Chacha Sandoval, la memoria de la derrota y una discusión que la transición quiso clausurar

por Gustavo Burgos

La muerte del compañero Héctor Luis “Chacha” Sandoval y la reedición, a propósito de ella, de la declaración suscrita en 2017 por numerosos y respetables antiguos militantes y dirigentes del MIR, contra las tesis contenidas en su controversial libro Un viaje a los sótanos de la dictadura vuelven a colocar sobre la mesa un  problema que sería un error reducir a una disputa entre antiguos camaradas. Las acusaciones formuladas por Sandoval acerca de una supuesta penetración de niveles relevantes de la Dirección Interior del MIR por los organismos represivos son suficientemente graves como para exigir pruebas igualmente graves; allí donde éstas no existan, corresponde decirlo con claridad. Pero limitar nuevamente la discusión a determinar quién dijo la verdad, quién difamó a quién o quién actuó con mayor consecuencia reproduciría precisamente uno de los problemas que atraviesan la elaboración histórica de la derrota revolucionaria chilena: la sustitución del análisis político por el juicio moral. La declaración de 2017 contiene, en cambio, un punto mucho más fecundo cuando reconoce que, junto con la acción devastadora de los organismos represivos, existieron “errores políticos de evaluación de la fuerza propia y de la del enemigo”. Allí comienza una importante discusión política, porque obliga a abandonar el cómodo territorio de héroes, traidores, culpables y mártires para ingresar en otro mucho más relevante: estrategia, programa, dirección, relación con las masas, correlación de fuerzas y derrota.

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Allende: el discurso final, la derrota del reformismo y la memoria confiscada

por Gustavo Burgos

Cada 11 de septiembre el último discurso de Salvador Allende vuelve a escucharse como si el tiempo se hubiese detenido a las nueve de la mañana de 1973. Su voz sobreviviendo al estruendo de los Hawker Hunter, el palacio en llamas, las últimas palabras transmitidas por Radio Magallanes y la decisión personal de no rendirse han adquirido la condición de una escena fundacional de la memoria política chilena. Pero precisamente porque se trata de una escena extraordinaria, cargada de una potencia moral difícilmente comparable en la historia universal, existe la obligación de hacer con ella algo más que emocionarse. Allende no habló únicamente como un hombre que sabía que iba a morir. Habló como jefe de un proceso político derrotado y, en sus palabras finales, quedaron condensados tanto la extraordinaria dignidad personal del Presidente como los límites históricos de la estrategia que había conducido a la Unidad Popular hasta aquel callejón sin salida. Ya hemos sostenido que la grandeza moral de Allende no puede ocultar el contenido político de aquellos discursos: mientras el golpe destruía materialmente el gobierno, la convocatoria a los trabajadores continuaba subordinada hasta el último instante a la institucionalidad y a las instrucciones presidenciales; el poder independiente de la clase obrera, cuya expresión embrionaria habían sido los Cordones Industriales, nunca apareció como alternativa estatal frente al derrumbe del aparato constitucional.

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A cuarenta años del atentado a Pinochet: la revolución que la transición quiso borrar

A la memoria de José Carrasco Tapia, Gastón Vidaurrázaga Manríquez, Felipe Rivera Gajardo y Abraham Muskatblit Eidelstein, secuestrados y asesinados por agentes de la dictadura en una operación de terror de Estado desplegada inmediatamente después del atentado y que acompañó la declaración del Estado de Sitio ordenada por el régimen de Pinochet.

por Gustavo Burgos

El 7 de septiembre de 1986, hace exactamente cuarenta años, un comando del Frente Patriótico Manuel Rodríguez emboscó la comitiva de Augusto Pinochet en la cuesta Las Achupallas, en el Cajón del Maipo. La llamada Operación Siglo XX movilizó a una veintena de combatientes, armas automáticas, explosivos y lanzacohetes contra el núcleo material del poder dictatorial. Pinochet sobrevivió; cinco integrantes de su escolta murieron y otros resultaron heridos. La operación fracasó en su objetivo inmediato, pero consiguió algo que la reconstrucción posterior de aquellos años se ha empeñado sistemáticamente en disminuir: demostrar materialmente que la dictadura podía ser golpeada, que su jefe no era intocable y que, en el Chile de 1986, la cuestión del poder no se planteaba exclusivamente —ni siquiera principalmente— en los términos electorales mediante los cuales posteriormente sería narrado el final del régimen. La Operación Siglo XX se produjo, además, en el punto culminante de un ciclo de movilización iniciado con las protestas nacionales de 1983 y desarrollado mediante paros, barricadas, enfrentamientos poblacionales, movilizaciones estudiantiles, huelgas y formas crecientes de autodefensa popular. No fue un meteorito militar caído desde fuera de la lucha de clases, sino una de sus expresiones más extremas.

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Camilo Escalona: una tradición política que corresponde sepultar

por Valeria Menéndez

La muerte de Camilo Escalona Medina, ocurrida este 4 de septiembre, ha dado lugar a una sucesión previsible de homenajes en los que se lo presenta como uno de los grandes dirigentes del socialismo chileno contemporáneo. La fórmula se repite: dirigente popular, resistente a la dictadura, constructor de la unidad socialista, presidente del Partido Socialista, parlamentario y presidente del Senado. Todo ello es, formalmente, cierto. Pero justamente por eso resulta insuficiente. Porque si alguna significación histórica posee la trayectoria de Escalona no radica simplemente en la continuidad de una militancia iniciada en su adolescencia, sino en la formidable transformación política experimentada por una parte sustancial de la izquierda chilena durante las últimas décadas del siglo XX: aquella que comenzó hablando en nombre de la clase trabajadora y terminó administrando, legitimando y defendiendo las instituciones económicas y políticas del orden capitalista.

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