Comunismo yonki, nadie es desechable

por M. E. O`Brien

En noviembre de 1970, los Young Lords y el Blanck Panther Party tomaron una sección del Hospital de Lincoln, estableciendo el primer programa de desintoxicación del sur del Bronx, el centro de la epidemia de heroína en la ciudad. La «Desintoxicación del pueblo» operaba en la antigua residencia de enfermeras bajo una coalición de nacionalistas de izquierda, socialistas y trabajadores médicos radicales, todxs Negros y Puertoricanos. Influenciados por el trabajo psicológico de Frantz Fanon, veían la educación política revolucionaria cómo esencial para superar la adicción a las drogas. Mutulu Shakur, Vicente «Panama» Alba, Cleo Silvers, el Dr. Richard Taft, y otros que llevaron a cabo el programa innovaron en el uso de  la acupuntura como tratamiento para las drogas en Estados Unidos, práctica que desde entonces se ha vuelto institucionalizada y extendida. Obtuvieron financiamiento de la ciudad para el programa de desintoxicación en 1971. Continuaron administrándolo hasta que la policía hizo una redada en el centro de desintoxicación en 1978, expulsando a los líderes revolucionarios. Estos años fueron períodos álgidos de organización política para el Bronx, cómo también fueron los años en que el VIH,  aún innombrado y desapercibido por las autoridades médicas, comenzó a cobrar las vidas de los usuarios de drogas de inyección. 

La ofensiva del Hospital de Lincoln, cómo los Young Lords la llamaban, fue una de sus varias campañas asociadas a la salud. Los Young Lords organizaron un sit-in[1] frente a la oficina del comisionado de salud para exigir pruebas de detección de pintura con plomo para los niños del Este de Harlem y el Sur del Bronx, y secuestraron un camión de rayos-x para realizar pruebas de tuberculosis. De esta forma anticiparon las décadas por venir de adicción al crack, la epidemia del VIH y el sida, y el crecimiento rápido del encarcelamiento masivo. También reconocían un límite  a su propia capacidad de organizarse, ya que la adicción a la droga contribuyó a deshacer la organización revolucionaria y la insurgencia de masas en el comienzo de los años 70′. 

Estas iniciativas ocurrieron en el contexto de un movimiento más amplio para mejorar, democratizar, y tomar la considerable infraestructura social demócrata que la ciudad de Nueva York había construido después de la segunda guerra mundial. Las mujeres Negras ponían en escena sit-ins para ganar beneficios de seguridad social. Los activistas sindicales Negros y Puertoriquños se organizaron con éxito para ampliar la contratación de puestos de trabajo sindicalizados en la administración municipal. Los estudiantes ocuparon edificios del sistema público gratuito de universidades, ganando la «inscripción libre». Estos militantes se enfrentaron a las contradicciones radicales de Nueva York, buscando transformar una social democracia sostenida por el sindicalismo, para que esta pudiera servir y estar sujeta a la clase trabajadora crecientemente Negra y morena de la ciudad.  

Al enfocar la Ofensiva del Hospital de Lincoln en establecer el primer programa de desintoxicación del Bronx, los Young Lords y sus aliados tomaron una posición en torno a una de las preguntas más contenciosas del socialismo del siglo 20: el rol político de aquellos miembros de la clase trabajadora que raramente pueden conservar un trabajo. Los partidos socialistas de masas de Europa, buscando la respetabilidad de la clase trabajadora, habían sido por largo tiempo ambivalentes ante el «lumpen proletariado», «la clase baja», «lxs pobres».  Si la dignidad del trabajo es la base del socialismo, los yonkis incapaces de mantener un empleo estable no tienen lugar en el proyecto revolucionario. Al buscar por turnos la redención moralista de los pobres absorviéndolos en la clase obrera propiamente dicha, o excluyéndolos de la imaginación socialista en su conjunto, el movimiento obrero los definió como estando fuera de sus bases. En los Estados Unidos, el lumpen era sin lugar a dudas racializado, asociado con la juventud Negra y morena[2] que se reveló en más de 150 ciudades a fines de 1960. 

