La metáfora del tren subterráneo

por Juan García Brun

En el siglo XIX los teatros nacionales, las «óperas», fueron una expresión material de la transformación social originada en la cultura por las revoluciones burguesas. Su efecto inmediato fue llevar a un público amplio —antes de la radio, los discos y la amplificación— esta cultura, que salió de las cámaras palaciegas y llegó a las galerías populares para transformarse de un modo definitivo. Tales construcciones contribuyeron a erigir el orgullo nacional y el espectáculo como escenificación de lo civilizado. La tragedia griega supuso el teatro como objeto físico tanto como las justas deportivas supusieron gimnasios, anfiteatros y coliseos.

A partir del siglo pasado, los trenes subterráneos fueron el primer síntoma de la moderna ciudad capitalista. Millones de obreros son trasladados diariamente mediante gigantescas y tecnificadas instalaciones ferroviarias urbanas eléctricas. Los trenes subterráneos o «metros» distinguieron durante el siglo XX a las metrópolis de las simples ciudades. El metro de Londres en 1863, es seguido por el Estambul en 1875 y el de Chicago en 1892. La literatura y el cine encontraron en estos sistemas de transporte un escenario para la cultura paradojalmente tensionada por aglomeración y la soledad.

Cada Metro se presenta como una cruda manifestación de los intestinos de la sociedad que lo ha creado. El Metro de Nueva York, como el de Buenos Aires, impresionan por su abandono, atraso y obsolescencia. El fastuoso metro de Leningrado es expresivo de la megalomanía estalinista. Los metros de Londres, París y Berlín fueron trincheras, refugios y hasta tumbas masivas de castigo como deliró Hitler en abril de 1945, quien pidió a Speer se encargara de inundarlas para dar muerte a los derrotados y refugiados berlineses.

El Metro de Santiago estuvo proyectado desde 1924. El caótico y atrasado capitalismo chileno hubo de esperar medio siglo, una revolución y una contrarrevolución para que en 1975 Augusto Pinochet inaugurara el hoy más grande ferrocarril subterráneo de sudamérica de 143 estaciones en una red de 149 kilómetros. El Metro de Santiago —por lo mismo— es una precisa medida del desarrollo capitalista en nuestro país y parte sustancial de su identidad cultural.

Que éste Metro haya sido escenario del glorioso levantamiento popular de Octubre de 2019 y que las masas lo hayan atacado, significando en él la oprobiosa maquinaria de explotación del gran capital, es una demostración de la importancia política de este medio de transporte. Los pacifistas, los demócratas y los adictos a las conspiraciones podrán especular inútilmente sobre quiénes quemaron ciertas estaciones Metro, pero no podrán comprender por qué los trabajadores atacaron lo que aquellos consideran «su» medio de transporte.

La idea de un tren subterráneo se nos presenta como una metáfora del inconsciente social, una estructura móvil que recorre las entrañas de lo aparente y que traslada a los hombres de una estación a otra. La aglomeración y la pérdida de identidad en las profundidades es el precio que debemos pagar para vivir. Se trata —por lo mismo— de un viaje que lacera no solo la identidad, sino que la dignidad del transportado. Los obscenos amontonamientos en la mañana y de regreso, en la noche, nos exponen y nos hacen vulnerables. La imagen que acompaña esta nota —y que la inspira— representa todo este problema social: las piernas expuestas de la mujer que parecen refugiarse en las del varón que la acompaña. En el entorno, las piernas amenazantes de los extraños y la mirada intrusiva del fotógrafo que nos obliga a bajar a esas profundidades y a participar donde nadie nos ve.

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