Del triunfo del Rechazo a la llegada de Kast: anatomía de una reorganización burguesa

por Fernando López Mackenzie

Los días 3 y 4 de septiembre Santiago se convertirá en escenario de un importante ejercicio de reorganización política de la burguesía chilena y latinoamericana. La realización del encuentro regional del Foro Madrid, organizado por la Fundación Disenso vinculada a Vox y con la participación del presidente José Antonio Kast, coincide prácticamente con otra reunión de evidente significación política: la cena convocada para el 4 de septiembre por Jorge Alessandri con el propósito de conmemorar los cuatro años del triunfo del Rechazo. Considerados separadamente podrían parecer acontecimientos distintos: uno, una reunión internacional de las derechas radicales; el otro, una conmemoración doméstica destinada a reunir al amplio espectro de la derecha chilena. Considerados en conjunto, sin embargo, permiten observar algo bastante más profundo: el proceso mediante el cual distintas fracciones políticas de la burguesía procuran reorganizar su representación, establecer nuevos equilibrios internos y definir la forma política más adecuada para gobernar una etapa marcada por el agotamiento del ciclo abierto en octubre de 2019.

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Barros y el Convenio 169: la «igualdad» para quitar derechos. Primero el Wallmapu, después los trabajadores

por Alejandro Valenzuela Torres

Hay momentos en que las palabras aparentemente más universales del vocabulario liberal —igualdad, ciudadanía, libertad, unidad nacional— revelan con particular nitidez el contenido social que normalmente encubren. Las recientes declaraciones del ministro de Defensa, Fernando Barros, proponiendo que Chile se “deshaga” del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo y revise la Ley Lafkenche constituyen uno de esos momentos. Barros sostiene que tales normas establecen diferencias entre los habitantes del país por razones étnicas y que semejante distinción constituiría incluso un “riesgo para el país”. La formulación posee una apariencia impecablemente liberal: todos serían ciudadanos iguales, ninguna comunidad debería disponer de derechos diferentes y el Estado debería relacionarse indistintamente con cada individuo. Pero precisamente esta abstracción de las condiciones históricas y materiales es la que convierte al igualitarismo formal en vehículo de una política profundamente reaccionaria. No es casual que el argumento aparezca en boca de un ministro de Defensa ni que Barros haya integrado en 1998 el equipo jurídico que defendió a Augusto Pinochet durante su detención en Londres. Su trayectoria no convierte por sí sola su actual planteamiento en falso, pero ayuda a comprender la tradición política desde la cual vuelve a plantearse una vieja cuestión chilena: presentar como defensa de la igualdad aquello que, materialmente, significa consolidar las consecuencias de una desigualdad producida mediante la fuerza.

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