por Gustavo Burgos
La muerte de Patricio Guzmán obliga a volver sobre la trilogía de La Batalla de Chile, una obra que excede ampliamente el campo del documental y aun el de la memoria histórica. Si hubiera que situar a Guzmán en su tiempo, habría que hacerlo en aquella generación que llegó precozmente a la madurez intelectual durante los años sesenta y comienzos de los setenta —la gloriosa generación de Miguel Enríquez—una generación que en su vertiente artística e intelectual dejó de concebir la política como un asunto exterior a la obra artística. Guzmán por derecho propio pertenece al ciclo del Nuevo Cine Chileno que reunió, con enormes diferencias entre sí, a Miguel Littin, Raúl Ruiz, Helvio Soto, Aldo Francia y Pedro Chaskel; un movimiento que asumió como problemas propios los conflictos sociales, la perspectiva continental, el antiimperialismo y la transformación revolucionaria. Pero pertenece también, en un sentido histórico más amplio a la constelación que produjo la Nueva Canción Chilena, las búsquedas de Víctor Jara, Quilapayún e Inti-Illimani y, desde territorios musicales diferentes, la experimentación progresiva de Los Jaivas y Congreso. En poesía es la generación de Juan Luis Martínez, Claudio Bertoni y Raúl Zurita. Es la época del estructuralismo de Ariel Dorfman, Armand Mattelart y Marta Harnecker. La intelectualidad chilena de aquellos años, como podemos ver, era un gigantesco laboratorio de tradición popular, vanguardia, rock, folclor, música docta, cine y política. Buscaban lenguajes capaces de representar a un sujeto social que había irrumpido en escena con sed de poder: la clase obrera.