temuco. Buscó un cibercafé y escribió a Aparecida, esta es la nota que dejó abierta en el computador que usó: “Esta mañana desperté con olor a humo, menina. Todo mi cuerpo envuelto en humo como una marioneta de mis sueños. Cubierto por ese olor -que nadie sintió en Auschwitz – encontré algunos pedazos de mis sueños: una pintura impresionista en la que se pretendía representar un pato con sombrero: una foto en la que inexplicablemente faltaba un personaje dormido”.

“Como bajo el agua, como bajo los pantanos, se escucha música”. 

“Entonces veo las cosas con claridad”. 

“Yo estaba sentado en una bulliciosa plaza de un pueblo como Serra Preta, candombe , algodones. Calor”. 

“Alguien me mira de atrás. Es un hombre de espaldas que lee un diario (La Folha), me acerco a él y me doy cuenta que hace como que lee, que en realidad está tarareando una melodía que sólo yo puedo escuchar. Una melodía que conozco. Una melodía que me lleva 50 años atrás a una calle de Campinas. Una melodía que me lleva a una marcha con antorchas, carreras desbocadas, esconderse bajo un camión en marcha”. 

“La melodía que no escuché cuando encontré tu cuerpo, aún vivo, con los brazos abiertos, cuando el olor a humo era lo único que nos quedaba. Cuando creías en mi”. 

            Después de que vendió en Temuco su celular, su cámara digital, su computador portátil, su walkman e inclusive los pocos discos que le quedaban. Colegaro vagabundeó por el sur de Chile, llegó a Puerto Montt, se dedicó a hacer retratos en Pargua, siguió viaje con una gringa hasta Balmaceda, volvió a Chiloé donde hizo de ayudante en un Museo, luego de jardinero en una Iglesia. De todos los lugares y amores fue expulsado por un alcoholismo que combinaba con escenas de furia, riñas y llorar hasta la madrugada en algún calabozo o simplemente en la calle. Se enamoró de la arquitectura chilota hasta el punto de ver invunches, traucos y brujos.

            Conoció una mujer que volaba. Presenció la transformación de una pequeña y hermosa niña en bruja, la vio vomitar sus intestinos durante horas. Escuchó a la bruja decirle a la niña que sus intestinos se mantendrían “fresquitos”, guardados en una vasija, tapados con un paño para cuando termine el vuelo.

            Nolan se tendió sobre lo que parecía una alfombra a las orillas del lago en Cucao, la alfombra era en realidad un Cuero, que lo llevó al fondo del lago donde pudo ver los tesoros que ocultaron los españoles en ese último reducto imperial en América. Vio a Quintanilla momificado en el fondo por el terror. Amaneció en Dalcahue sin zapatos, con la barba como de seis meses, lleno de piojos interrumpiendo una procesión de Semana Santa.

            El cura de Dalcahue, Wilfredo Barría, ordenó que auxiliaran a Nolan y lo llevaran al Centro Comunitario. Después de la jornada el Padre Barría se acercó para cenar con Nolan, que en el intertanto había sido bañado, desparasitado, se le había cortado el pelo, afeitado y se le había dado ropa. El Cura le preguntó: 

-¿De dónde vienes hijo?- a lo que siguió un silencio que no desanimó al Cura –te ves mal y tienes que comer, se ve que has estado en pecado y esta es tu casa, la casa de Dios- el Cura siguió hablando de las necesidades del pueblo, convencido que por ese camino haría hablar al desconocido. Nolan siguió comiendo y el cura se dio cuenta por los modales en la mesa que Nolan era una persona “decente”, no cualquier vago. Las manos, la musculatura, la piel tostada y la forma de caminar, delataban que no era cualquiera y esto intrigaba al Cura Wilfredo. En una de esas, la buena familia que parecía haber tras ese hombre podría ayudar las urgencias de la Iglesia local.

