El PCR chileno desde dentro: memoria, revolución y derrota de una generación militante

por El Porteño

El Porteño presenta la primera parte de un extraordinario testimonio colectivo registrado en 2017: siete antiguos militantes del Partido Comunista Revolucionario de Chile —Salvador Misleh, Sergio Grez, Eduardo Artés, Hugo Valenzuela, Patricia Soto, Julián Gonzalorena y Patricio Silva— reconstruyen desde su propia experiencia la historia de una organización que intentó levantar, durante los años sesenta y setenta, una alternativa revolucionaria al reformismo del Partido Comunista y a la estrategia institucional de la Unidad Popular. El resultado constituye mucho más que un documento testimonial: abre una discusión acerca del partido revolucionario, la relación entre programa y masas, el carácter del Estado y las derrotas estratégicas de la izquierda chilena.

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Miguel Woodward: el cura obrero de Valparaíso y el cristianismo que tomó partido

por Valeria Menéndez

La historia de Miguel Woodward Iriberry (en la foto de portada, de bigotes y maletín, marcha en primer plano) ocupa un lugar singular en la memoria política de Valparaíso. Sacerdote, ingeniero, obrero industrial, dirigente sindical y militante del MAPU, su trayectoria reunió en una sola vida varias de las corrientes que atravesaron la radicalización política de América Latina durante las décadas de 1960 y 1970: la irrupción del movimiento obrero como actor político independiente, la crisis del viejo orden oligárquico, la Revolución Cubana, la renovación de la Iglesia posterior al Concilio Vaticano II y el surgimiento de un cristianismo que ya no se conformaba con predicar caridad hacia los pobres, sino que comenzaba a interrogarse acerca de las estructuras económicas que producían la pobreza. Woodward perteneció a esa generación de cristianos que llevó aquella conclusión hasta sus consecuencias políticas. Su vida terminó después del golpe militar de 1973: fue detenido por fuerzas vinculadas a la Armada, torturado y murió bajo custodia de agentes del Estado, mientras su cuerpo nunca fue recuperado. La documentación histórica registra su muerte el 22 de septiembre de 1973.

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Significado de «La Batalla de Chile» de Patricio Guzmán: la revolución filmada contra el reformismo

por Gustavo Burgos

La muerte de Patricio Guzmán obliga a volver sobre la trilogía de La Batalla de Chile, una obra que excede ampliamente el campo del documental y aun el de la memoria histórica. Si hubiera que situar a Guzmán en su tiempo, habría que hacerlo en aquella generación que llegó precozmente a la madurez intelectual durante los años sesenta y comienzos de los setenta —la gloriosa generación de Miguel Enríquez—una generación que en su vertiente artística e intelectual dejó de concebir la política como un asunto exterior a la obra artística. Guzmán por derecho propio pertenece al ciclo del Nuevo Cine Chileno que reunió, con enormes diferencias entre sí, a Miguel Littin, Raúl Ruiz, Helvio Soto, Aldo Francia y Pedro Chaskel; un movimiento que asumió como problemas propios los conflictos sociales, la perspectiva continental, el antiimperialismo y la transformación revolucionaria. Pero pertenece también, en un sentido histórico más amplio a la constelación que produjo la Nueva Canción Chilena, las búsquedas de Víctor Jara, Quilapayún e Inti-Illimani y, desde territorios musicales diferentes, la experimentación progresiva de Los Jaivas y Congreso. En poesía es la generación de Juan Luis Martínez, Claudio Bertoni y Raúl Zurita. Es la época del estructuralismo de Ariel Dorfman, Armand Mattelart y Marta Harnecker. La intelectualidad chilena de aquellos años, como podemos ver, era un gigantesco laboratorio de tradición popular, vanguardia, rock, folclor, música docta, cine y política. Buscaban lenguajes capaces de representar a un sujeto social que había irrumpido en escena con sed de poder: la clase obrera.

