por Gustavo Burgos
El súbito retorno de la cuestión de Malvinas al primer plano de la política argentina, esta vez impulsado por Javier Milei, y la paralela reaparición de controversias en torno al Estrecho de Magallanes han devuelto una inesperada actualidad a problemas que buena parte de la izquierda latinoamericana había relegado al archivo de las cuestiones nacionales aparentemente resueltas. Milei, cuya política exterior se encuentra entre las más abiertamente alineadas con Washington del continente, proclamó por cadena nacional que «las Malvinas son argentinas», anunció sanciones contra empresas participantes en la explotación petrolera de las islas y vinculó el reclamo territorial con el fortalecimiento estratégico argentino en Tierra del Fuego. Londres respondió reafirmando categóricamente la soberanía británica. Malvinas ha vuelto, por tanto, a mostrar su contenido explosivo: una supervivencia colonial británica, una reivindicación histórica argentina, enormes recursos naturales, rutas marítimas, proyección antártica y militarización del Atlántico Sur convergen nuevamente en un mismo punto.