Usuarios y traficantes de drogas encarnaban las características de las masas de lumpen que los socialistas habían despreciado: poco confiables, indisciplinados, fácilmente vulnerables a la presión de la policía para delatar a sus compañeros. Inspirados por los Black Panthers, los Young Lords rompieron con la ortodoxia socialista, basando en vez de esto su organización en el reclutamiento de hombres jóvenes «de color» que sobrevivían en las calles de la norteamérica urbana. Los Young Lords comprendieron que el caos de la adicción a las drogas estaba creando desorden en la vida de la clase trabajadora, y buscaron una forma de transformar a los adictos en sujetos revolucionarios. 

Estas luchas de los pobres racializados y criminalizados fueron particularmente potentes porque no se extrajeron de la insurgencia más amplia de la clase trabajadora de la época. Los trabajdores Negros liderando una ola de huelgas en la manufactura de automóviles, el sistema de salud, y los trabajos municipales simpatizaban ampliamente con aquellos uniéndose a las revueltas de finales de los años 60. El Health Revolutionary Union Movement (HRUM)[3], el grupo militante de trabajadores médicos que se unió a los Young Lords en la ocupación de Lincoln, tomó inspiración de la Dodge Revolutionary Union Movement (DRUM)[4], una organización de trabajadores negros de las fábricas de automóviles de Detroit. Dentro de los movimientos Negro y Puerto Ricano de esos tiempos, diferentes sectores de la clase trabajadora construyeron relaciones reales de solidaridad y lucha. 

La organización de los Young Lords junto a usuarios de drogas reconoce una característica esencial del proyecto comunista: que las miserias de la vida bajo el capitalismo fracturan a la clase trabajadora, quebrando los cuerpos de las personas, disponiendo de nuestras vidas. Superar la sociedad de clases va a requerir una práctica de sanación, de reclamación de la dignidad universal de la clase humana, y de medios para construir solidaridad y amor a través de estas fracturas de la clase trabajadora. Nunca es más crucial esta comprensión, o más compleja, que con aquellos atrapados en una severa y caótica adicción a las drogas. 

Aprendí sobre los orígenes militantes del programa de desintoxicación del Hospital de Lincoln poco después de haberme mudado al Este de Harlem para trabajar en un programa de intercambio de jeringas basado en el Sur del Bronx. Temprano cada mañana cargaríamos una furgoneta y una camioneta llena de contenedores de bisturíes vacíos y cajas llenas de jeringas médicas estériles. Seguiríamos el tráfico dentro de la Bruckner Expressway hasta el lugar de intercambio de esa mañana. Mi colega Ángel lideraría, instalando las mesas y apilando los suministros. Durante los días particularmente fríos encenderíamos estufas a gasolina. Un par de miembros del equipo tomaría asiento en la mesa de intercambio, y comenzaría a hablar con el flujo constante de participantes que irían entrando. Isaiah, un hombre afroamericano al comienzo de sus setenta años, sería el equipo de la carpa de acupuntura. El empleado mejor vestido del intercambio, con su traje en colores y sombrero de fieltro, Isaiah proveía acupuntura en las orejas, para aliviar el estrés, en las sillas instaladas en la acera al lado de nuestro intercambio. 

Comenzaría mis turnos moviendo cajas, haciendo café para los trabajadores de la mesa de jeringas, luego hablando con mi co-trabajador Ricky. Originalmente de Puerto Rico, Ricky había pasado los años 1970 y 1980 traficando heroína en el Bronx para mantener su propio uso constante de esta. Recordaba las primeras fiestas Hip-Hop organizadas por Kool Herc en las Bronx River Houses. Eventualmente dejó la heroína y ha trabajado en los intercambios de jeringas desde entonces. La mayor parte de nuestros colegas eran antiguos usuarios, pero sabíamos que algunos aún se inyectaban regularmente. Yo le hablaría a Rick sobre libros. Yo estaba leyendo sobre la historia de la ciudad de Nueva York, los Young Lords, o sobre el gobierno de la ciudad que dejaba al Bronx quemarse. Él me hablaría sobre crecer en los proyectos habitacionales[5], los tiempos que había pasado dentro y fuera de prisión, y ocasionalmente sobre sus cruces de caminos con los partidos revolucionarios y sectas nacionalistas que competían por nuevos reclutas en el Bronx. 

