por Valeria Menéndez
La pregunta que se impone tras el alto al fuego entre Estados Unidos e Irán no es si hubo vencedores o vencidos en el plano inmediato de las operaciones militares, sino si el orden político que sostenía la ofensiva imperial puede seguir en pie. En ese marco, la continuidad de Benjamin Netanyahu en el poder aparece menos como un dato interno israelí que como un síntoma de una derrota mayor: la del imperialismo estadounidense frente a Irán. Porque, ¿qué significa que Israel —principal enclave estratégico de Estados Unidos en Medio Oriente— haya quedado fuera de la mesa en la que se definió el alto al fuego? ¿Qué expresa el hecho de que Washington haya aceptado negociar sobre la base de una propuesta iraní, luego de haber impulsado una guerra cuyo objetivo declarado era desmantelar su poder regional? La respuesta es incómoda para la narrativa oficial: expresa una retirada.
Los propios análisis reconocen que el acuerdo permite a Irán no solo sobrevivir, sino reconstruirse, manteniendo intactas las condiciones esenciales de su poder . Más aún, el cese de hostilidades en múltiples frentes —incluidos aquellos donde operan aliados de Teherán— implica una contención directa de la capacidad ofensiva de Israel, algo que Washington jamás habría aceptado en condiciones de supremacía.
La pregunta, entonces, se vuelve inevitable: si Estados Unidos retrocede, ¿puede Israel sostener su política de guerra permanente? Y más específicamente: ¿puede Netanyahu sobrevivir políticamente a un escenario en el que todas sus promesas estratégicas han fracasado?
La prensa israelí ofrece indicios elocuentes. Se admite que el conflicto termina sin una victoria decisiva, dejando a Irán en condiciones de recomponerse y, eventualmente, fortalecerse . Se reconoce también que los objetivos proclamados —desde la destrucción del programa nuclear iraní hasta el debilitamiento irreversible de sus aliados regionales— no han sido alcanzados. Y, sobre todo, se deja entrever una inquietud de fondo: la repetición de guerras sin resolución está erosionando la credibilidad del liderazgo político israelí, tal como lo plantea el influyente Times of Israel.
En ese contexto, la figura de Netanyahu aparece profundamente comprometida. Su apuesta estratégica —arrastrar a Estados Unidos a una confrontación decisiva con Irán— no solo no logró sus objetivos, sino que terminó en una negociación que fortalece al adversario. Como revela la propia prensa israelí, esa guerra fue promovida mediante una “venta agresiva” a Washington, basada en supuestos que resultaron desconectados de la realidad . El resultado no es simplemente un error de cálculo: es un fracaso histórico.
Pero el problema excede a Netanyahu como individuo. Su crisis es la expresión concentrada de una contradicción más amplia: la divergencia entre los intereses de Estados Unidos y los de Israel en la actual fase del conflicto. Mientras Washington, presionado por el impacto económico y político de la guerra, opta por limitar el enfrentamiento, Israel insiste en prolongarlo, como lo demuestra la continuidad de sus ataques en Líbano incluso bajo el alto al fuego .
Esta divergencia abre una grieta estratégica. Israel, acostumbrado a operar bajo el paraguas irrestricto del poder estadounidense, enfrenta ahora la posibilidad de actuar en un escenario en el que ese respaldo ya no es incondicional. De ahí la pregunta decisiva: ¿puede sostenerse un gobierno basado en la guerra permanente cuando su principal garante comienza a retirarse?
La respuesta remite nuevamente a la viabilidad política de Netanyahu. Su permanencia en el poder depende de su capacidad de ofrecer resultados, de transformar la violencia en victorias. Pero la secuencia reciente —Gaza, Líbano, Irán— muestra exactamente lo contrario: una acumulación de conflictos abiertos, sin resolución, que debilitan progresivamente la posición del Estado israelí.
En este sentido, el alto al fuego no representa un cierre, sino una inflexión. La continuidad de Netanyahu se vuelve problemática no solo por razones electorales, sino porque su estrategia ha quedado objetivamente desfasada respecto de la nueva correlación de fuerzas. Si Estados Unidos no puede —o no quiere— sostener una escalada indefinida, la política israelí basada en esa escalada pierde su fundamento.
Así, la crisis del gobierno israelí aparece como un reflejo directo de la crisis del imperialismo. La retirada de Washington no es solo un hecho diplomático; es un reordenamiento del poder que deja al descubierto la fragilidad de sus aliados. Israel, lejos de emerger fortalecido, queda expuesto, enfrentando múltiples frentes y con una legitimidad internacional cada vez más erosionada.
De ahí que la pregunta sobre Netanyahu adquiera un alcance mayor: ¿es su eventual caída el preludio de una reconfiguración del régimen israelí? ¿O, por el contrario, su permanencia prolongará una política que ya ha demostrado sus límites, profundizando la inestabilidad regional?
En cualquier caso, lo que está en juego supera ampliamente la suerte de un dirigente. El alto al fuego con Irán ha abierto una fase en la que la crisis del poder estadounidense se traduce en crisis de sus dispositivos regionales. Netanyahu, en este cuadro, no es solo un actor: es el síntoma más visible de una derrota política que reconfigura el mapa de Medio Oriente.
