John Reed: «La guerra de los comerciantes»

El conflicto[1] austro-serbio es una mera bagatela –como si Hoboken le declarara la guerra a Coney Island– pero toda la civilización de Europa se ve involucrada.

La verdadera guerra, de la cual este repentino estallido de muerte y destrucción es sólo un incidente, se inició hace mucho. Ha estado librándose durante decenas de años, pero sus batallas han sido tan poco publicitadas que apenas se ha tomado nota de ellas. Se trata de un choque entre comerciantes.

Es bueno recordar que el imperio alemán empezó como un convenio de negocios. La primera victoria de Bismarck fue el Zollverein, acuerdo tarifario entre una veintena de minúsculos principados alemanes. Esta liga comercial se consolidó en un Estado poderoso por medio de victorias militares. No debe sorprendernos que los hombres de negocios  alemanes crean  que el desarrollo de su comercio depende de la  fuerza.

«Ohne Armee, kein Deutschland» («Sin ejército no hay Alemania») no sólo es la divisa del Kaiser y la casta militar. El éxito de la propaganda militarista de la Liga Naval y otras organizaciones patrioteras parecidas depende del hecho de que nueve de cada diez alemanes leen la historia de esa manera…

Después de la guerra franco-prusiana de 1870 vino el «Gründerzeit» (el «periodo de fundación»). Todo lo alemán saltó adelante en un impulso impresionante de crecimiento.

La retirada de los océanos de la marina mercante alemana nos ha recordado la importancia mundial de sus servicios de transporte. Todas esas grandes flotas alemanas de cruceros y buques mercantes surgieron a partir de 1870. En la industria acerera, en la producción textil, en la minería y el comercio, en cada rama de la moderna vida industrial y comercial, y también en términos de población, el desarrollo alemán ha sido igualmente asombroso.

Pero geográficamente todos los campos para el desarrollo se habían cerrado.

En los días en que no había un ejército ni una unidad alemana, los ingleses y los franceses se habían apoderado de la tierra a manos llenas.

Inglaterra y Francia veían el desarrollo alemán con desconfianza y falsas intenciones de paz. «No intentamos ya apoderarnos de más territorio. La paz de Europa exige el mantenimiento del statu quo.»

Con estas palabras todavía frescas en los labios, Gran Bretaña tomó Sudáfrica. Y fingió infinita sorpresa y pesar cuando los alemanes no aplaudieron esta clausura de otros  mercados.

En 1909, el rey Eduardo –gran amigo de la paz–, luego de largas conversaciones secretas, anunció la Entente Cordiale, por la que Francia prometió apoyar a Inglaterra para absorber Egipto, e Inglaterra apoyar a Francia en su aventura de  Marruecos.

Las noticias de este subrepticio «acuerdo de caballeros» provocó una tormenta. El Kaiser, con frenética indignación, gritó: «Nada puede suceder en Europa sin mi   consentimiento».

Los amantes de la paz en Londres y París convinieron en que esta amenaza de guerra era muy descortés. Pero estaban obteniendo lo que querían sin mancharse las manos de sangre, así que consintieron en celebrar una conferencia diplomática en Algeciras. Francia prometió solamente no anexionarse Marruecos, y sobre todo juró que se encargaría de mantener «la puerta abierta». Todo el mundo iba a tener iguales oportunidades comerciales. La tormenta se disipó.

Un ejemplo, entre miles, de cómo los franceses observaron  su promesa de mantener una puerta abierta en Marruecos lo proporciona el método de comprar telas para uniformar al Ejército Moro.

De acuerdo con el »Acta de Algeciras», que estipulaba que todos los contratos debían someterse a subasta internacional, se anunció que el sultán había decidido que los uniformes de sus soldados se hicieran sobre un gran pedido de caqui. Las «especificaciones» se publicarían cierto día –de acuerdo con la ley se invitaría a los fabricantes de tela del mundo para que estuviesen presentes.

Las «especificaciones» exigían que la tela fuera entregada en tres meses y que fuera de un cierto ancho de tres yardas, según recuerdo. «Pero», protestaron los representantes de una firma alemana, «no hay telares de esa anchura en el mundo. Tomaría meses construirlos». Pero se descubrió que un precavido (o alertado de antemano) fabricante de Lyon había instalado las máquinas necesarias hacía unos pocos meses. Consiguió el contrato.

