La última entrevista a Roberto Bolaño: «Cada vez que me ponía los patines era como si me quisiera suicidar»

Borges observa que Cervantes, al devolverle la cordura a Alonso Quijano antes de hacerlo morir, ejecuta un gesto a la vez piadoso y devastador: mata no sólo al hombre, sino también al mito, clausura la literatura dentro de la vida y la vida dentro de la muerte. Algo semejante ocurre en esta entrevista final de Mónica Maristain: Bolaño comparece sin épica, sin pathos trascendental, armado únicamente de ironía, lucidez y una obstinada negativa a solemnizar su propia figura.

Como el Quijote que reniega de los libros de caballería, Bolaño desactiva en cada respuesta el aura del “gran escritor”: se burla de los premios, relativiza su obra, descree del futuro y afirma que lo único que cuenta es el pasado. No hay revelación final ni testamento literario; hay, más bien, una renuncia consciente a la posteridad, un gesto borgiano de modestia radical que devuelve al escritor a su condición de lector, de hombre enfermo, de padre, de sujeto finito.

En Borges, el final del Quijote es insoportable porque el héroe muere cuerdo. En Bolaño, la entrevista es insoportable por lo contrario: porque el escritor se mantiene fiel a una lucidez que no necesita consuelo metafísico ni redención literaria. Ambos finales comparten una misma verdad: la literatura no salva, pero permite mirar de frente la muerte sin impostura. Y en ese gesto seco, sin épica, se cifra su grandeza.

Juan García Brun

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