por Luis Mesina
El avance de la extrema derecha en Alemania es el reflejo claro de una polarización que se extiende por distintas latitudes. No se trata de un fenómeno casual; responde a un sentimiento generalizado de profundo descontento ante las condiciones socioeconómicas que enfrentan los pueblos en casi todo el orbe.
Si una frase puede sintetizar lo que ocurre a nivel global, es “una crisis de desigualdad estructural”. Resulta paradójico señalarlo: mientras la mayoría de los habitantes ve disminuir considerablemente su calidad de vida -como consecuencia de los recortes presupuestarios en derechos sociales básicos como salud, pensiones, educación y alimentación-, las grandes compañías transnacionales aumentan obscenamente sus utilidades. Vivimos en un mundo desigual, donde la rentabilidad del capital aumenta en la misma proporción en que disminuyen los ingresos y el bienestar de la clase trabajadora.