El embajador en Tánger tuvo que contratar enviados especiales para trasmitir a Berlín las quejas de los mercaderes alemanes en protesta contra la impracticabilidad de la «puerta abierta» de Francia.

Quizá lo más exasperante de todo haya sido la pelea por el ferrocarril de Bagdad. Un grupo de capitalistas alemanes consiguió una concesión para un ferrocarril que abriera Asia Menor por el camino de Bagdad y el Golfo Pérsico. Se trataba de un país no desarrollado que ofrecía justamente la clase de salida comercial que ellos necesitaban.

El plan lo bloqueó Inglaterra con el pretexto de que ese ferrocarril podía usarlo el Kaiser para enviar sus ejércitos a medio mundo de distancia para robarse la India. Pero los alemanes comprendieron muy bien que los mercaderes y navieros ingleses no querían ver amenazado su monopolio comercial índico. Incluso al anotarse esta gran victoria comercial –el bloqueo del ferrocarril de Bagdad–, los diplomáticos ingleses juraron su amor a la paz y su deseo, de todo corazón, de preservar el statu quo. Fue en esta coyuntura cuando un diputado del Reichstag dijo: «El statu quo es una agresión».

En pocas palabras: la situación es ésta. Los capitalistas alemanes quieren más beneficios. Los capitalistas ingleses y franceses lo quieren todo. Esta guerra comercial se ha librado durante años. No hay nadie que aborrezca tan completamente el militarismo como yo. Nadie desea tan fervientemente que esa vergüenza sea borrada de este siglo. «No es con oratoria parlamentaria ni con los votos de la mayoría que podrán resolverse las grandes cuestiones del momento, sino con sangre y hierro» –»durch Blut und Eisen»–: estas palabras de Bismarck son la divisa de la Reacción. No hay obstáculo más claro en el camino del progreso democrático.

Y no ha habido declaraciones recientes que me parecieran tan ridículamente condescendientes como el discurso del Kaiser a «su» pueblo en el que dijo que en esta suprema crisis él perdonaba libremente a todos cuantos se le habían opuesto. Me avergüenza que en nuestros días, en un país civilizado, alguien pueda decir tan arcaicas tonterías.

Pero peor que el «gobierno personal» del Kaiser, peor  aún que los ideales embrutecedores que se jacta de defender, es la descarada hipocresía de sus enemigos armados, que vociferan por una paz que su codicia ha hecho  imposible.

Más nauseabundo que los disparates ampulosos del Kaiser es el coro editorial, en Estados Unidos, que pretende creer –y hacemos creer– que el Blanco e Inmaculado Caballero de la Democracia Moderna está en marcha contra el Monstruo Indeciblemente Vil del Militarismo Medieval.

¿Qué tiene que hacer la democracia en alianza con Nicolás el zar? ¿Es liberalismo lo que viene desde el Petersburgo del pope Gapón[2], desde la Odesa de los pogroms? ¿Nuestros editorialistas son lo bastante ingenuos para creer  esto?

No. Hay desavenencias entre rivales comerciales. Un lado ha observado las formas corteses de la diplomacia y ha hablado de «paz», confiando, entre tanto, en la eminentemente pacífica marina de Gran Bretaña y en el ejército francés y en los millones de semisiervos que le han sobornado al Zar de Todas las Rusias (y a La Haya) para lanzarlos contra los alemanes. En el otro lado ha habido malos modales, y el horrible Evangelio de la Sangre y el Hierro.

Nosotros, los que somos socialistas, debemos desear –debemos incluso esperar– que del horror de la matanza y la siniestra destrucción saldrán trascendentes cambios sociales y un gran paso adelante hacia nuestra meta de paz entre los hombres. Pero no debemos engañamos con esta palabrería editorial sobre el Liberalismo que emprende una Guerra Santa contra la Tiranía.

Esta no es Nuestra Guerra.

Notas:
[1] Este texto, «Toe Trader’s War», fue publicado en The Masses en septiembre de 1914, trad. de David Huertas.
[2] Sacerdote ruso que se volvió agente de la policía. Condujo a los trabajadores a presentar una petición al zar en el Palacio de Invierno de San Petersburgo, el 22 de enero de 1905 y fueron masacrados por las tropas provocando de esta manera la crisis revolucionaria de 1905, considerada por Trotsky como el «ensayo general» de 1917.

Texto incluido en el libro Rojos y rojas.

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