Cuento de Juan García Brun: «Corruco»

Samuel García, “el Coño”, llevaba un par de días recorriendo casas de seguridad del PC en Santiago, en la clandestinidad. La noche anterior la había pasado en una bodega en las cercanías de la Estación Mapocho, para el lado de Independencia. A las diez de la mañana habría de encontrarse con su contacto en una librería de viejo en calle San Diego, antes de llegar a la Plaza Almagro. Como precaución tomó por Bulnes y llegó directamente a una galería con forma de tortuga y dos pisos de libros, imprentas y relojerías.

            Llegó puntual y su contacto también, entraron a una habitación sin ventanas en el interior de una librería que se preocupó de no observar. Al interior de la pieza se fundieron en un prolongado y silencioso abrazo. Su contacto venía del PC español, el madrileño Pepe Zoroa. La reunión se extendió hasta las tres de la tarde.

            Para gran parte de la humanidad -de la que los chilenos también formamos parte- la Guerra Civil española se extendió entre 1936 y abril del 39. Lo que poco se sabe, por haberlo acallado primero Franco y luego el Pacto de Moncloa, es que la guerra continuó como resistencia armada y guerrillera hasta los primeros años de la década del 50. Algunos sostienen que la captura de la partida guerrillera de Juan García, “Veneno”, marca el fin de este período de lucha.

            Samuel García, formaba parte de este movimiento y llegó a Chile para contribuir a su extensión y fortalecimiento. Su verdadero nombre, lo supe años más tarde, era Eugenio Collado Rodríguez, “Capitán Corruco”, oriundo de Santa Olalla, Toledo, donde formó el Partido Comunista. Durante la Guerra fue conductor de tanques, aviador y experto en explosivos. Derrotada la “República” –según la particular visión de Corruco- estuvo oculto en Aranjuez, Almadén, Santa Eufemia y Belalcázar, en Córdoba. Aquí, apoyado en los huidos de la represión franquista, conformó una destacamento guerrillero que puso en jaque a la Guardia Civil entre Ciudad Real y Córdoba.

            Corruco se transformó en una pesadilla para Franco lo que habrían de cobrárselo a su padre, Hilario Collado, quien fue fusilado bajo la falsa acusación de haber propiciado el ajusticiamiento de un panadero nacionalista durante la Guerra. Don Hilario, un humilde labriego de Santa Olalla, soportó estoicamente los castigos y enfrentó al pelotón de fusileros con orgullo, en la convicción de haber engendrado a un héroe.

            Cuando Pepe Zoroa, oriundo del caserío de Injusta, abrazó a Corruco en la pequeña librería de la calle San Diego, sabía que estaba abrazando a ese héroe que recién tres años después de su fuga de la prisión de Belalcázar, se contactaba oficialmente con su Partido. Zoroa era un funcionario del aparato stalinista, disidente de un monasterio, hombre de escasa cultura y gran astucia que había logrado escalar en la “Comitern” allegándose a la corriente frentepopulista de Dimitrov. Con su parramus oscuro y su sombrero de ala ancha era la representación, a la altura del modesto PC español, típica del burócrata oficialista: temeroso, oportunista y cínico.

            Las instrucciones de Zoroa eran sondear la información que manejaba Corruco sobre el PCE, sus vínculos con el Partido en Chile y sobre todo sus planes. Si no había tomado contacto con el PCE y sus contactos con el PC chileno eran a nivel de base, Zoroa debía matarlo en el acto. Si la cosa era distinta debía arrestarlo y hacerlo comparecer a un Tribunal Moral bajo la acusación de colaboracionismo con Franco, delación y deserción.

            Tomaron vino tinto y comieron queso. Corruco no paraba de preguntar sobre la situación en la península y la línea del Partido para tomar la contraofensiva. En opinión de ambos la caída de Franco era una cuestión de meses y en esa perspectiva era necesario llevar adelante la política de Frente Antifascista, como plataforma de un Gobierno de Unidad Nacional con la burguesía liberal. 