Llamábamos a las personas que venían a buscar jeringas y servicios ‘participantes’ en vez de ‘clientes’ o ‘pacientes’ debido al sonido jerárquico e institucional de estas últimas. Los participantes de nuestro programa venían a buscar jeringas limpias porque se preocupaban por sus vidas y por las vidas de las personas con quiénes las usaban. Compartían la experiencia común de utilizar drogas inyectables, en general heroína, y suficientes dificultades en sus vidas como para no poder arreglárselas para comprar jeringas de forma discreta a través de internet. Muchos habían pasado años sin hogar o pasando dentro y fuera de prisión. Muchxs crecieron en el Bronx, mientras que otros se habían mudado recientemente del Caribe. Muchas mujeres trans venían al intercambio a buscar jeringas. Como muchas de las mujeres que venían a nuestro intercambio, se las habían arreglado por un tiempo a través del trabajo sexual.

Dos o tres veces al día, unx participante preguntaría sobre entrar a un programa de desintoxicación. Yo dejaría los panfletos que estaba repartiendo, y nos sentaríamos en la parte de atrás del camión de servicios juntos y hablaríamos sobre las opciones para hacer esto. Mi trabajo era encontrarle a las personas una cama en un centro de desintoxicación en algún lugar de la ciudad, y arreglar los medios de transporte para llevarlos allá. Los programas de desintoxicación estaban diseñados como un primer paso dentro de un largo proceso de dejar la droga tras muchos años de adicción severa. Ocasionalmente algunxs de lxs participantes con los que yo trabajaba aspiraban a alejarse de las drogas, pero para muchos otros los programas de desintoxicación eran más bien una forma de salir de la calle por unos días, de alejarse del stress de vidas domésticas caóticas, o de evitar a un prestamista que exige su dinero o a un traficante enojado. Los programas de desintoxicación proveían suficientes medicamentos para soportar la falta de drogas: así la desintoxicación podría ser una forma de reiniciarse y recomponerse. Muchos participantes no tenían ningún documento de identidad luego de períodos sin hogar. Los ayudaría a buscar las oficinas dónde previamente habrían recibido ayuda médica, esperando que alguna fotocopia de sus documentos de identidad estuviera aún archivada. Los ayudaría a desenmarañar su Medicaid[6]; después de repetidas visitas a programas de desintoxicación, la cobertura provista por el estado estaría restringida a un sólo centro, forzándoles a obtener permisos especiales para recibir servicios en otros lugares. 

Haría un seguimiento de mis remisiones llamando a sus programas de desintoxicación al cabo de un par de días. Si la desintoxicación no iba a encontrarles un programa de rehabilitación, yo ayudaría al participante a encontrar uno. La desintoxicación aborda los problemas médicos de la abstinencia de drogas. La rehabilitación ofrece algunas de las habilidades necesarias para mantenerse limpio. En la mayoría de mis derivaciones, los participantes volvían a la calle unas semanas después. Nuestro intercambio de jeringas estaba siempre disponible, sin críticas ni juicios, proporcionando jeringas limpias para ayudar a proteger a las personas que se inyectan heroína de la transmisión del VIH y de la hepatitis C.

*

Programas de intercambio de jeringas fueron establecidos en ciudades a lo largo de norteamérica a fines de los años 80, por activistas combatiendo la devastación de la epidemia del sida. Los usuarios de heroína a fines de los 80s y principios de los 90s estaban muriendo de sida en tasas apabullantes. Las jeringas limpias salvaron vidas de forma mucho más eficaz que cualquier otra intervención. Muchos de los programas de intercambio de jeringas en los Estados Unidos eran ilegales. Los voluntarios corrían el riesgo de ser encarcelados o de perder sus licencias médicas. Los usuarios de heroína politizados por el movimiento de lucha contra el sida[7] formaban los equipos ellos mismos junto con enfermeras y doctores, anarquistas, y otros activistas preocupados por las divisiones raciales y de clase del movimiento contra el sida. Para los anarquistas, estos intercambios eran una forma de apoyo mutuo radical, libre del moralismo y la condescendencia de la mayor parte de los servicios sociales. Los grupos organizándose contra el sida luchaban por los intercambios de jeringas, junto a campañas contra la falta de vivienda, la violencia policial, y la criminalización del sida, también para defender los derechos de los trabajadores sexuales. El movimiento de lucha contra el sida fue en gran medida incapaz de construir conexiones con el ahora debilitado movimiento obrero o con las organizaciones de derechos civiles. Décadas de crisis económica, criminalización, y el colapso de la izquierda habían obstaculizado de forma eficaz la solidaridad entre los trabajadores asalariados y el lumpen proletariado dentro de las comunidades Negra y morena. 

