Foro Madrid en Santiago: la internacional burguesa del orden y la continuidad del régimen

por Gustavo Burgos

La reunión del Foro Madrid en Santiago no puede ser comprendida como una extravagancia ideológica de José Antonio Kast ni como una mera importación de las obsesiones políticas de Vox. Su verdadero significado es más profundo. Estamos ante un esfuerzo deliberado de articulación internacional de una fracción de la burguesía que intenta proporcionar una forma política coherente a las necesidades actuales del capital: destrucción o reducción de derechos sociales, disciplina del trabajo, fortalecimiento de los aparatos represivos, ampliación de las prerrogativas del Ejecutivo y construcción de una legitimidad política fundada en el orden. Pero sería un grave error considerar que este proyecto surge en oposición absoluta al sistema político chileno existente. Por el contrario, encuentra buena parte de sus condiciones de posibilidad en una política que, bajo distintas administraciones, se ha desarrollado transversalmente durante años y que hoy comprende tanto al oficialismo como a la oposición parlamentaria.

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Del triunfo del Rechazo a la llegada de Kast: anatomía de una reorganización burguesa

por Fernando López Mackenzie

Los días 3 y 4 de septiembre Santiago se convertirá en escenario de un importante ejercicio de reorganización política de la burguesía chilena y latinoamericana. La realización del encuentro regional del Foro Madrid, organizado por la Fundación Disenso vinculada a Vox y con la participación del presidente José Antonio Kast, coincide prácticamente con otra reunión de evidente significación política: la cena convocada para el 4 de septiembre por Jorge Alessandri con el propósito de conmemorar los cuatro años del triunfo del Rechazo. Considerados separadamente podrían parecer acontecimientos distintos: uno, una reunión internacional de las derechas radicales; el otro, una conmemoración doméstica destinada a reunir al amplio espectro de la derecha chilena. Considerados en conjunto, sin embargo, permiten observar algo bastante más profundo: el proceso mediante el cual distintas fracciones políticas de la burguesía procuran reorganizar su representación, establecer nuevos equilibrios internos y definir la forma política más adecuada para gobernar una etapa marcada por el agotamiento del ciclo abierto en octubre de 2019.

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Cerimedo: los trolls de Kast y la descomposición de la democracia burguesa

por Valeria Menéndez

La detención de Fernando Cerimedo en Bolivia podría pasar por uno de esos episodios policiales extravagantes que periódicamente produce la periferia de la política profesional: un consultor argentino especializado en campañas digitales, acusado de haber ordenado el asesinato de su expareja Nadia Beller y detenido, según las autoridades bolivianas, en circunstancias que inmediatamente pusieron bajo escrutinio sus actividades políticas y empresariales. Pero reducir el caso a la biografía turbulenta de un aventurero sería perder de vista su verdadero significado. Cerimedo no constituye una anomalía exterior al sistema político latinoamericano. Es, por el contrario, un producto característico de su descomposición, una figura que prospera allí donde los partidos tradicionales pierden autoridad, las instituciones representativas se vacían y sectores decisivos de la burguesía buscan nuevos instrumentos para intervenir sobre la conciencia de las masas. Su importancia política no deriva solamente de los delitos que hoy se le imputan —cuya responsabilidad corresponde establecer judicialmente—, sino del extraordinario circuito que fue capaz de recorrer: Bolsonaro, Milei, Rodrigo Paz, el Rechazo constitucional chileno y los ambientes políticos que posteriormente confluyeron alrededor de José Antonio Kast.

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Barros y el Convenio 169: la «igualdad» para quitar derechos. Primero el Wallmapu, después los trabajadores

por Alejandro Valenzuela Torres

Hay momentos en que las palabras aparentemente más universales del vocabulario liberal —igualdad, ciudadanía, libertad, unidad nacional— revelan con particular nitidez el contenido social que normalmente encubren. Las recientes declaraciones del ministro de Defensa, Fernando Barros, proponiendo que Chile se “deshaga” del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo y revise la Ley Lafkenche constituyen uno de esos momentos. Barros sostiene que tales normas establecen diferencias entre los habitantes del país por razones étnicas y que semejante distinción constituiría incluso un “riesgo para el país”. La formulación posee una apariencia impecablemente liberal: todos serían ciudadanos iguales, ninguna comunidad debería disponer de derechos diferentes y el Estado debería relacionarse indistintamente con cada individuo. Pero precisamente esta abstracción de las condiciones históricas y materiales es la que convierte al igualitarismo formal en vehículo de una política profundamente reaccionaria. No es casual que el argumento aparezca en boca de un ministro de Defensa ni que Barros haya integrado en 1998 el equipo jurídico que defendió a Augusto Pinochet durante su detención en Londres. Su trayectoria no convierte por sí sola su actual planteamiento en falso, pero ayuda a comprender la tradición política desde la cual vuelve a plantearse una vieja cuestión chilena: presentar como defensa de la igualdad aquello que, materialmente, significa consolidar las consecuencias de una desigualdad producida mediante la fuerza.

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