            Hablaron también de fútbol y del clima. En este punto muerto de la charla Zoroa tenía que sacar su pistola “Astra” y acabar con el asunto. No pudo. No fue pudor, ni un arranque de decencia. Fue cobardía pura y simple, temió que al sacar el arma el legendario Capitán Corruco hiciera alguna filigrana, se la arrebatara y entonces no lo quedaría otra cosa más que decir que el no quería matarlo, que la GPU había secuestrado a sus hijas como extorsión para darle muerte. Que Stalin estaba loco, qué se yo. Pero todo era una aventura y lo concreto era que nada lo obligaba a actuar pues nadie sabía de este encuentro y en último término podría culpar a Collado de una nueva fuga, que andaba armado, cualquier cosa.

            Si dejaba libre a Collado sólo perdería una medalla. Si actuaba se exponía a lo incierto. La conclusión era obvia. Siguieron conversando. 

            Corruco recordó la barricada de la que era responsable en la calle del Pez, cerca de la Gran Vía. Madrid sería entonces la tumba del fascismo. Después se acordó de las aguas de la Jarilla, de su huida a las montañas, de sus incursiones al llano. Los ojos se le llenaron de lágrimas, se acordó de las hermanas Zúñiga, de Consolación, de Félix, del Manco, de tantos que habían quedado en el camino literalmente hablando. Antes de que el aburrimiento obligara a Zoroa a bostezar éste le dio a  entender a Corruco que tenía cuestiones que atender y que podría pasar la noche allí mismo. A las espaldas de Collado estaba el baño, Zoroa le dejó el queso, algo de pan y un resto de vino.

-Bien camarada, luego os informaré los pasos a seguir- dijo Zoroa mientras se ponía de pie ajustándose el sombrero.

– Pepe, quiero que hagáis llegar a Madrid esta carta, es algo personal y no puedo enviarla desde Chile-

-Muy bien Capitán, atento a las noticias que ya queda poco tiempo al Caudillo y haréis falta- dijo Pepe Zoroa al tiempo que guardaba la misiva  en un bolsillo.

– ¡¡VIVA LA REPÚBLICA!!- gritaron en susurro ambos con el puño en alto, acercándose con las frentes.

            Zoroa se retiró silencioso y Corruco empezó a tirar unas frazadas en el piso, dispuesto a dormir. A pesar de la emoción tenía sueño y pensaba en la estatua de mujer que hay en la Calle del Pez, en Madrid. Durmió.

            A eso de las dos de la mañana Corruco sintió que alguien forcejeaba la puerta. Se puso de pie y sin preguntar  la abrió de golpe. Un muchacho, casi un niño, de no más de catorce años, pálido y con el pelo muy liso hizo el amago de arrancar al verlo. El muchacho sin embrago entró y se sentó en la misma silla que había utilizado Pepe Zoroa. Sin darle más vueltas al asunto éste se presentó como el monarca de los avernos, Lucifer.

            En un primer momento Corruco comenzó a reír, pero el pequeño Lucifer tornó sus ojos al color rojo, giró la cabeza en redondos 380º y caminó por el cielo raso. No hubo más dudas, el visitante era Lucifer, el Diablo, el Patas de Hilo o como quieran llamarlo. A la presentación siguió un largo y profundo silencio, Santiago entero estaba dormido y San Diego en particular parecía levitar en ese sueño descomunal. La ciudad entera y total estaba a oscuras y lo único iluminado era aquello sobre lo cual se posaban los ojos del pequeño visitante.

            Corruco tembló ante la luz negra que manaba de la cuenca de los ojos de Lucifer y sin hablar -por no ser necesario- comenzó a recordar sus primeras impresiones de lo que debía o podía ser el Infierno, su ubicación, sus dimensiones, su color. Desde los 13 años, no sólo ateo sino que marxista, Eugenio a secas en ese entonces, no había reparado en su relación con el Infierno.

            Recordó que en el fondo del patio de sus abuelos había una construcción ruinosa, de adobe, que albergaba algún excedente del material de construcción de la casa nueva que se habían hecho recientemente. En esas ruinas vivía el perro de la casa, el querido Lobo. Bajo las vigas de madera, los portones amontonados, las tejas, en alguno de esos espacios quedados al azar dormía el Lobo. El pequeño Eugenio, poco antes de almorzar, o cuando jugaba a las escondidas con sus primos gustaba ir a ese lugar a contemplar el único adorno que quizá con algo de sorna quedaba de aquella casa en ruinas: un retablo –imagino que de Ediciones Paulinas- del Juicio Final.

