Allende: el discurso final, la derrota del reformismo y la memoria confiscada

por Gustavo Burgos

Cada 11 de septiembre el último discurso de Salvador Allende vuelve a escucharse como si el tiempo se hubiese detenido a las nueve de la mañana de 1973. Su voz sobreviviendo al estruendo de los Hawker Hunter, el palacio en llamas, las últimas palabras transmitidas por Radio Magallanes y la decisión personal de no rendirse han adquirido la condición de una escena fundacional de la memoria política chilena. Pero precisamente porque se trata de una escena extraordinaria, cargada de una potencia moral difícilmente comparable en la historia universal, existe la obligación de hacer con ella algo más que emocionarse. Allende no habló únicamente como un hombre que sabía que iba a morir. Habló como jefe de un proceso político derrotado y, en sus palabras finales, quedaron condensados tanto la extraordinaria dignidad personal del Presidente como los límites históricos de la estrategia que había conducido a la Unidad Popular hasta aquel callejón sin salida. Ya hemos sostenido que la grandeza moral de Allende no puede ocultar el contenido político de aquellos discursos: mientras el golpe destruía materialmente el gobierno, la convocatoria a los trabajadores continuaba subordinada hasta el último instante a la institucionalidad y a las instrucciones presidenciales; el poder independiente de la clase obrera, cuya expresión embrionaria habían sido los Cordones Industriales, nunca apareció como alternativa estatal frente al derrumbe del aparato constitucional.

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La izquierda compatible: de la Guerra Fría cultural al radicalismo del «comité de la muerte» en Socialism 2026

por Chris Morlock

La gente está viendo ahora mismo vídeos virales de la conferencia Socialismo 2026 y preguntándose qué demonios están viendo y escuchando. En concreto, se están difundiendo fragmentos de paneles sobre Beatrice Adler-Bolton y este contexto más amplio de justicia para las personas con discapacidad como ejemplos de una política que parece tratar la aptitud física y la disciplina corporal como algo fascista, mientras que eleva lo que equivale a una celebración de cualidades disgenésicas como revolucionaria, por ejemplo (lo que ha provocado fuertes críticas e indignación). Es como si todo esto hubiera sido orquestado precisamente para invalidar cualquier estrategia de «inclinar al Partido Demócrata hacia la izquierda»; parece una estrategia inviable que clasifica inmediatamente cualquier poder político de «izquierda» como absurdo de facto.

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En el Foro de los yanaconas: Milei aplaude el golpe de Pinochet y ofrece América Latina a la estrategia de Trump

por Alejandro Valenzuela Torres

El discurso de Javier Milei en Santiago —y su posterior «cadena nacional» en Buenos Aires— tuvo la virtud involuntaria de desnudar el contenido político del Foro Madrid con una claridad que sus organizadores probablemente hubieran preferido evitar. Detrás de la escenografía de una supuesta “batalla cultural”, de las invocaciones rituales a la libertad, de las diatribas contra el socialismo y de una retórica deliberadamente estridente que pretende presentar como insurgentes a quienes gobiernan Estados, disponen de policías, administran presupuestos y cuentan con el respaldo de importantes fracciones del gran capital, apareció una cuestión bastante más concreta: la tentativa de reorganizar políticamente América Latina como espacio estratégico de la renovada hegemonía norteamericana bajo Donald Trump. En este sentido, Milei no fue simplemente uno de los participantes más notorios del encuentro. Fue su línea gravitacional, porque llevó hasta sus últimas consecuencias aquello que los demás concurrentes expresaron de manera más cautelosa: la transformación de los gobiernos latinoamericanos afines en auxiliares políticos, económicos y eventualmente militares de Washington en el nuevo escenario de disputa mundial.

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