Falleció Kendall Myers: el espía que tomo partido por la revolución cubana

por Valeria Menéndez

La muerte de Kendall Myers, ocurrida en marzo de este año en una prisión federal norteamericana, cierra una de las historias más singulares de la guerra política entre Estados Unidos y la Revolución Cubana. Myers, antiguo analista del Departamento de Estado y funcionario con acceso a información clasificada de alto nivel, fue condenado en noviembre de 2009 a cadena perpetua luego de reconocer que durante casi tres décadas entregó información a la inteligencia cubana junto a su esposa, Gwendolyn Steingraber Myers. 

Pero reducir su figura a la categoría policial de “espía” sería falsear el sentido histórico y político de su vida. Kendall Myers no actuó motivado por dinero ni por chantaje. Incluso sus perseguidores reconocieron que se trataba de un “creyente verdadero”, alguien movido por convicciones ideológicas profundas. En sus diarios personales defendía la Revolución Cubana, criticaba la desigualdad social norteamericana y reivindicaba a Fidel Castro como uno de los grandes dirigentes políticos de su tiempo. 

Su caso reveló algo que el establishment estadounidense jamás ha podido aceptar completamente: incluso en el corazón del aparato imperial pueden surgir individuos que rompan con la lógica del poder que los formó. Myers provenía de una familia ligada a la élite histórica de Estados Unidos, con vínculos incluso con la tradición política y científica de ese país. Tenía una carrera académica consolidada, prestigio institucional y acceso a los niveles más sensibles del aparato diplomático norteamericano. Y, sin embargo, terminó tomando partido —según sus propias palabras— por “la defensa de la revolución cubana”. 

La historia de Myers pertenece a una larga tradición de fracturas internas producidas por las contradicciones del imperialismo. Desde los científicos nucleares que colaboraron con la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial hasta figuras como Ana Montes o Manuel Rocha, el conflicto entre las potencias y los procesos revolucionarios ha atravesado incluso los aparatos de inteligencia y seguridad de Estados Unidos. 

Por eso el odio con que fue tratado por la prensa conservadora y los organismos de seguridad norteamericanos nunca fue solamente jurídico. Se castigó en él algo más peligroso: la posibilidad de que la legitimidad política y moral de la Revolución Cubana pudiera ganar adhesiones incluso dentro de la burocracia imperial. El FBI lo presentó como un traidor. Los fiscales hablaron de “daños devastadores”. Pero detrás de esa retórica aparecía también el temor histórico a la persistencia de Cuba como símbolo de resistencia continental. 

En tiempos en que el discurso dominante intenta presentar toda forma de compromiso revolucionario como cinismo, oportunismo o cálculo individual, la figura de Kendall Myers reaparece como una anomalía incómoda. No fue un hombre joven ni un guerrillero romántico. Era un funcionario veterano del aparato estatal estadounidense que, precisamente por conocer desde dentro la maquinaria imperial, terminó rechazándola políticamente.

Su muerte en prisión, a los 88 años, bajo condena perpetua, recuerda también el carácter implacable del Estado norteamericano frente a quienes considera enemigos internos. Mientras Washington reivindica permanentemente a desertores, agentes y opositores utilizados contra gobiernos rivales, jamás concede humanidad ni legitimidad política a quienes, desde su propio seno, colaboran con procesos antiimperialistas.

La vida de Kendall Myers no puede separarse del conflicto histórico entre el imperialismo estadounidense y la Revolución Cubana. Fue una expresión extrema —y profundamente política— de ese antagonismo. Murió preso, sin arrepentirse públicamente de sus actos y defendiendo hasta el final la causa que había elegido décadas antes. Para el poder norteamericano será siempre un traidor. Para millones de personas que han visto en Cuba un símbolo de dignidad frente al dominio imperial, su nombre quedará ligado a una idea mucho más simple y peligrosa: la de que incluso dentro del enemigo pueden surgir hombres que decidan cambiar de bando.