            En la parte superior estaban -Corruco nunca prestó mayor atención a esta parte de la imagen- Dios, Jesús, los arcángeles y los llamados a la salvación, todos vestidos con túnicas blancas y miradas perdidas a la altura, misericordiosas. En la parte baja, el fuego del Infierno y los caídos a él, desnudos, sufrientes y en actitud de culpa y de inútil y extemporáneo arrepentimiento. Esa era la parte que atraía al hijo de Hilario Collado, le inquietaba la impúdica desnudez de los cuerpos, la fatalidad invencible de una decisión del todo irrevocable y la eternidad del dolor.

            Ya adolescente y radicado en Madrid, tuvo otra noticia del Maligno. Un amigo, el Palomo de la Serna,  le comentó que hubo de observar con cierta distancia, muchas de sus convicciones –Eugenio no sabe a cuáles se refería- luego de lo que le ocurrió el lejano 14 de Agosto de 1936. Eugenio había olvidado esta historia y repentinamente le asaltó completa y vívida.

            El Palomo en ese entonces trabajaba para una empresa de Correo Privado, por lo que disponía de una camioneta  que podía llevarse a su casa. Un amigo suyo, Manuel Mejmet, el Moro, le pidió que lo fuera a dejar a Barajas, pues tenía pasaje a Brasil a las 5 AM y a esa hora desde su barrio, simplemente no había taxis ni tranvías. Acordaron el pago del combustible y él quedó de pasar a buscar a Mejmet a las 3:15 AM en una placita de Atocha.

            Imponderables hicieron que al Palomo su despertador no le funcionara, sin embargo despertó a las 4 de la mañana, llamó al Moro, pero éste no estaba. Decidió de todos modos salir a buscarlo aún así de tarde. A eso de las 4:20 llegó a la placita y ahí estaba Manuel con sus bolsos, esperando. 

            Excusas de por medio, partieron a toda velocidad y llegaron al aeropuerto a las 4:45. No hubo caso: al llegar el avión ya estaba haciendo movimientos de loza y era imposible subirse. Aunque la situación era jodida para el Palomo, la confirmación del vuelo para el martes próximo bajó un poco la ansiedad y se volvieron escuchando una radio que a esa hora transmitía música mexicana. 

            Mejmet se bajó en la placita. Ya comenzaban a girar los primeros tranvías, se despidieron y quedaron lo mismo para la nueva fecha de viaje.

-Esta vez a las 3 de la mañana Palomo eh?… y no te líes con las sábanas, ¡cabrón!- le gritó el Moro al Palomo al tiempo que entre risas se despedían.

            Muerto de sueño, el Palomo de la Serna se acostó vestido y durmió la hora y media que le restaba de noche. Trabajó ese día como un topo. El café lo reanimó y lo volvería a reanimar cuando a la hora de colación recibe en su trabajo la llamada de Mejmet, desde Río de Janeiro, para agradecerle el favor de haberlo llevado en la mañana y le manda saludos a Laura, que tanto le gustaba al Moro.

            ¿A quién llevó el Palomo –y no fue al Moro- esa noche al aeropuerto?. 

            Una amiga le contó que a sus 13 años hubo de dormir con el demonio. 

            Otra le dijo que nunca había dormido. 

            Otra le contó que Mejmet también tenía sueños, que soñaba con un niño pálido que apareció uno de esos días perdido en el barrio. Que ese niño se había apoderado de su cuerpo, lo había poseído para llevarlo al Atlántico, hacia América.

            Entonces las imágenes dejaron de circular por la cabeza del Corruco y tomó conciencia que estaba a oscuras en la habitación y que no veía a Lucifer por ningún lado. Comenzó a caminar a ciegas por la habitación, buscando el gato negro del pánico que lo esperaba más allá. Abrió la puerta y la noche seguía agazapada a los libros, los estantes. Recordó que al entrar había visto una cocinilla a parafina, ahí debería haber cerillos.

