Cuento de Juan García Brun: «La contraofensiva Steiner»

El camino a Los Queñes era en esa época de ripio apisonado, sin ningún tipo de iluminación. Llovía y bocanadas de niebla salían a cruzarse en esa ruta que recorre la ladera norte del río Claro. En un momento una vaca apareció de bruces en medio de una franja ancha del camino y avanzó hacia nosotros mugiendo. Estaba muy oscuro y sin embargo era temprano, debe haber sido a fines de junio, no más de las seis y media de la tarde. Con todo, llegamos tarde al pueblo.

Pasamos por una hostería abandonada y antes de llegar al puente donde está el retén, nos detuvimos en un negocio. El lugar era grande, moderno, con heladeras para las bebidas, café de marca y televisores con videomúsica. Era atendido por una transexual de movimientos lentos y hablar preciso. Mientras hablaba con ella pensaba en el coraje de ese muchacho para sostener su identidad en un pueblo perdido como ese. Al salir me fijé en el nombre y puede haber sido «Menestras Patty». Buscábamos las cabañas del Gringo, no teníamos más datos. Era finalmente —según nos dijo— cerca, pasábamos el retén, luego el puente y la primera salida a la derecha, allí estaba el Gringo.

Llamé por celular —había hecho una reserva varios días atrás— y alguien con un marcado y casi teatral acento norteamericano me saluda por mi nombre de pila —yo me había identificado como Fernando Pedrero— y me indica que por la lluvia no podría mostrarme personalmente la cabaña, pero que era la única con estacionamiento privado. Que las llaves estaban puestas en la puerta y el fuego lo acababan de hacer. Mientras hacía la llamada y conducía seguía lloviendo y el camino a ratos parecía un estero. Me parece haber visto chivos en el camino, chivos blancos y mojados que corrían junto a nosotros como si fuesen perros.

La cabaña tenía un nombre de río, Teno creo se llamaba. Las llaves estaban puestas y el lugar estaba efectivamente calefaccionado con leña y unas lámparas tenues junto a unos sillones de cuero. «Eficiencia del primer mundo» pensé. En las altas paredes de la sala y el pasillo, había dispuestos unos telares con motivos indígenas que no pude reconocer. Mapuche no eran. Durante todo el trayecto ya he dicho, llovía. Sin embargo, en el preciso momento de bajarnos del auto con los bolsos, la lluvia se hizo feroz, de hecho granizaba. En el momento en que logré abrir la puerta de la cabaña llegué a temblar de frío. Esto me impidió ver el entorno y una bruma helada que emergía de las aguas del río Claro, que estaba a los pies del lugar.

Recuerdo que tú te fuiste a dormir, dijiste que estabas cansada. Te llevé un té a la cama y volví al sillón junto a la chimenea. Me puse a leer, era un maravilloso texto de Georg Steiner, no recuerdo el título en estos momentos, pero analizaba la relación entre el lenguaje de los filósofos y su teoría. Recuerdo, mientras llovía y sin que me diera cuenta se estaba despejando el cielo, haber entendido que la complejidad inextricable de Hegel es parte sustancial de su propia dialéctica. Tomé nota de esta idea. Sentí la necesidad de fumar y llevaba escondida una cajetilla. En la terraza cubierta —junto a una asadero de tambor— prendí un cigarrillo y recién entonces capté algo especial en el sonido de la lluvia, quizá por la altura o bien por la temperatura cercana a cero, las gotas caían exhalando un silbido. «En Los Queñes llueve en Si bemol«, me hubiese gustado titular una crónica sobre el lugar, si yo tuviese 12 años, se entiende.

Parado frente a la insondable oscuridad y amparado por la penumbra de mi cigarrillo, reparé que la muchacha del negocio de la entrada, la de «Menestras Patty», después de darme las explicaciones y quejarse por el clima, me preguntó —¿Por qué vienen a este lugar? Yo respondí que la había encontrado en internet, quise entender que la pregunta iba dirigida a por qué habíamos preferido las cabañas del Gringo. Pero luego de leer a Steiner y de fumar a escondidas, reparé que ella no se refería a las cabañas, sino que al pueblo. Me había preguntado por qué habíamos ido a Los Queñes, claramente.

