La Batalla de Maipú como paradigma revolucionario

Juan García Brun

El sentido común, bombardeado con mayor o menor elegancia por los intelectuales del régimen, sus ideólogos, universidades, centros de estudios, estadísticos y medios de comunicación social, han instalado la idea peregrina de que son los valores y las ideas expresadas institucionalmente, las que determinan y han determinado del desarrollo de la historia de la humanidad.

Las clases dominantes, desde Platón, han sostenido esta extravagante concepción aristocrática para justificar el gobierno de una minoría explotadora sobre la inmensa mayoría explotada. La expresión más brutal de este aserto es la Batalla de Maipú un lejanísimo 5 de abril —como hoy— pero de 1818. En tal jornada tuvo lugar el enfrentamiento más sangriento de la historia nacional, el desenlace de una guerra civil revolucionaria que venía desarrollándose desde 1810 y que a su turno formaba parte del colosal derrumbe del imperio español.

Ese 5 de abril la burguesía criolla derrotó militarmente a las fuerzas imperiales de la Corona española, materializando una conquista de clase explotadora contra una potencia colonial ocupante. Se trata de uno de los mayores y más significativos hechos políticos de nuestra historia y todos sabemos que no se ventiló en los tribunales, ni en las universidades ni en ningún espacio institucional creado por los imperialistas: se produjo armas en la mano, como se han logrado todas aquellas cuestiones relevantes en la historia humana.

Esto último nada tiene que ver con una perversión antropológica, sino que con la implacable ley de desarrollo histórico, aquella que indica que las condiciones para el triunfo revolucionario están determinadas tanto por el hundimiento de la capacidad reproductiva del orden establecido capitalista, como por la capacidad de la clase insurrecta de imponer materialmente un nuevo orden. Es lo que llamamos el ingreso a una era de revolución social y del terreno eh que ella tiene lugar: la lucha de clases.

Marx razona sobre esta cuestión de manera implacable:

«En la producción social de su vida, los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada del desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona todo el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una fase determinada de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica se transforma, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura ideológica erigida sobre ella».

Prologo a la contribución a la crítica de la economía política (Fragmento)

1859

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