por Alejandro Valenzuela Torres
Los resultados de la primera vuelta brasileña del domingo 4 de octubre son suficientemente contundentes como para impedir cualquier tentativa de minimizar el avance electoral de la derecha. Flávio Bolsonaro obtuvo un 47,03% de los votos válidos, contra un 45,16% de Luiz Inácio Lula da Silva, en la diferencia más estrecha entre los dos primeros candidatos de una primera vuelta desde la redemocratización. El fenómeno adquirió además una dimensión institucional mucho mayor que la estrictamente presidencial: el Partido Liberal alcanzó 28 senadores y se convirtió en la mayor bancada de la Cámara Alta desde la Constitución de 1988, mientras Tarcísio de Freitas conquistó su reelección en São Paulo con un 62,65%, frente al 36,42% de Fernando Haddad. Folha de S.Paulo describe una verdadera ola bolsonarista que supera incluso algunos resultados obtenidos por Jair Bolsonaro, mientras El País presenta la elección como una nueva estación del avance de la ultraderecha latinoamericana. Los datos permiten afirmar, sin mayores dificultades, una derechización objetiva de la representación política y del aparato institucional brasileño. Lo que no permiten demostrar automáticamente es que millones de trabajadores, precarizados y sectores medios hayan experimentado una conversión ideológica homogénea hacia un programa reaccionario. Confundir ambas cosas y hablar de una ola «fascista», significa convertir el resultado electoral en explicación del proceso histórico que precisamente debería ser explicado.