por Valeria Menéndez
El 23 de agosto de 1927, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti fueron ejecutados en la silla eléctrica de la prisión de Charlestown, Massachusetts. Habían transcurrido siete años desde su detención y seis desde que un tribunal los condenara por un robo y dos homicidios cuya autoría nunca pudo establecerse de manera capaz de disipar las enormes dudas levantadas por la defensa. Pero cuando finalmente llegó la hora de matarlos, aquellos dos inmigrantes italianos, obreros, anarquistas e internacionalistas habían dejado hacía mucho tiempo de ser solamente dos acusados sometidos a un proceso penal norteamericano. Sus nombres habían recorrido fábricas, puertos, barrios obreros y universidades desde Buenos Aires hasta París, desde Berlín hasta Santiago de Chile. La ejecución sacudió al movimiento obrero internacional como clase porque millones comprendieron, con una claridad que hoy resulta necesario recuperar, que aquello no constituía simplemente un error judicial: era una demostración extraordinariamente brutal del carácter de clase de los tribunales y de la justicia burguesa.