¿En qué consiste el «fetiche del capital» según Marx?

por Juan García Brun

Consiste en la transformación del capital en una cosa misteriosa y autónoma, aparentemente capaz de generar valor por sí misma. Marx argumenta que esta forma de capital, especialmente en el caso del capital que devenga intereses (Dinero->más Dinero), oculta los procesos de producción y circulación reales involucrados en la creación y realización del valor. El dinero parece generar más dinero sin una clara conexión con la producción y circulación de mercancías, lo que hace que el capital parezca reproducirse y expandirse sin la necesidad de una economía real que lo sustente.

Las implicancias de esta cuestión en la política y en la cultura contemporáneas son de un enorme alcance. Puede sostenerse que tal concepción mágica del proceso productivo, una usurpación de la burguesía, permite fundar la idea de que la democracia burguesa , abriendo espacio a una sociedad de derechos, legitimando la dictadura del capital sobre el conjunto de la sociedad.

Sin ir más lejos, el Consenso de Washington, piedra angular de la concepción neoliberal del equilibrio fiscal, igualmente pretende sostener que todos los problemas económicos se reducen a cuestiones de orden financiero. Un extremo paranoico de esta idea se encuentra en Argentina con la figura de Milei, para quien el problema económico de ese país es financiero, no productivo. Por eso propone como solución mágica la dolarización, entendiendo que son los flujos financieros y la moneda circulante la raíz de tal crisis trasandina. Una versión patética del viejo chiste del sillón de don Otto.

La fascinación por la magia, por la conspiraciones y el misterio, son igualmente un residuo de esta misma concepción fetichista de la realidad en el ámbito de la cultura. La magia fascina de la misma forma que los rasgos del comunismo primitivo, de las formaciones sociales pre capitalistas, ocasionan admiración.

El fetichismo, como todo fenómeno social, puede servir de base a atroces y reaccionarios programas políticos. Sin embargo, en el plano de la cultura se desdobla en su opuesto, en la develación de la trastienda tras la apariencia. Un maestro de tal planteamiento: David Lynch.

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