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La Parada Militar: la oligarquía, Körner y el Ejército contra el pueblo

por Alejandro Valenzuela Torres

Cada 19 de septiembre, la burguesía chilena celebra uno de sus rituales políticos más persistentes. Bajo el nombre de «Glorias del Ejército», miles de efectivos desfilan por el Parque O’Higgins mientras las autoridades civiles contemplan desde las tribunas el despliegue de tropas, armamentos, estandartes y bandas militares. La ceremonia pretende representar una institución situada por encima de los conflictos sociales, encarnación permanente de la patria y continuidad armada de la nación. Sin embargo, basta remover algunas capas de esta liturgia para que aparezca una historia bastante menos edificante: guerras civiles, sometimiento militar del pueblo mapuche, influencia castrense extranjera, represión del movimiento obrero, masacres de trabajadores, golpes de Estado y, finalmente, el genocidio político desencadenado a partir del 11 de septiembre de 1973. La pregunta relevante no es, entonces, qué tan marcialmente desfilan las tropas, sino qué historia social se oculta bajo el concepto abstracto de «glorias» y qué función ha desempeñado concretamente el aparato militar cuando los conflictos de clase han puesto en peligro el orden existente.

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Patricio Guzmán: el cine como barricada de la memoria

por El Porteño

Ha muerto en París Patricio Guzmán. Con él desaparece no solamente uno de los grandes cineastas chilenos, sino una de las miradas políticas fundamentales de la generación que vivió, protagonizó y documentó el proceso revolucionario abierto en Chile durante los años sesenta y que alcanzó su punto culminante bajo la Unidad Popular. Guzmán falleció este 15 de septiembre, a los 85 años, en un hospital parisino. 

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Seis días antes del golpe, los Cordones Industriales plantearon la cuestión del poder: ¿Dónde está el nuevo Estado?

por El Porteño

Seis días antes del golpe de Estado —la carta está fechada el 5 de septiembre de 1973—, los Cordones Industriales formularon algo considerablemente más profundo que una advertencia desesperada a Salvador Allende. Leída junto a los últimos textos de Luis Corvalán y al discurso pronunciado por Carlos Altamirano el 9 de septiembre, la carta permite reconstruir la contradicción fundamental que atravesó a la Unidad Popular: mientras la movilización obrera había comenzado a producir organismos que planteaban embrionariamente el problema del poder, las principales direcciones de la coalición continuaban concibiendo la crisis dentro del horizonte del Estado existente. La diferencia entre su ala derecha y su ala izquierda fue enorme en el lenguaje, en la actitud frente a la Democracia Cristiana y en la disposición al enfrentamiento; pero resultó mucho menor —y finalmente insuficiente— respecto de la cuestión decisiva: qué poder debía sustituir al poder burgués que preparaba abiertamente la contrarrevolución.

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Valdivia, la civilización y sus ruinas: por una historia material de la memoria

por Juan García Brun

De niño conocí, en los 70, dos formas radicalmente diferentes de destrucción. Una provenía del movimiento ciego de la naturaleza, el terremoto de Valdivia de 1960; la otra, de hombres organizados, instituciones, clases sociales, armas, intereses materiales y voluntad política en 1973. Tal vez por eso la ruina nunca me ha parecido simplemente una cosa vieja. Es, antes que nada, una pregunta. La pregunta podría formularse de esta manera: ¿en qué momento un montón de piedras deja de ser basura y comienza a ser cultura? La diferencia no reside estrictamente en el objeto. Una pared derrumbada puede ser retirada por una retroexcavadora como escombro o puede ser rodeada por una verja, iluminada, estudiada, fotografiada y declarada patrimonio de la humanidad. Entre ambas posibilidades media una operación social. La ruina no existe plenamente en el instante de la destrucción: aparece cuando una comunidad decide que algo de aquello que ha dejado de servir debe, precisamente por haber dejado de servir, permanecer. Alain Schnapp ha mostrado que incluso la palabra griega asociada a la ruina, ereipia, remitía originalmente al acto de derribar y hacer caer; para los grandes trágicos, Troya incendiada era todavía fundamentalmente devastación. La nostalgia cultural por las ruinas adquirirá mucha mayor densidad posteriormente, particularmente en la literatura latina. Georg Simmel llevaría siglos después esta intuición hacia una definición estética: la ruina aparece allí donde la obra arrancada por el hombre a la naturaleza comienza a ser recuperada por ella. La vegetación invade el muro, la humedad come la piedra, la gravedad termina lo que el constructor había combatido. Pero esa dialéctica entre naturaleza y trabajo humano no basta: es necesaria una mirada capaz de reconocer en aquella derrota material una forma.

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