            En la noche Nolan se fuga del dormitorio que le habían hecho en un galpón y después de hacer dedo en el camino a Ancud, un camión cargado con insumos para salmoneras lo lleva hasta Puerto Montt. En el Canal de Achao, Nolan bajó del camión y apoyado en una baranda del transbordador miró a las toninas que perseguían la embarcación. 

            Una extraña mañana de sol chilote despidió a Colegaro. 

            Un hombre se le acerca y le pide que le saque  una foto junto a su familia. Nolan hace el encuadre y ve al grupo familiar: en el centro una viejita con el pelo blanco y moño con cara de ausencia; a un lado la nieta gorda de doce años vestida como para bailar en televisión; al otro la nuera vestida con un abrigo de piel de conejo, con zapatos blancos taco de aguja y muy maquillada; atrás los varones, un muchacho de unos dieciocho años rapado como si estuviese en el Ejército y el padre, la versión envejecida, bigotuda y calva del hijo.

            Al sacar la primera foto el muchacho le hace unas antenitas con los dedos a la hermana. Percatada la madre de la broma,  pide que se vuelva a sacar la foto. El padre ante el reclamo de la mujer y en medio de la reprimenda al muchacho, se acerca a Nolan y luego de ajustar nuevamente la cámara le pide que vuelva a sacar la foto, achicándole los ojos en un gesto de complicidad masculina mientras los reclamos de su mujer y su hija iban en aumento.

            Nolan vuelve a hacer el encuadre y se percata que tras el grupo se puede ver a una bruja flotando. Se saca la cámara, se restriega los ojos y mira, no ve nada. La bruja sólo es visible a través de la cámara. Finalmente toma la foto tratando de que no se vea la bruja voladora y devuelve la cámara.

            Completamente alcoholizado, Colegaro sigue en Puerto Montt toda una temporada, la de verano lo que en realidad es un eufemismo. El viento le cala los huesos y le ayuda a olvidar a Aparecida. Le llegan correos electrónicos a su casilla de amigos, de socios, del banco, de la Policía, de su abuela, menos de Aparecida. Pasado el primer año Nolan rehace sus documentos y viaja en bus desde Santiago a Sao Paulo.

            En Sao Paulo vaga en las cercanías de la Estación Barra Funda. Después de tanto tiempo lejos no conocía a nadie y lo único que logró llamarle la atención era la práctica de graffitis en lugares intrincados e inaccesibles, graffitis para cuya realización es necesario jugarse una vida miserable con la feroz apuesta de una muerte aún peor. Graffitis hechos en el techo de los trenes urbanos, en las cornisas de edificios interminables, graffitis espantosos que buscan darle vida –a falta de una expresión más propia- a una ciudad limpia, enorme e insípida como Sao Paulo. 

            Trabajó como ayudante en una reparadora de neumáticos de la que fue prontamente despedido.

            Luego hizo de ayudante de limpieza en un tenedor libre llamado “La Muralla China”, ahí logró hacer carrera. Durante el día se ponía a la entrada de los baños con un cartel que pedía propina y ofrecía raciones de papel higiénico. Las mañanas cloraba los baños y los limpiaba. Una mañana vio su rostro reflejado en los mingitorios gigantes que ocupaban una de las paredes del baño. Durante las noches insomnes buscaba en su cama a Aparecida.

            Un día lo enviaron como peoneta en un camión que iba a Guarujá, al norte de Santos. Nolan vio la playa y se quedó ahí. El chofer, luego de llamarlo un par de veces a bocinazos, olvidó el asunto y se hizo ayudar por unos muchachitos de la calle.

            Colegaro se recostó sobre las arenas blancas dejando que el mar le acariciara los pies. Un  pelotazo lo despertó. Un hombre de unos 150 kilos tomaba el sol con una pierna metálica que en lugar de rodilla tenía un resorte, la pierna brillaba y hacía pensar en el calor que estaba acumulando. 