            Llegó a tientas y encontró los fósforos “Copihue”, al abrirla se dio cuenta que sólo quedaban tres. Se hizo de una antorcha con unas hojas de papel roneo y comenzó a avanzar lentamente de forma de no hacer ruido. Corruco se comportaba como si se tratase de un operativo policial al que debía hacer frente como el militante de combate que era. Por la puerta de vidrio enrejada podía –“verse” sería excesivo- sentirse la galería con forma de tortuga. Desde su techo, construido con una especie de ladrillos de cristal, descendía un hálito de la luz de las estrellas. Ese hálito permitía que el corazón de Eugenio siguiese latiendo, de no ser por ese hálito habría literalmente muerto en el miedo.

            Mientras Corruco seguía atento la inmovilidad de la noche total, el estruendo de un teléfono público ubicado en el centro de la galería, terminó por exigir su corazón a un punto aún más alto. Ni siquiera en los interrogatorios de la Guardia Civil, con el mismísimo hijoputa de Marzal dando las órdenes, había sentido algo así. El teléfono seguía sonando una y otra vez, como una serpiente emplumada, enorme, angustiada y sobre todo hambrienta. El rin-rin del teléfono campanilleando sobre el gran corazón del “Capitán Corruco”, que ahora sólo podía temblar.

            Después de algunos minutos dejó de sonar. Esto tranquilizó a Eugenio, sin embargo ahora se daba cuenta de lo peor: alguien hablaba, susurraba, al teléfono. Ese alguien era el muchacho Lucifer. Hablaba casi a hurtadillas, lo que en un comienzo resultó tranquilizador pero luego hizo crecer la ola de pánico para transformarla en terror.

            Lucifer daba las señales de una puerta a otra dimensión a alguien que hablaba por teléfono directamente desde el Infierno. Se podía escuchar: “Es frente al Parque Forestal… una cuadra más abajo (¿?) de la calle Estados Unidos… sí, sí… es el sexto piso… la primera ventana junto a la gárgola. En esa habitación encontrarás una caja de terciado, forrado, terciado marino ¿me entiendes?… sí, sí… la caja esta llena de crucifijos sin la imagen Cristo… claro exactamente iguales a los del Opus Dei”. La conversación se extendía interminable a veces con grandes risotadas, otras veces volvía a reptar por las paredes de la galería casi como un maullido.

            Yo estaba en la calle y escuchaba algo mejor que Corruco, pero ni tanto. La conversación derivó a temas políticos, Lucifer le dio a entender a su interlocutor que a González Videla no era necesario tentarlo con nada, que era un esclavo absoluto y que él personalmente respondía por eso. 

            Eugenio caminó por la parte superior de la galería buscando a tientas una escala para alcanzar la planta baja. Pensaba en sus incursiones aéreas sobre territorio Nacional, especialmente cuando participó del ataque sobre Burgos donde se instaló la primera –y en ese entonces risible- Junta de los Nacionales.

            Esa vez se había propuesto demoler la Catedral de Burgos. 

            Cuando volaba sobre las nubes podía ver el océano real, si eso mismo lo hacía de noche -especialmente en un bombardeo- podía comprobar que efectivamente las ciudades no eran –y son- más que grietas ígneas del corazón de la tierra. Durante la guerra su avión artillado y cada bomba sobre el territorio enemigo, le ayudaba a entender –en la ansiosa soledad del piloto- que vivir no era más que cavar un túnel hacia el centro de la tierra, en el cual las prospecciones ideológicas resultan ser una guía, un consuelo y una excusa. 

            Por eso un tiempo después, dejando atrás las cárceles de la derrota y los Pirineos, cuando encuentra algo en la calle mira para otro lado, cruza, o entra de golpe en una tienda de insumos industriales. Cuando ve las cosas de esta manera, cuando la repetida observación del diseño del papel mural le hace ver las cosas más rápidas. Cuando en sus sueños deja de encontrar ballenas y ratas y pasa a regresar al futuro, a conversar con los hijos que nunca llegó a tener, cuando se pasea y vuelve después de años a recorrer las calles de la Santa Olalla en que creció. Cuando tiene esa percepción griega de que todo gira en caída libre.