Los intercambios de jeringas eran parte de una visión ética y política conocida como reducción de riesgos. La reducción de riesgos presenta un agudo contraste con el tratamiento de drogas basado en la abstinencia, y la criminalización del uso de drogas. La mayor parte de los servicios sociales, los programas de vivienda, programas de apoyo y tratamiento en salud mental, beneficios de transferencia de recursos, e incluso programas de distribución de alimentos, excluyen a las personas que son conocidas o bajo sospecha de consumir drogas callejeras o medicamentos. Particularmente, los programas de tratamiento de drogas, como los programas de rehabilitación a los que yo refería los participantes, están basados en modelos de tratamiento autoritarios, fundados en el principio de que las personas pierden el derecho a tomar sus propias decisiones cuando se vuelven adictas al crak o a la heroína. 

Lxs activistas de reducción de riesgos reconocen que muchas personas no están listas, o no son capaces de discontinuar el uso de drogas. Exigir la abstinencia como una precondición para acceder a servicios contribuye a aislar a los usuarios de drogas, contribuyendo a patrones de uso más destructivos. Estos programas en cambio buscaron reducir los daños provenientes tanto del uso de drogas, como del estigma social alrededor de este. La reducción de riesgos busca ayudar a los usuarios a conseguir sus propias metas y necesidades, las que no necesariamente incluyen la abstinencia en ese momento, o jamás. Esta aproximación llama a una orientación ética y práctica que es tan escasa en los servicios sociales como en la política radical: involucrarse con las partes dolorosas, traumatizadas, y auto destructivas de las personas con cuidado, tomando seriamente la posibilidad de transformación y sanación, sin un juicio estrecho, y previo, sobre en qué lugar las personas tienen que estar en este momento, y hacia dónde se dirigen. 

Comencé a interesarme por primera vez en la reducción de riesgos mientras vivía en Filadelfia. Había estado haciendo una transición de género, y tuve mi primer trabajo de oficina proveyendo servicios relacionados al VIH a otras personas trans. Estaba involucrada en la escena anarquista, pero repensando mis compromisos a la luz del sexismo y la transfobia que experimenté al salir del closet como mujer. Mientras me organizaba con mujeres trans sin hogar en torno al acceso a los refugios nocturnos, comenzaba a encontrarme progresivamente frustrada con la política del trabajo social. Alrededor de ese momento, una amiga en Filadelfia se suicidó, y comencé a ver los intensos juicios morales de nuestra escena como parcialmente culpables. Podíamos ya sea amar, ya criticar, pero rara vez hacer ambas cosas al mismo tiempo. Estaba lidiando con mis propios problemas de salud mental, y encontré poca comprensión en mis círculos políticos mientras sorteaba las contradicciones de cómo obtener cuidado. Vacilé entre sentirme avergonzada de no poder resolver mis problemas de inmediato, y pretender que no tenía problemas. La reducción de riesgos parecía ofrecer un camino hacia un tipo de práctica diferente: un cuadro ético alternativo que nos permitía parar de juzgar constantemente a los demás, y a nosotros mismos, de acuerdo al criterio rígido de la corrección política. En vez de esto, podíamos aprender a cuidar el uno del otro con dignidad, y desafiar nuestra capacidad de dañar al acoger amorosamente las partes más dolorosas de nosotros mismos. 

