Tiburón y el fin de la inocencia imperial

por Juan García Brun

La irrupción de Tiburón (Jaws) en 1975 no puede comprenderse como un simple hito del cine de suspenso, sino como una condensación estética de una mutación histórica más profunda: el pasaje de una sociedad que se pensaba invulnerable a otra que comienza a intuir su propia fragilidad. En ese sentido, la obra de Steven Spielberg procesa, bajo la forma de entretenimiento popular, el trauma político de la derrota en Vietnam, del mismo modo en que Moby-Dick de Herman Melville había elaborado, un siglo antes, las tensiones de un mundo sacudido por el agotamiento del proyecto absolutista. En ambos casos, el monstruo —ballena o tiburón— no es un objeto, sino una mediación simbólica: lo desconocido que irrumpe para desmentir la ilusión de dominio.

El recurso técnico que obligó a ocultar al tiburón durante gran parte del metraje devino, en manos de Spielberg, en una operación estética de primer orden: el peligro se vuelve abstracto, omnipresente, invisible. No se trata del animal, sino de aquello que no puede ser representado directamente. Esta economía de la imagen convierte a Tiburón en una alegoría del miedo moderno: un miedo sin forma definida, que no puede localizarse ni conjurarse, y que, por lo mismo, adquiere una potencia totalizante. En el contexto de los años setenta, ese miedo es la guerra, la crisis, la pérdida de hegemonía; en el nuestro, amenaza con tomar la forma de un colapso sistémico global.

El arco de Martin Brody —el hombre común que teme al agua y, sin embargo, debe enfrentarse al océano— reconfigura el heroísmo en clave plebeya. Frente a la ineptitud de las instituciones —encarnadas en el alcalde que prioriza la economía turística por sobre la vida—, la película desplaza la resolución del conflicto hacia una alianza contingente entre sujetos heterogéneos. Brody, Hooper y Quint reproducen, en clave narrativa, una comunidad forzada por la catástrofe. Pero esta comunidad no es armónica: en Quint reaparece la figura trágica del Ahab moderno, arrastrando consigo la pulsión destructiva que acompaña toda empresa de dominación.

Es aquí donde la conexión con Moby Dick se vuelve decisiva. Si la ballena blanca representaba el límite infranqueable para la voluntad prometeica del siglo XIX, el tiburón de Spielberg encarna la revancha de lo real sobre una sociedad que ha hecho de la racionalidad instrumental su principio rector. En ambos relatos, la obsesión por dominar lo indominable conduce a la destrucción. Sin embargo, mientras en Melville la tragedia es explícita y total, en Tiburón se disfraza de victoria: el monstruo es eliminado, pero el mundo que lo produjo permanece intacto.

Desde esta perspectiva, la célebre frase “necesitamos un barco más grande” funciona como síntesis de época. No es solo la constatación de una insuficiencia material, sino la intuición de un desajuste estructural entre las fuerzas disponibles y la magnitud del peligro. En ella resuena, de forma anticipada, la conciencia contemporánea de que las instituciones heredadas —políticas, económicas, incluso culturales— son incapaces de procesar las crisis que ellas mismas han generado.

Si se proyecta esta lectura hacia el presente, la película adquiere un carácter profético. La acumulación de tensiones —la amenaza nuclear, la degradación de las formas políticas, la conversión del poder en espectáculo grotesco, encarnado en figuras como Donald Trump— configura un horizonte en el que el terror deja de ser excepcional para volverse ambiente. En ese marco, no resulta descabellado pensar que, en cincuenta años más, Tiburón aparecerá no como una obra separada de nuestro tiempo, sino como el punto de partida de una larga tradición cinematográfica obsesionada con representar a las élites como monstruos históricos. En efecto, la cohorte de plutócratas genocidas y pedófilos que encarna Donald Trump, serán materia de una infinidad de películas, musicales, novelas y hasta representaciones plásticas en las décadas de nuestro futuro.

El arte popular, en su forma más lograda, no anticipa el futuro como profecía explícita, sino que lo contiene como latencia. Tiburón es, en ese sentido, un archivo del miedo social: registra el momento en que una sociedad comienza a sospechar que el peligro no viene de afuera, sino que habita en las profundidades de su propio orden. Y es precisamente esa sospecha —todavía difusa en 1975, hoy cada vez más nítida— la que define el cambio de época que atravesamos.