por Artidoro Sotomayor
Hay algo perturbadoramente exacto en la elección de Anthony Perkins para interpretar a Joseph K. en El proceso, la adaptación que Orson Welles realizó en 1962 de la novela de Kafka. Perkins venía de hacer Psicosis apenas dos años antes. El mundo entero acababa de aprender a desconfiar de su sonrisa. Hitchcock había descubierto en su cuerpo alto, tímido, ligeramente encorvado, en su voz vacilante y en aquellos movimientos que parecían pedir disculpas por ocupar espacio, una materia actoral nueva: el hombre que parece culpable sin saber de qué. Welles hizo algo más radical. Comprendió que aquella fragilidad no tenía por qué conducir necesariamente al asesino. También podía encarnar a la víctima. Joseph K. es así el reverso político de Norman Bates: otro hombre encerrado, otro hombre observado, otro hombre que intenta desesperadamente demostrar que es normal frente a un poder que ya ha decidido algo acerca de él.