por Artidoro Sotomayor
En la ciudad de Ginebra es más fácil encontrarse con Borges que con Rousseau, incluso que con Calvino. En Los conjurados, el último de sus libros, escribió una prosa poética en la que habla de una torre de razón y fe que fue creciendo en el centro de Europa. Que el hecho data de 1291. Que se trata de hombres de diversas estirpes, idiomas y religiones, que tomaron la resolución de ser razonables, y que sería deseable que el planeta entero fuera así, como lo es Suiza, una confederación de veintidós cantones. Finalmente, afirma que Ginebra, por entonces el último de los cantones adheridos, es una de sus patrias. ¿Borges ginebrino? Estuve una considerable cantidad de tiempo en esa ciudad. Una vez pasé allí seis meses, el doble del tiempo que se les permite a los que ingresan de turistas. Desde el primer momento en que la conocí, me pareció que era una ciudad borgeana. Yo no siento la vida como Borges. Confieso que, pese a su belleza, sobre todo la del lago Lemán y la de los circundantes Alpes, Ginebra me estremece, y por momentos me horroriza. Coincido en lo de la torre y lo de la razón, pero más que razonable yo diría de Ginebra que es una ciudad fría, desalmada, diplomática, habitada por un espíritu banquero, de ningún modo roussoneano, y que incluso los grandiosos Alpes resultan más idóneos para las fotos de los almanaques que para ensanchar el espíritu. Yo siento más bien como el Fernando Vidal Olmos de la gran novela de Sabato: Ginebra es una ciudad de relojeros que todas las mañanas barren el polvo echándoselo a Italia. Pero Borges amó esa ciudad, quizá por los mismos motivos por los que a otros nos resulta gélida, excluyente, desprovista de pasiones.
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