por Valeria Menéndez
Hace un par de años, el escándalo de las reuniones organizadas en el domicilio de Pablo Zalaquett permitió observar durante algunas semanas un espacio habitualmente oculto de la política chilena. Ministros de Estado, dirigentes partidarios y representantes de grandes empresas se encontraron en una residencia particular, lejos de las oficinas públicas, de las cámaras y de los registros institucionales. No se trataba de una tertulia social ni de una conversación fortuita. El anfitrión era un exalcalde de la UDI que, después de abandonar los cargos electivos, había convertido sus relaciones políticas en un servicio profesional ofrecido a empresas interesadas en aproximarse al Estado.