por Valeria Menéndez
José Antonio Kast llegó a La Moneda mediante una operación política reconocible en toda esta nueva extrema derecha internacional: convertir la crisis económica, la inseguridad, la inmigración y el agotamiento de los partidos tradicionales en una sola narrativa de decadencia nacional cuya solución dependería, esencialmente, de recuperar la autoridad política. La promesa era extraordinariamente sencilla y, precisamente por eso, electoralmente eficaz: restablecer el orden permitiría recuperar simultáneamente la seguridad, la inversión, el crecimiento y el empleo. El capitalismo chileno no estaría atravesando contradicciones estructurales sino sufriendo las consecuencias de una administración incompetente, ideologizada y permisiva. Bastaría entonces cambiar el gobierno, liberar las energías empresariales y devolver capacidad represiva al Estado para que el país volviera a funcionar.