La última entrevista a Roberto Bolaño: «Cada vez que me ponía los patines era como si me quisiera suicidar»

Borges observa que Cervantes, al devolverle la cordura a Alonso Quijano antes de hacerlo morir, ejecuta un gesto a la vez piadoso y devastador: mata no sólo al hombre, sino también al mito, clausura la literatura dentro de la vida y la vida dentro de la muerte. Algo semejante ocurre en esta entrevista final de Mónica Maristain: Bolaño comparece sin épica, sin pathos trascendental, armado únicamente de ironía, lucidez y una obstinada negativa a solemnizar su propia figura.

Como el Quijote que reniega de los libros de caballería, Bolaño desactiva en cada respuesta el aura del “gran escritor”: se burla de los premios, relativiza su obra, descree del futuro y afirma que lo único que cuenta es el pasado. No hay revelación final ni testamento literario; hay, más bien, una renuncia consciente a la posteridad, un gesto borgiano de modestia radical que devuelve al escritor a su condición de lector, de hombre enfermo, de padre, de sujeto finito.

En Borges, el final del Quijote es insoportable porque el héroe muere cuerdo. En Bolaño, la entrevista es insoportable por lo contrario: porque el escritor se mantiene fiel a una lucidez que no necesita consuelo metafísico ni redención literaria. Ambos finales comparten una misma verdad: la literatura no salva, pero permite mirar de frente la muerte sin impostura. Y en ese gesto seco, sin épica, se cifra su grandeza.

Juan García Brun

Leer más

Cuento de Roberto Bolaño: «Sensini»

 La forma en que se desarrolló mi amistad con Sensini sin duda se sale de lo corriente. En aquella época yo tenía veintitantos años y era más pobre que una rata. Vivía en las afueras de Girona, en una casa en ruinas que me habían dejado mi hermana y mi cuñado tras marcharse a México y acababa de perder un trabajo de vigilante nocturno en un cámping de Barcelona, el cual había acentuado mi disposición a no dormir durante las noches. Casi no tenía amigos y lo único que hacía era escribir y dar largos paseos que comenzaban a las siete de la tarde, tras despertar, momento en el cual mi cuerpo experimentaba algo semejante al jet-lag, una sensación de estar y no estar, de distancia con respecto a lo que me rodeaba, de indefinida fragilidad. Vivía con lo que había ahorrado durante el verano y aunque apenas gastaba mis ahorros iban menguando al paso del otoño. Tal vez eso fue lo que me impulsó a participar en el Concurso Nacional de Literatura de Alcoy, abierto a escritores de lengua castellana, cualquiera que fuera su nacionalidad y lugar de residencia. El premio estaba divido en tres modalidades: poesía, cuento y ensayo. Primero pensé en presentarme en poesía, pero enviar a luchar con los leones (o con las hienas) aquello que era lo que mejor hacía me pareció indecoroso. Después pensé en presentarme en ensayo, pero cuando me enviaron las bases descubrí que éste debía versar sobre Alcoy, sus alrededores, su historia, sus hombres ilustres, su proyección en el futuro y eso me excedía. Decidí, pues, presentarme en cuento y envié por triplicado el mejor que tenía (no tenía muchos) y me senté a esperar.

Leer más

Javier Cercas sobre Roberto Bolaño


Ya he escrito sobre esto antes, pero quiero contar la historia de nuevo. Sucedió, supongo, alrededor de 1981 o 1982, a las puertas del Bistrot, un bar en el centro histórico de Girona, España. Iba caminando hacia la universidad con mi compañero de clase Xavier Coromina cuando se detuvo a saludar a un chico que era un poco mayor que nosotros, parecía un vendedor ambulante hippie y tenía acento latinoamericano, mexicano o argentino o chileno (en ese entonces no podía distinguir uno del otro). Hablaron. En un momento dado Coromina le preguntó al chico cómo iban las cosas con la novela que estaba escribiendo. Puso cara de escepticismo y respondió: “Va, va, pero quién sabe hacia dónde va realmente”.

Leer más

Apple TV: «Quién le teme a Virginia Woolf», el amor como algo inhumano

por Juan García Brun

En marzo la plataforma Apple TV incorporó a su parrilla una de las grandes películas del canon clásico de los 60, «Quién le teme a Virginia Woolf», 1966, dirigida por Mike Nichols basada en la obra teatral homónima de Edward Albee. Una obra que ha ido creciendo con el paso del tiempo, diríase en la misma proporción que la memoria de Richard Burton (George) y Elizabeth Taylor (Martha) se desdibuja, dejando a los personajes, al guión, a la producción en su conjunto, navegar con autonomía. Filmada en un deliberado y necesario blanco y negro, la agobiante historia narrada en tiempo real, teatraliza —porque esta película es una obra de teatro llevada a la pantalla— el fin de una era, la tragedia y decadencia de la intelectualidad norteamericana y , por supuesto, el desamor.

Leer más