Lenin y la crítica al romanticismo económico: una polémica decisiva para el Chile contemporáneo

por Gustavo Burgos

Escrito en 1897, Para caracterizar el romanticismo económico constituye una de las primeras intervenciones teóricas de Vladimir Ilich Lenin y una obra fundamental para comprender la formación de su método político. Aunque formalmente se presenta como una polémica contra los populistas rusos —los narodniki—, su alcance excede con mucho el contexto de la Rusia zarista. En realidad, Lenin aborda un problema que reaparece recurrentemente en la historia del movimiento socialista: la tendencia a buscar una alternativa al capitalismo en formas sociales heredadas del pasado, en la pequeña producción o en comunidades que se desarrollan al margen de las relaciones capitalistas dominantes.

Los populistas sostenían que Rusia podía evitar el desarrollo capitalista y construir una vía propia apoyada en las antiguas comunidades campesinas. Frente a ello, Lenin argumenta que esta posición descansa sobre una comprensión romántica de la economía. Los populistas observaban correctamente los efectos devastadores del capitalismo sobre las formas tradicionales de vida rural, pero eran incapaces de comprender el significado histórico de ese proceso. Su crítica no partía de las contradicciones internas del capitalismo, sino de la nostalgia por relaciones sociales destinadas a desaparecer. Allí donde el capitalismo destruía antiguas formas de producción y de organización comunitaria, los populistas veían únicamente decadencia; Lenin, en cambio, identificaba el surgimiento de nuevas fuerzas productivas y la formación de una nueva clase social, el proletariado, llamada a desempeñar un papel revolucionario.

La crítica leninista se dirige precisamente contra la ilusión de que es posible enfrentar al capitalismo mediante la preservación o restauración de formas precapitalistas de organización económica. Para Lenin, el capitalismo constituye una etapa histórica determinada cuyo desarrollo transforma radicalmente las condiciones materiales de la sociedad. La concentración de la producción, la expansión del mercado, la proletarización de amplias masas de la población y la socialización creciente del trabajo son procesos contradictorios y violentos, pero al mismo tiempo crean las bases objetivas para una transformación socialista de la sociedad. La tarea revolucionaria no consiste en impedir ese desarrollo ni en regresar a formas anteriores, sino en comprender las nuevas contradicciones que genera y organizar políticamente a la clase que surge de ellas.

Esta discusión posee una extraordinaria actualidad para comprender numerosos debates presentes en el Chile contemporáneo. Una parte importante de las corrientes que se reivindican anticapitalistas —particularmente ciertas expresiones del indigenismo, del territorialismo y del anarquismo— reproducen, bajo nuevas formulaciones, los rasgos esenciales del romanticismo económico criticado por Lenin hace más de un siglo. En estas concepciones, la crítica al capitalismo suele expresarse como una reivindicación de la pequeña propiedad, de las economías locales, de las comunidades ancestrales, de las formas cooperativas de producción o de diversas modalidades de autonomía territorial concebidas como alternativas al desarrollo capitalista.

El problema no reside en valorar positivamente determinadas experiencias comunitarias ni en reconocer la importancia de formas de organización local. La cuestión decisiva es la función estratégica que se les atribuye. Con frecuencia estas corrientes presentan la construcción de espacios autónomos como el camino fundamental para superar el capitalismo. El llamado «poder popular» deja entonces de entenderse como la organización independiente de la clase trabajadora para disputar el poder del Estado a la burguesía y pasa a concebirse como una red de experiencias locales que se desarrollarían paralelamente al orden existente. La transformación social aparece así como una acumulación gradual de territorios autónomos, comunidades autogestionadas o formas económicas alternativas.

Desde el punto de vista de Lenin, esta perspectiva reproduce precisamente el núcleo del romanticismo económico. Su error fundamental consiste en sustituir la cuestión del poder por la cuestión del espacio. El capitalismo no es simplemente una suma de empresas privadas o de mercados aislados, sino una totalidad social sostenida por determinadas relaciones de producción y garantizada por el aparato estatal de la burguesía. En consecuencia, la existencia de comunidades autónomas o de experiencias económicas alternativas no modifica por sí misma el carácter de clase del poder político ni altera las bases generales de la reproducción capitalista.

La polémica adquiere así una dimensión estratégica. Mientras el romanticismo económico busca construir alternativas al margen del desarrollo capitalista, el marxismo parte de las contradicciones generadas por ese mismo desarrollo. Mientras los románticos identifican al pequeño productor o a la comunidad tradicional como sujeto privilegiado de transformación, Lenin sitúa en el centro de la perspectiva revolucionaria a la clase obrera moderna, producto histórico del propio capitalismo. Mientras unos buscan refugio en relaciones sociales heredadas del pasado, el marxismo busca las posibilidades de emancipación contenidas en las contradicciones de la sociedad contemporánea.

Por lo expuesto, uno de los aspectos más relevantes de la obra es que anticipa un tema que recorrerá toda la trayectoria intelectual de Lenin: la necesidad de combatir aquellas corrientes que, en nombre de la crítica al capitalismo, terminan defendiendo formas sociales históricamente superadas. En este sentido, el romanticismo económico comparte una limitación con la economía burguesa. Ambas son incapaces de comprender el movimiento real de la historia. Los economistas liberales consideran al capitalismo como el punto culminante del desarrollo social; los románticos, por su parte, juzgan el presente desde la idealización de un pasado perdido. Ninguno logra captar —por su base radical de identificación con la propiedad privada— el carácter transitorio de las relaciones sociales existentes ni el papel revolucionario que puede desempeñar las nuevas clases explotadas surgidas de ellas.

Por eso, Para caracterizar el romanticismo económico sigue siendo una lectura indispensable. una reflexión sobre los fundamentos mismos de la estrategia socialista. Frente a quienes buscan una salida al capitalismo en la pequeña propiedad, en las comunidades precapitalistas o en la multiplicación de espacios autónomos, Lenin reafirma una tesis central del marxismo: la emancipación de los trabajadores no puede construirse sobre la restauración del pasado ni sobre la coexistencia con el orden existente, sino sobre la organización política de la clase obrera para disputar el poder a la burguesía y reorganizar la sociedad en su conjunto. Precisamente por ello, la crítica leninista al romanticismo económico conserva una vigencia que trasciende su época y se proyecta con fuerza sobre las discusiones estratégicas de nuestro tiempo. Hundidas por el gobierno de Boric las concepciones posmodernistas, identitarias y la política de derechos, desnudadas como programa político de la burguesía, una parte importante del «anticapitalismo» chileno enfrenta el desafío programático de elevarse a un debate político de clase. No hay anticapitalismo fuera del programa obrero del Socialismo.