            Nolan soñó: “Íbamos los tres, Aparecida sentada en la proa del bote arropada con una manta. Edson con un abrigo de paño negro de ¾ parado en la popa haciendo un discurso colonialista y provocándonos mucha risa. Navegábamos por un río helado, parecido al sur de Chile, muy ancho y calmo. De pronto un ave concentró nuestra atención y la empezamos a buscar. Edson se sentó, Aparecida puso su pelo sobre las orejas y me di cuenta que no teníamos más de diecisiete años. Entonces pensé “qué mierda hacemos los tres en Chile” y luego pensé “en el culo del mundo”. El ave seguía cantando y la buscábamos, llegamos a una isla y empezamos a buscar el ave, me daba la impresión de que el ave estaba oculta en una caja, no en una jaula, en una caja de cartón porque su sonido era asordinado. Edson bromeó diciendo que el ave en realidad estaba resfriada. Aparecida lanzó una risa que me pareció el canto de otra ave. Entonces los perdí y no me quedó otro camino más que seguir río arriba en una búsqueda que había cambiado de objeto: aunque el ave parecía cada vez más cerca ahora buscaba al amor de mi vida y a mi amigo. Por un momento pensé que era una de sus bromas luego perdí el conocimiento. Desperté en una playa de arena pedregosa, lentamente el sol comenzó a despertarme y vi dos figuras borrosas. Un hombre alto, de melena negra y lentes de marco negro pescaba sentado sobre una roca, era Charly García; el otro, mayor y de pelo blanco pero más juvenil, se me acercó sonriendo mientras le decía a Charly “se está despertando”, este otro hombre era Alejandro Jodorowsky. Alejandro me ayudó a levantarme y me acarició, me dijo que estábamos en el Sur de América y que estábamos en el año 1123, yo le respondí que esa nomenclatura era europea y que obviamente estábamos soñando un sueño en común. Seguí mi argumentación indicándole que en ese año, en este lugar no hablaban castellano, ni contaban los años en números árabes ni llamaban a esto América. Al decir “esto” golpeé la arena con la mano. Alejandro me dijo que tenía razón -Charly seguía pescando muy concentrado- pero que en realidad estábamos los tres muertos y que en esa dimensión la historia era un desorden peor que en las peleas de vaqueros. Entonces me puse de pie y vi una columna de humo negro avanzando entre la foresta que llegaba hasta la orilla del río. A  unos tres kilómetros se podía ver que avanzaba hacia nosotros un tren de vapor. Charly imitó los pitazos del tren y tiró la caña de pescar con rabia al suelo pues le habíamos espantado la pesca con tanto barullo (yo le entendí chamullo, pero quiso decir barullo). Entonces les dije que no estábamos ni muertos, ni en el año 1123, es el siglo XX (aunque quise decir XXI pero no me animé) y demostración de ello es que lo que viene a nosotros es un tren. Entonces Alejandro me abraza -siento que lo hace con cariño, como si su cuerpo estuviese hecho de sol- y me dice te equivocas Nolan, no es un tren, es Dios que viene hacia nosotros ahora que por fin nos hemos reunido”. Colegaro despertó llorando, con unos granos de arena en los ojos, mientras la playa se vaciaba y el resplandor del sol se perdía en las montañas. 

            Comienza a sonar con una excelente amplificación, el tema “Detalles” de Roberto Carlos. Nolan se quedó ahí sentado en la arena, escuchando el piano que siempre imaginó tocaba el propio Roberto Carlos, hasta que quedó casi totalmente vacío. 

            En las montañas, en la selva que separa Guarujá de Sao Paulo un chimpancé mira el mar. Es un buen chimpancé que aparece en la copa de un árbol cubierto de añosas enredaderas en sus brazos y cuello, un chimpancé que alza la vista y que aúlla al ver la luna y al ver a Colegaro sentado en las orillas del mar. El chimpancé puede ver el tren, en él va durmiendo Corruco mientras sus sueños son velados por un zombi que lo ama.

            Corruco que vuelve en camioneta desde Concepción con un horno demasiado grande. Nolan que empieza su verdadera vida.  

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