por Valeria Menéndez
El crecimiento internacional de la extrema derecha ha devuelto al centro del debate político la cuestión del fascismo. Autoritarismo, nacionalismo, xenofobia, militarización, ataques contra los derechos sociales, concentración extraordinaria de la riqueza y creciente poder de grandes corporaciones tecnológicas aparecen reunidos como síntomas de una época atravesada por profundas convulsiones. Sobre este terreno se ha desarrollado un antifascismo liberal que identifica correctamente muchos de estos peligros, pero los interpreta fundamentalmente como una amenaza exterior o excepcional contra la democracia. Su representación básica del conflicto político enfrenta democracia y fascismo, racionalidad e irracionalismo, tolerancia y autoritarismo, cooperación y odio. Desde una perspectiva marxista, sin embargo, esta oposición resulta insuficiente porque deja en segundo plano la contradicción social sobre la cual se levantan ambas formas políticas: la existente entre capital y trabajo.