Desde mis colegas en el intercambio de jeringas, que habían pasado la mayor parte de sus vidas como traficantes y usuarixs, ví cómo la reducción de riesgos había ayudado a politizar sus experiencias, transformando la miseria individual en una práctica colectiva de solidaridad y en una base para la crítica social. Desde mis colegas y a través de entrenamientos en reducción de riesgos, aprendí cómo relacionarme con alguien pasando un momento muy duro de una forma que fuera relajada, cálida, y que construyera una conexión; una habilidad clave en la mayor parte de las actividades políticas. Aprendí mucho sobre las drogas callejeras populares en el Bronx, y las muchas formas en que el uso de drogas se encuentra tejido en la vida diaria. Mis colegas me enseñaron un poco más sobre cómo amar bien en este mundo difícil y doloroso. 

*

Durante los últimos tres años[8], las tasas crecientes de sobredosis y de suicidio han disminuido la expectativa de vida americana. Esta es la primera disminución en la expectativa de vida en los Estados Unidos desde el punto álgido de la crisis del Sida, y la disminución más sostenida en un siglo. Los opioides son responsables de más muertes de estadounidenses que los accidentes automovilísticos, la violencia con armas de fuego, y el VIH.

Para muchxs, los opioides son una forma de refugio contra la constante desintegración social. Décadas de desindustrialización, estancamiento de salarios, poco acceso al sistema de salud, y  el debilitamiento sindical llegaron a un punto álgido tras la crisis económica de 2008. Las personas se han volcado hacia los analgésicos de receta médica para controlar las lesiones laborales, la depresión y los problemas de salud no tratados. En palabras de un estudio de salud pública, los opiáceos sirven «como refugio frente a los traumas físicos y psicológicos, las desventajas acumuladas, el aislamiento y la desesperanza«. Un estudio del 2017 de la National Bureau of Economic Research mostró que cuando la tasa de desempleo aumenta en un uno por ciento, las visitas a los servicios de urgencias aumentan en un 7 por ciento y las tasas de mortalidad aumentan en un 3,6 por ciento. Dos economistas han acuñado la frase «muertes por desesperanza» para describir estas vidas perdidas. 

Mientras las crisis del capitalismo y de las vidas de la clase trabajadora se vuelven más profundas, los movimientos insurgentes van a tener que lidiar con la adicción a las drogas. El día de hoy necesitamos una práctica de liberación que reconozca y acepte la dignidad y la capacidad revolucionaria de los usuarios de drogas y que llame a nuevas aproximaciones al cuidado interpersonal, a las enfermedades mentales, y a la miseria personal profunda. 

Necesitamos una política comunista que no asuma ni la respetabilidad ni la estabilidad, que no divida el mundo entre aquellxs inocentemente pobres y aquellos caóticamente peligrosos. Al rechazar su propia desechabilidad y aislamiento a través de la actividad revolucionaria, los adictos y sus amigos se mueven hacia un comunismo que no se encuentre basado en la dignidad del trabajo, sino en el valor incondicional de nuestras vidas. Nuestra política revolucionaria debe acoger los muchos lugares quebrados y miserables que llevamos dentro. Es de estos lugares de dolor de donde emerge nuestro potencial revolucionario más feroz. Necesitamos una política comunista que nos acoja a todxs y nos comprometa plenamente como lo que sea que seamos: como bichos raros y jodidos, como maricones y transexuales, como destructores y como destruidos, como adictos y como locos. Necesitamos un comunismo yonki.


[1]     Un sit-in es una manifestación no violenta en la que un grupo de personas ocupan un espacio, privado o público, sentándose en este. Es un tipo de manifestación que fue muy empleada en el movimiento por los derechos civiles de la población afroamericana en los Estados Unidos. 

[2]     “Brown” en el original.

[3]     Movimiento Sindical Revolucionario de Salud. 

[4]     Movimiento Sindical Revolucionario de Dodge ; creado por lxs trabajadores de la fábrica de Dodge. 

[5]     «The projects» en el original, expresión informal utilizada para denominar los proyectos de vivienda subsidiados por el estado. 

[6]     Es un programa que tiene como objetivo ayudar a las personas de escasos recursos económicos de los Estados Unidos a acceder a servicios de salud. 

[7]     AIDS movement

[8]     Este artículo fue publicado por primera vez en el año 2019, antes de la pandemia del coronavirus.

(Tomado de Carcaj)

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