En esa época yo tenía casi 40 años, barba, el pelo negro y aunque no era delgado tenía todavía al caminar un aire juvenil. No era en absoluto conocido y esa no podría ser la razón de que me hubiese hecho tal pregunta. Entonces, muy de a poco, casi sin quererlo, comencé a sentir miedo. Lo inusual del clima, el extraño comportamiento de los pocos animales observados, la pregunta de la chica y el acento excesivamente jovial del Gringo comenzaron a anidar en mi mente, conformando una pieza teatral oscura, hostil y sobrenatural. Revisé mi celular y no había señal, pero sí una llamada perdida tuya hace cinco minutos. Alarmado, apagué el tercer cigarrillo, me enjuagué la boca en el lavadero y entré a ver si estabas. Y efectivamente estabas y dormías profundamente, totalmente tapada. Me acerqué a ver si fingías y no, efectivamente dormías y estabas claramente tibia y respirando, viva. Tu celular se cargaba y estaba apagado.

Volví a la terraza a ordenar mis ideas. Cuando niño tuve ausencias, petit mal. No era extraño que perdiese por breves segundos la conciencia y volviera al mundo en medio de carcajadas, me acuerdo de eso una vez que leía una composición en 5° Básico frente al curso. Luego, en mi adolescencia comencé a tener sueños vívidos cuyas transcripciones literales me hicieron ganar una modesta fama de poeta. Una vez pacté con el diablo, otra toqué una pieza de piano para él a las tres de la mañana. El sonambulismo y una exacerbada pareidolia me llevaron más adelante a una forma de delirio controlado, que mis cercanos generosamente atribuyen a mi particular inteligencia y agudo sentido del humor. Pero lo que viví en Los Queñes nada tiene que ver con problemas de percepción. Si estos hechos no fueron investigados se debe a que tomé más de cuarenta años para denunciarlos y mi deterioro mental, sumado a mi avanzada edad, terminaron por quitarle todo viso de credibilidad.

Las cosas ocurrieron así: eran cerca de las 11 de la noche del viernes 17 de junio de 2016. Yo iba vestido con unas botas de montar que me había regalado mi suegro y una chaqueta impermeable, salí a buscar señal para mi celular. Me acerqué al pueblo y a esas horas había una fiesta callejera. Se iluminaban con guirnaldas de ampolletas de colores, reflectores y con las luces de las patrullas policiales. La música debe haber sido reguetón y otros sonidos tropicales. La gente bailaba bajo la lluvia y celebraba. Me di cuenta que era algo concreto, no era por mera fidelidad a la vida y la juerga o el «carrete» como se decía en esa época. No señor. Esto era una celebración ritual y secreta. Los niños llevaban máscaras que representaban rostros de uniformados, algunos llevaban pequeños fusiles. Entonces comenzaron a lanzarse desde el puente a las torrentosas aguas del río, en medio de la noche, con lluvia en un curso fluvial rocoso e imprevisible. Mi corazón se detuvo de pánico, corrí como pude a impedir que la gente siguiera arrojándose en lo que era una inequívoca práctica de suicidio colectivo. Pero no era así. No. Lo juro por la memoria de los más sagrado: la gente sobrevivía y no solo sobrevivía, sino que luego de hundirse en las fauces del río Claro volvían a alzar sus brazos en señal de triunfo, dando alaridos, carcajadas, ebrios de placer.

No te conté nada de lo que vivi esa noche —ese fue mi error— y los días siguientes paró la lluvia, hicimos asados, tomamos abundante vino, bailamos «How deep is your love» de los «Bee Gees» muy de madrugada y es posible que algún fantasma nos haya visitado. Sabes, creo recordar que inclusive le hicimos una broma a unos amigos que pasaron a vernos: colgamos unos signos hechos con ramas que simulaban la presencia de brujos, tal cual aparece en la célebre película «Proyecto de la Bruja Blair».

Tiempo después —años— una mañana, una mañana en que debías viajar. En esa época tenías problemas en el trabajo o habías perdido el trabajo —tampoco recuerdo eso— me dijiste: —Gonzalo (así te había dicho que me llamaba), hay tantas cosas que no eres capaz de ver.

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