            La voz del demonio sigue retumbando en las paredes y llega con las palabras severas del cura Gutiérrez en su Iglesia de la infancia, con la admonición, la advertencia y la sospecha del pecado. El muchacho sigue en la cabina en el centro de la galería. Y Corruco conjura el miedo recordando los 12 cadáveres colgantes de los curas ahorcados en una calle de Madrid, la del Pez, su calle a la vera de la Gran Vía. 

            Los ejecutaron por fascistas y asesinos, pero ante todo por curas. Por ser el rostro mofletudo y castrado del oscurantismo y la reacción. Le resultó un placer verlos balancearse, ondear sus sotanas como campanas negras empujadas por el viento limpio de un Madrid definitivamente libre, un Madrid limpio de la explotación, la miseria y el hambre. Ni Caudillo, ni Papa ni Rey, Madrid para los trabajadores. Madrid que se caga en la Virgen y en las calaveras de los falangistas.

            Eugenio alcanza, a través de un pasillo interior, la puerta de salida de la galería. A sus espaldas, Lucifer sigue hablando por teléfono. Hace crujir la puerta y la voz del Demonio crece como una erupción volcánica: 

– “¡Capitán Corruco!, ¡Coño García!, ¿a dónde crees que vas?- hizo un silencio en el que Eugenio se detuvo.

– ¿Cómo debo decirte? ¿Eugenio quizá?, sí Eugenio Collado el hijo mayor de Hilario y Consolación Rodríguez- Eugenio apretó los puños y los labios.

– No, mejor que no, mejor te digo “Samuelito el bomboncito”, como te decía el marica de Daniel Fritz, en Valdivia. ¿Te acuerdas de Daniel?, o te haces el gil y no sabías que te miraba mientras bajabas por Yerbas Buenas y lo dejabas con “El Siglo”. Ahora te acuerdas Eugenio, ahora creo que sí.- Eugenio sigue con los puños apretados, cada instante más pálido.

– Corruco, amigo mío, ven al teléfono, ven y escucha los gritos de pavor de tres que conoces bien. Los gritos de Hilario, de Consolación y de Daniel. ¿Sabes algo? Harían cualquier cosa por volver acá, CUALQUIER cosa y tú sabes bien QUÉ cosa harían si te tuviesen en las manos- el silencio se hizo total y Eugenio comenzó a temblar.

-¡Corre Corruco!, corre que aún es tiempo. Les he dado la puerta para volver al mundo frente al Parque Forestal. ¡Corre por tu alma!

            Los gritos de Lucifer siguieron cada vez más profundos y telúricos. Eugenio, Corruco, Samuel, como sea, salió corriendo por San Diego rumbo a la Alameda. Corrió como un ángel, como un espíritu, como el viento, a todo lo que daban sus piernas. Debía huir. Huir. Huir.

            Eugenio finalmente cae exhausto, en la esquina de 5 de Abril y Jotabeche. La escarcha se apodera de Santiago y acaba con la vida de cientos de mendigos en la ciudad. El frío cordillerano no puede con Corruco. Un gigantesco perro San Bernardo lo lleva en su lomo rumbo a la costa. En el camino se cruzan –aún de noche- con una niña de no más de 11 años.

            Eugenio despierta en un recodo de la cuesta Zapata, con el fuerte olor del perro, y con su calor y el calor del sol. Al despertar no entiende cómo ha sido puesto en el lomo del perro, se baja de esa enorme bestia que llevaba en el cuello un pequeño barril de coñac. En el barril había un nombre escrito con fuego: Olguín.

-¿te llamas Olguín amigo?- y Olguín miró directo a los ojos a Eugenio.

-Así te llamas amigo, gracias gigantón que me has salvado la vida, lo que no es poco- Olguín miró hacia el Valle de Curacaví.

            Corruco y Olguín pasaron la mañana en esas laderas, conversando. Eugenio se durmió después de almorzar algo, estaba agotado, pero vivo. Durmió junto a Olguín toda la tarde.

            Al llegar la noche, Eugenio sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

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